La cuestión central alrededor de la cual gira esta obra aparece ya en el título: ¿cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de clase obrera? Para responder a esta pregunta, Willis realiza un estudio en un barrio obrero inglés, al que denomina
Hammertown ("ciudad del martillo" por su condición obrera). Su estudio se centró en un grupo de jóvenes del barrio que cursaba sus últimos años de escuela, a la vez que comenzaban a iniciarse en el mundo laboral.
El análisis del autor se centra en mostrar que es la propia cultura la que va forjando la decisión final (consciente) de los chicos de entregar su fuerza de trabajo al peonaje, se da un "elemento de auto-condena" en las personas que asumen los roles subordinados del capitalismo occidental. Lo que intenta es dar cuenta del conjunto de creencias, hábitos, prácticas, valores y representaciones que se dan en los chicos de clase obrera, intenta dar cuenta de los procesos culturales de estos chicos, o como dice el autor, la "cultura contraescolar". La obra se divide en dos partes en las que aparecen varias técnicas de investigación. La primera, titulada "Etnografía", presenta el material empírico recogido por Willis, el trabajo de campo (entrevistas individuales y grupales, observaciones dadas durante el tiempo que pasa en la escuela con los chicos, historias que cuentan los padres de los chicos, conversaciones con profesores, etc.). En la segunda parte, titulada "Análisis", se lleva a cabo, como su nombre indica, una reflexión acerca de lo planteado en la parte anterior.
Willis comienza identificando los principales elementos de la cultura de clase obrera, esa
"cultura contraescolar". Explica que está dividida en dos grupos, los "colegas" y los
"pringaos". Los primeros se resisten a la autoridad escolar, no aceptan lo que les propone y llevan a cabo estrategias de acción propias; mientras que los segundos son los estudiantes conformistas que no se oponen a la institución escolar. De esta forma, la mencionada "cultura contraescolar" lleva a cabo una diferenciación de estos dos grupos en base a las prácticas llevadas a cabo por los colegas (y no por los pringaos), como pueden ser la ropa (que tiene un elemento de resistencia frente a los profesores, y de dominio sobre los pringaos), el hecho de fumar (ya que suele estar prohibido en la zona cercana a las escuelas), el hecho de beber (como un acto de afiliación al mundo adulto), el sexismo, el racismo, hacer novillos, meterse en peleas, etc. Esta cultura consiste, por tanto, en la oposición a la autoridad: si es obligatorio llevar corbata, ellos no la llevan; si está prohibido fumar en la puerta de la escuela, ellos lo hacen... De esta forma consiguen distanciarse de las normas establecidas y diferenciarse de los pringaos. Otro punto que cabe destacar es la importancia que le da al sistema formal-informal: la cultura contraescolar es la zona de lo informal, donde el grupo rechaza las normas de lo formal. Precisamente, en su unidad como grupo reside la imposibilidad de verse a sí mismos de manera individual: "un individuo no puede generar una identidad social por sí mismo".
Más adelante, Willis se pregunta de dónde salen estos elementos en los que se basa la cultura contraescolar, y halla la respuesta en la "cultura de fábrica". El autor se da cuenta de que hay muchas similitudes entre ambas culturas: el machismo, la violencia, cierto "cachondeo", el humor intimidatorio, etc. Otro paralelismo a destacar es, en la cultura contraescolar, el continuo sentimiento por parte de los colegas de que tienen más conocimiento (sobre la vida) que el resto frente al sentimiento, en la fábrica, de que la práctica es más importante que la teoría. Esto contrasta con la concepción de la clase media de que el conocimiento es una forma de ampliar e incrementar las alternativas prácticas abiertas al individuo. De esta forma, la perspectiva de la clase obrera se basa en que la práctica ayuda a hacer cosas, modifica la naturaleza, está relacionada con el mundo material; mientras que la clase media, consciente de su posición dentro de una sociedad de clases, entiende la teoría como el medio para ascender en la escala social, y les es valiosa aunque esté desligada de la naturaleza. Esta devaluación de la teoría, es decir, del conocimiento, es fundamental, ya que es lo que lleva a que la autoridad (personificada en la escuela como el profesor, que es el que tiene el conocimiento) sea vista por la clase obrera como severa y descarnada, y esto sea precisamente lo que haga que surja la oposición. Si el conocimiento es devaluado, los profesores pierden sus justificaciones educacionales, que es en lo que se basa el paradigma educacional.
Willis aprecia también la manera en que la cultura contraescolar cuestiona el paradigma de la enseñanza en el momento en el que los colegas se dan cuenta de que no necesitan el título secundario para acceder a un trabajo mejor del que tendrían sin él. Entonces, la causa de que continúen en la escuela es su carácter represivo, y no su futuro personal.
Porque cabe destacar, que a los colegas no les preocupa lo más mínimo su futuro personal, quieren trabajar y da igual en qué, ya que tienen la certeza de que encontrarán trabajo rápidamente. Es cierto que esos trabajos no serán precisamente los más agradables, y son conscientes de ello, pero les proporcionarán el dinero que necesitan para mantener los hábitos que ya han adquirido en el instituto (beber, fumar, salir...), esos trabajos les introducirán en el mundo adulto del que tantas historias escuchan en sus casas, a sus padres, en esos trabajos pasarán un buen rato bromeando y escaqueandose, etc.
Encuentran en la actividad física una forma de expresar una especie de masculinidad a la vez que una oposición a la autoridad. En este periodo de sus vidas, esto llega a significar para los colegas una afirmación de su libertad (al escapar de la prisión de la escuela) y una especie de poder sobre el mundo. En un sentido, por lo tanto, hay cierto carácter de auto-control en la aceptación de este tipo de trabajos. Sin embargo, experimentan este perjuicio como un aprendizaje auténtico, como apropiación y como una especie de resistencia. ¿Cómo es posible comprender esto? ¿Cómo pueden sentir una especie de resistencia cuando en realidad se encuentran subordinados al servicio del capitalismo occidental? Esto es lo que Willis trata de responder en la segunda parte de su obra.
Esta pregunta no es sólo tramposa por entender como universal el marco de valores de la clase media (ese "tipo de trabajos" que los colegas aceptan, esos trabajos manuales, prácticos, son vistos como trabajos inferiores porque son los que nosotros no escogeríamos por voluntad propia) sino porque significa asumir que estas elecciones son completamente racionales e independientes a los efectos de la cultura.
Pero resulta que estas elecciones no son ni racionales ni independientes a la cultura. Para comprender esto, podemos tomar el ejemplo de la fábula de La zorra y las uvas atribuida a Esopo: había una zorra con mucha hambre que, viendo colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, trató de cogerlos con su boca. Pero al ver que no llegaba se dijo a sí misma <<¡Ni me agradan, están tan verdes...!>>. Para contentarse a sí misma, rechaza aquello que deseaba, lo menosprecia incluso. Esto es lo que el filósofo Jon Elster denominó "las preferencias adaptativas", en las que todos nos vemos envueltos en algún momento, al darnos cuenta de que no seremos capaces de alcanzar cierto objetivo, esto permite ahorrarnos una decepción y lograr algún tipo de coherencia interna entre nuestras opiniones. Y esto es exactamente lo que ocurre con los colegas, Willis aporta una explicación realmente interesante: no es la ignorancia, vagancia o incapacidad lo que les lleva a rechazar los estudios, sino que la razón reside en esa identidad grupal y compleja que se opone a la autoridad y valora el trabajo manual y físico por encima del teórico. No son la pobreza ni las estructuras que les rodean lo que determinan su final, sino que los colegas participan activamente de esas decisiones, del mantenimiento de la cultura contraescolar y asumen de una forma creativa su identidad.
A mi parecer, a día de hoy la clase obrera no constituye una realidad tan homogénea como la que describe Willis, ya que al fin y al cabo, su estudio se realiza en un entorno exclusivamente industrial, pero sí que es cierto que sirve como base para dejar de ver a la clase obrera como unos zoquetes y unos fracasados que ni siquiera son conscientes del mundo que les rodea. Además cabe destacar que su estudio se centra en varones de clase obrera, excluyendo por completo la situación de la mujer obrera, lo que me lleva a preguntarme si ocurriría lo mismo con ellas.