Europa hasta mediados del siglo XV se llamaba a sí misma Cristiandad, manejando dos conceptos esenciales: Uno, universitas cristiana, es decir comunidad sometida a valores morales que están por encima de la actividad personal; otro, res publica cristiana, es decir, el bien común que es el que debe perseguir todo poder polít ico. Sobre estas bases se edificó una cultura, que era la síntesis de tres elementos: la trascendencia heredada de Israel, el ius que es patrimonio romano y el valor de la persona humana que había defendido el helenismo. Por esta causa, periódicamente, se estaba intentando un renacimiento, es decir, una reactivación del patrimonio heredado. A partir del siglo X, Europa fue capaz de remontar los daños que acompañaron la caída del Imperio Romano, elevándose al primer rango de las culturas mundiales, por eso después todas han tenido que tomarla como ejemplo, aceptando sus logros. Esto es lo que se trata de explicar en este libro
Luis Suárez Fernández was a Spanish historian, originally a medievalist, who has extended his studies to include modern and recent history. He belonged to a line of Spanish historians that are in full agreement with Francoism and by some is named a revisionist.
Este extenso libro recorre la historia de la Cristiandad hasta la caída de Constantinopla, centrándose principalmente en las corrientes ideológicas y su influencia sobre la propia Iglesia y sobre los monarcas europeos. A la hora de afrontar su lectura, hay que advertir que se dan por conocidos por parte del lector algunos de los hechos históricos principales de la Baja y Alta Edad Media. Luis Suárez, prestigioso medievalista, muestra a lo largo de los diversos capítulos la evolución de un espacio, la Universitas Christiana (que con el paso de los siglos tomaría el nombre de Europa), desde la caída del Imperio Romano. Con la desaparición de la administración romana y la fragmentación del Imperio, la Iglesia se encuentra con la responsabilidad de aconsejar a los nuevos gobernantes, invasores que proceden de una sociedad con valores muy diferentes a los cristianos. Los obispos serán los depositarios de la cultura y el derecho romano, y la Iglesia tendrá, por un lado que asegurar la preservación del legado Griego y Romano, principalmente a través de los monasterios y posteriormente con la creación de las primeras universidades y colegios. Por otro lado, buscará transmitir el mensaje cristiano a una jerarquía acostumbrada a prácticas como la venganza, la esclavitud y la marginación de la mujer. Y por si esto fuera poco, tendrá que defender las enseñanzas de los Apóstoles y Padres de la Iglesia frente a las nuevas herejías y desviaciones teológicas. Se tratará de un proceso complejo y largo, que culminará en el siglo XII con las obras entre otros de San Benito y Santo Tomás de Aquino. Durante este tiempo, habrá por parte de los gobernantes una intención cada vez más evidente de intervenir en las decisiones religiosas y de asegurarse la elección de los obispos (y tras el Cisma de Occidente incluso de los papas) con objeto de emplear a la Iglesia para su propio provecho. También se producirán intentos en sentido contrario, y la delimitación de la potestad y autoridad del papado y la monarquía será un tema recurrente a lo largo de este milenio. El siglo XIV traerá una grave crisis, que, desde el ámbito que nos interesa, vendrá acompañada de solicitudes de reforma de la Iglesia, de dos tipos: unos se centrarán en los aspectos de jerarquía y estructuras, especialmente entre los teólogos nominalistas; mientras que otros apuntarán a la reforma interior, a una renovación personal de la santidad siguiendo los pasos de Santa Catalina de Siena. También se producirán encendidos debates acerca de la necesidad de la pobreza, que provocarán divisiones dentro de una de las órdenes más importantes de la Edad Media, los franciscanos. Los dominicos por su parte, tratarán de frenar las corrientes heterodoxas mediante la predicación y la formación del pueblo, también como orden mendicante a semejanza de los franciscanos. En Inglaterra, especialmente interesada en el control de los obispos, se propagarán las herejías de Wyclif, que llegarán a Praga de mano de maestros alemanes e influirán de manera importante en el movimiento de Juan de Hus y sus seguidores. El papado, trasladado a Aviñón debido a la situación de violencia existente en Italia, pronto quedará dividido entre los dos tipos de reformistas, y la Cristiandad se verá en la inédita situación en la que cada una de las nacientes cinco naciones tendrá que elegir a que Papa obedecer. La situación evolucionará hasta el punto de que un Concilio reunido en Basilea tratará de deponer a ambos Papas y situar al Concilio como fuente de autoridad por encima del primado de Pedro. La situación se resolverá con la elección de Martín V, pero estas crisis estarán en la raíz de la reforma luterana que tendrá lugar un siglo después, y además se introducirá un peligroso precedente: la presencia de delegados de cada nación en los concilios y las posibilidad de veto a determinados pontífices por parte de los monarcas.
La historia de Europa durante la Edad Media es fascinante, si somos capaces de dejar a un lado los tópicos de oscurantismo e ignorancia propagados desde el siglo XVIII y nos acercamos sin prejuicios a ella. Como ocurrirá posteriormente y hasta nuestros días, se demuestra en ella cómo las ideas tienen consecuencias, y que las disputas entre nominalistas y realistas moderados (o conceptualistas), que hoy suenan a debate escolástico en el peor sentido de la palabra, tuvieron efectos muy poderosos que penetraron en el Renacimiento y cuyos ecos llegan hasta nuestros días.
Por ponerle algún pero al libro, el final es algo abrupto, carente de un resumen, conclusión o reflexión histórica, y en ocasiones se repiten ideas que ya se han presentado antes. Además, como comenté al principio, muchos acontecimientos históricos de tipo político principalmente se dan por conocidos, aunque esto tiene cierta lógica pues no se trata de u a historia de la Edad Media.