Juan Eduardo Cirlot escribió Nebiros, la única novela en su obra, en el verano de 1950. Su editor debía de haber sido José Janés, pero la censura española no autorizó la publicación por considerarla «de una moralidad grosera» y «repugnante». En el epílogo, Victoria Cirlot explica las vicisitudes de este manuscrito que ha permanecido olvidado y perdido durante más de medio siglo para retornar fantasmagóricamente justo en el centenario del nacimiento del poeta.
Nebiros relata el paseo nocturno de un personaje por los prostíbulos de una ciudad portuaria, nunca nombrada, dentro de un clima denso y agobiante. Las calles, los bares, la gente, las prostitutas, son percibidos por un ojo que traspasa las fronteras de lo real para alcanzar las zonas de la alucinación. Las imágenes del mundo exterior se confunden con los monólogos interiores del protagonista a través de los cuales el lector asiste a una concepción del mundo, profundamente nihilista y abismada en el problema del mal. El nombre que da título al libro es el de un demonio y ciertamente infernal es el viaje propuesto. La novela se sitúa en una tradición muy concreta, que no es otra sino la de aquella literatura ocupada en el mal, tan bien diseñada por Georges Bataille.
Única novela que Juan Eduardo Cirlot, compositor, poeta y crítico de arte, escribió en sus 57 años de vida, Nebiros acaba de ser rescatada -el epílogo escrito por su propia hija, Victoria Cirlot, expone cómo el libro fue censurado en varias de sus partes durante la dictadura de Franco- por Siruela dentro de su sección editorial Libros del tiempo. En ella nos encontramos con un libro que expone la noche en muchas de sus acepciones y con todo lo que ello conlleva. Nebiros es, pues, la noche. En ella nadie tiene nombre, ni las calles, ni las plazas, ni siquiera el protagonista. En el libro estamos ante un lugar de encuentro donde los instintos más profundos y oscuros tienen espacio. El autor, de este modo, nos muestra a su manera el mito de la caverna de Platón, donde el mundo de las ideas y el mundo sensible tienen cabida y aquí, se ven claros, detallados, precisos.
El protagonista halla en la soledad la fuerza y el origen de la libertad, y se ve abocado a un mundo donde los instintos y las pasiones sexuales tienen amplia cabida. El protagonista, aun sucumbiendo a los encantos de los prostíbulos, buscará y hallará la bondad, la luz subyacente a todo, la espiritualidad que nos ofrece cada hecho. De este modo, podremos observar una continua lucha entre la maldad y la bondad que llevarán al protagonista a tener unos diálogos internos bien marcados, especialmente por su interés hacia el ir más allá de las cosas y los hechos. Siempre encontrará algo que admirar, ya sea la naturaleza, la música, ciertos sucesos, y todos los recovecos de la ciudad en la que vive.
Son innegables, como podemos ver aquí, las obsesiones que el propio Cirlot tuvo en su vida. Según se ve, hay un indicio hacia lo que el karma puede representar en un mundo occidental, haciendo uso de sucesos de a pie y de entresijos emocionales. Estamos ante una novela altamente psicológica e intelectual, marcada también por las continuas referencias a autores y libros, a los cuales el protagonista mostrará cierto apego. El componente descriptivo que podemos ver es alto, y la vida del protagonista se verá mermada por la sociedad, ya que no cree en ella, ni en sus actos ni en sus consecuencias. De este modo, leeremos y observaremos la vida de un hombre inadaptado.
Hay cierta predilección por la búsqueda mística que el propio Cirlot tuvo en su vida. En la novela se logran hallar algunos de los conocimientos filosóficos que el propio autor aporta, para darnos así una descripción ya no sólo basada en los hechos, sino también vista de un modo intelectual y mental. Y es que Nebiros es una novela que antepone la psicología dualista y de unión que podemos encontrar en algunos de los grandes filósofos, como pueden serlo el ya mentado Platón, Nietszche o San Agustín. Es una novela a la que vamos con unas ideas determinadas tras leer la introducción, pero que atrapa de una manera desgarradora y nos provoca cierta conmoción mental, al mostrarnos la dureza con la que las personas nos tratamos a nosotras mismas. Hay un cierto matiz sobre el descubrirse, sobre conocerse a uno mismo, un ímpetu por aprender de las cosas que nos ocurren y, también, por el dejarnos llevar por los impulsos. Todo ello tiene cabida aquí de una manera muy esclarecedora que nos hará observar al ser humano en todos sus aspectos.