Tanta muerte derramada (Reseña, 2020)
Casi configura un pleonasmo imaginario aquello de “Latinoamérica criminal”. Casi, digo, porque me siento indulgente ante la creatividad del titulador, ante el ingenio del compilador, ante el esfuerzo de los editores. Latinoamérica criminal. Casi como decir “En las frías estepas de Rusia”, o afirmar “La exótica vida sexual de la India”, o jugar incluso a “La sobria elegancia de Inglaterra”. Paparruchadas. Palabrerías. Ideas, ideas, ideas. Latinoamérica criminal. ¿Puede ser otra cosa, puede ser otro el destino, la apuesta? En el escenario literario, claro, y, de hecho, lo del crimen pasa a segundo grado con Macondo, si ignoramos que la familia Buendía llega desplazada a fundar un pueblo por haber cometido el patriarca un homicidio. En fin, agarremos un hilo de una vez y sigámoslo a ver si llegamos a alguna parte, porque así, de queja en queja, nada. El lamento sólo sirve de camino al lamento, y no anda el clima para denostarse en elegías.
Los cuentos elegidos para la antología son dispares, como suele ocurrir con cualquier antología. En este caso, la disparidad no significa relatos malos. Porque malo, realmente malo, no hay ninguno. Todos consiguen mantener tensión, resolver un caso, jugar al detective junto al lector. El problema está en aquellos que se limitan a eso, que presentan un cuento sobrio, policial, de cartilla, escrito a la manera “Siga estos diecisiete pasos para tener un cuento de detectives”. No son la mayoría. Y no seré compasivo con el lector nombrándolos. Que los encuentre en la lectura. Pese a su molde, cumplen con entretener.
Ahora, por suerte son los menos, de otro modo la antología sería ilegible. Uno no quiere leer el mismo cuento escrito noventa y nueve veces. Uno hace eso con ejercicios de estilo, y por ocioso, porque no tuvo nada mejor que hacer esperando la cita de la EPS y necesitaba, además, llenar las horas con algo similar al estudio. Pero por gusto, por que lo decide entre otras opciones. No, no lo hace. Aquí, por suerte, los más son cuentos que juegan en el margen del género, que se niegan a inscribirse en la fórmula “Detective alcohólico + Caso sórdido de corrupción + Solución imposible + Resignación”. Porque lo cierto es que si algo tiene que justificar lo de “Latinoamérica criminal” es la ruptura del molde. Lo otro. Lo distinto. Lo que ya no es criminal para ser, simplemente, Latinoamérica.
¿Y qué es, entonces, “Latinoamérica” en estos relatos? En los mejores casos es una mezcla aterradora de miseria, brujería y horror; o un canto de rebeldía en medio de la noche incendiada; o la resignación dócil de la víctima cuidando a su victimario; o el derecho inalienable a ser cobardes; es la venganza cuajándose en la selva, múltiple en brazos y en ardides; es el ciclo que no se cierra, que se abre y se abre y se abre y vuelve a abrirse, extendiendo sus dientes para morder otro pedazo de vida, de intensa vida capaz de dañar, antes de cerrar para siempre la boca. Es una división gigante entre quienes tienen todo y los que tienen poco, poquísimo. Es el laberinto de distancias vacías de todo en las que ningún grito de auxilio recibe respuesta. Es un crimen, incierto y sin culpables condenados, aguardando a seguir ocurriendo como el eco de una tragedia.
Latinoamérica criminal. Una selección de anécdotas, la mayoría elevándose para intentar literatura, lográndolo en su esfuerzo. Porque no es contar el terror cotidiano, es darle consistencia de espejo. Y en esas dudas, en esa suerte de temblor ficticio tan verdadero como cualquier palabra, está la posibilidad de redención. Una posibilidad que, en fin, tal vez no necesitemos.
P.D: Dos mujeres, once hombres. Latinoamérica criminal.