Un libro muy entretenido en torno a las curiosidades de la lengua, o mejor dicho, de las lenguas. Elaborado por los integrantes del colectivo Molino de ideas, responsables, entre otras muchas iniciativas, de los encuentros Lenguando; este volumen es una caja de sorpresas y una fuente de sabiduría acerca de cuestiones tan variadas como los orígenes y la historia de la lingüística, los diccionarios, la norma, la prescripción y las “nuevas” tecnologías basadas en el conocimiento lingüístico, el origen de la escritura y su vinculación con el origen de los números, un repaso a moloneces de otras lenguas que nos hacen replantearnos nuestras ideas de “normalidad lingüística”, etimologías, por dónde crece y por dónde se destruye la lengua.
Técnicamente acabé este libro durante la noche de Samaín, por lo que voy a decir que ha entrado —justito— en mi #LeoAutorasOct. No soy muy dado a los libros de no ficción y este ha sido un verdadero acierto.
Este libro de divulgación científica sobre la lengua es apto tanto para trabajadores de la lengua, como por ejemplo servidor, como para profanos en la materia que en algún momento han sentido interés por ella: la autora es una excelente comunicadora y este libro no presenta barreras arquitectónicas para disfrutar de él. Vengas aprendido de casa o aterrices virginal en este campo, es una lectura con la que ampliar fronteras y disfrutar cual gorrino en charca.
El cuerpo del libro se divide en seis secciones. 1. Estudio de la lengua para limitarla o para describirla. 2. Símbolos y lenguaje, también desde una perspectiva cognitiva. 3. La lengua como filtro de la realidad de una sociedad, y viceversa. 4. Formación del español a lo largo de los siglos. 5. Mecanismos de incorporación de nuevas palabras. 6. Caída en desgracia de palabras (ya extintas o en peligro de extinción) y estructuras.
Hay filólogas descriptivistas y normativistas: quien describe cómo funciona una lengua y quien dice cómo debe funcionar. Una correctora, traductora, redactora… normalmente se aliará con el normativismo, pero puede ser de corazón rebelde y, en su fuero interno, pensar que preferiría decirlo de otra forma más lógica, natural o extendida. Ese soy yo: hago lo que me mandan, pero, cuando puedo justificarlo, me pongo la cresta, la chupa de cuero y las cadenas y me convierto en traductor radikal. Lamentablemente, en mi gremio ya se considera radikal escribir «agusto» todo juntito, con lo que tampoco tengo mucho margen de maniobra. Elena defiende el estudio de la lengua como ciencia, más como una observadora (al igual que una antropóloga o una bióloga describe la realidad que se encuentra) que como un cura con «consideraciones absolutas sobre el bien y el mal exclusivamente fundamentadas en la tradición y en la autoridad» (p. 116).
La autora nos habla de la norma como opresión clasista: «que la norma sea inaccesible, incomprensible y difícil de llevar a la práctica para los no iniciados es lo que justifica [la] posición social [de los eruditos]» (p. 45). Y es que el lenguaje está para entendernos mejor y para construir entre todos una herramienta de comunicación.
En este sentido, quiero compartir aquí vilmente mi cita favorita. No faltan las sentencias contundentes, apasionadas y muy sentidas, pero yo me quedo con esta: «la belleza de la disección morfológica reside en que nos permite describir el colectivo infinito de palabras que conforman el español […] como combinaciones hechas sobre un conjunto finito de raíces, prefijos y sufijos. De la misma manera que, en último término, toda la materia que nos rodea no es más que una combinación de protones, neutrones y electrones, las infinitas palabras del castellano pueden ser descritas como combinaciones sobre un conjunto finito de raíces, prefijos y sufijos» (p. 167). ¿Gallina de piel o qué? Le ha quedado muy Carl Sagan, la verdad.
Curiosidades lingüísticas: No hay universales binarios de género o de número: no todo es singular y plural o masculino y femenino. De hecho, el dyirbal australiano distingue géneros entre 1. hombres y seres animados, 2. mujeres, agua, fuego y cosas violentas o peligrosas, 3. frutas y verduras y 4. el resto. Toda una declaración de intenciones: «mulier dormiens nunquam titillandus». «La pasiva refleja es un tipo de oración y no una práctica sexual ante el espejo» (p. 39), aunque podría serlo. Puede que a Elena le interese leer Luna: Luna nueva de Ian McDonald. El pensamiento puede intentar controlarse mediante la neolengua, y así algunos prefieren decir «ajustes» en lugar de «recortes» (o «desaceleración» en lugar de «crisis», o «crecimiento negativo» de los sueldos en lugar de «bajada») y «fallecer» en lugar de «morir asesinada».
Temas ideales para traductores: He encontrado una alternativa a «sarao traductoril». Desde ahora (si me acuerdo), diré que voy a un simposio, que resulta que etimológicamente es un «lugar donde se bebe en compañía». Palabras intraducibles: «que en otros idiomas no exista una palabra concreta y única para expresar ese concepto no quiere decir que no pueda traducirse: podríamos inventar una palabra nueva, traducirlo usando una denominación explicativa y transparente o bien importar el extranjerismo» (p. 109). Es lo que yo digo: ¿tan malo es traducir una palabra de un idioma por tres en el nuestro, especialmente cuando la segunda es una preposición?
Y, como no todo va a ser positivo ni voy a estar de acuerdo en todo, destaco dos críticas de alguien que ni es filólogo ni apenas ha estudiado la materia ni tiene datos que justifiquen sus impresiones, pero tampoco tiene miedo ni vergüenza de hacer el ridículo exponiendo su ignorancia. Como medio catalán que soy, eso de «pan tumaca» no me hace excesiva gracia. En la misma página (p. 172) se dice que ciertas adaptaciones se hispanizan/mimetizan hasta el ridículo, como «whisky» → «güisqui», mientras que otras son necesarias porque en español no encaja su estructura, como «pa amb tomàquet» → «pan tumaca». Esto suena a doble rasero, no de Elena, claro, sino de sus hablantes. Creo que estas adaptaciones son más fáciles cuando la sociedad no está expuesta a su versión original, con lo que es factible que una autoridad las adapte para «regalársela» al pueblo, pero también sospecho que, cuanto más prestigio tenga una lengua y, por lo tanto, más la conozca la sociedad, más difícil será que se adapte una palabra procedente de una lengua de prestigio. En la evolución lenta de una lengua todo es más fácil de adaptar, pero cuando introducimos primero instituciones académicas y, luego, comunicación transparente por medios sociales, es más probable que los extranjerismos se adopten tal cual, sin cambios. Así, si el «güisqui» lo hubiera recogido la RAE a principios del s. XIX, igual hoy en día lo diríamos así, pero llegaron tarde (1992, parece). Por otra parte, la reforma ortográfica sobre el seseo (p. 226) entre América y parte de España no me acaba de convencer —como hablante privilegiado que soy. La máxima es que en español la grafía debe reflejar el habla. En la gran mayoría de la Hispanofonía se sesea, con lo que se discrimina a los hablantes que dicen «sumo» pero luego deben escribir «zumo» y deben aprenderse de memoria las reglas correspondientes, como quienes no distinguimos entre be y uve. Así, se sugiere una reforma ortográfica que defienda los intereses de la mayoría, de forma que todos escribamos «sumo», entre otros cambios, como el de la hache muda. El problema aquí es el mismo que con «guión» → «guion» de la Ortografía de 2010: la justificación es que se pronuncia con diptongo (una sola sílaba), con lo que debe escribirse sin acento, pero es que algunos sí hacemos el hiato (dos sílabas), y nos sale más natural escribir «guión». Por lo tanto, este cambio ortográfico para reflejar el seseo beneficiará a la mayoría, pero a algunos nos fastidiará. Sí, mi crítica es el típico caso de alguien insolidario que no quiere renunciar a sus privilegios de minoría, pero es lo que hay. En cualquier caso, supongo que esta reforma que refleje el seseo se acabará produciendo, al igual que en portugués se adoptó el Acordo Ortográfico lusófono tanto en Brasil como en Portugal, y por el cual la minoría (Portugal) ha sufrido más cambios –y se ha quejado por ello.
Este es un libro para (re)enamorarse de la lengua. Para los que disfrutábamos con las clases de lengua, por supuesto; pero también para los que no tanto, porque no suelen tener otra oportunidad de acercarse a ella de otra forma que no sea a través de las cíclicas noticias sobre lo mal que hablamos, lo poco que leemos, o lo que tiene que opinar cada cierto tiempo la RAE. Estés en un grupo u otro, este libro puede abrirte a un mundo nuevo si no estás familiarizado con el descriptivismo lingüístico. Un 10 en el contenido porque no se deja ningún tema importante por tocar, eso sí, a pinceladas (recordemos que esto es divulgación); pero no es solo eso, es la forma también. Para quien quiera conocer el estilo lo mejor es buscar vídeos de la autora y comprobar la capacidad de hacerse entender que tiene: lenguaje claro, ofreciendo pruebas de todos los argumentos, metáforas acertadísimas, ejemplos mundanos y amenos, comparaciones al alcance de todos... Es una delicia de lectura. El título me gusta por la justificación que tiene, pero el subtítulo no le hace justicia. Son mucho más que historias y curiosidades del español; Elena se moja en las cuestiones más espinosas del idioma. ¿Nunca te ha chocado que el origen de algunas palabras esté en un error de escritura o pronunciación y luego te abronquen por cometerlos? ¿Cuál es la verdadera diferencia entre una lengua y un dialecto? ¿Por qué se critica tanto el español de Hispanoamérica? Mis capítulos favoritos son los de por dónde nace y muere la lengua, porque me gusta mucho en particular todo lo que tenga que ver con el cambio lingüístico y porque me parece buena idea que se divulgue en particular este tema, ya que ayuda muchísimo a comprender el relativismo de la norma. En fin, que en este precioso boom de la divulgación científica me alegra mogollón que por fin se haga divulgación sobre lingüística.
Libro que aborda numerosas cuestiones del español (y la lengua en general) desde una perspectiva descriptivista, y que ofrece numerosísimos ejemplos que ilustran los temas tratados, además de comparaciones con otros idiomas. Si a eso le sumamos que está estupendamente redactado y que todos los contenidos se hacen muy amenos, el libro se convierte en imprescindible para cualquier persona a la que le apasione mínimamente la lingüística.
Una suerte. Que en el momento de mi vida en el que decido hacerme –por fin- con un libro de lingüística, que éste cope las estanterías de casi cualquier librería y sea tan reciente no tiene otro nombre. Sencillo pero conciso y completo, escrito de forma sublime para ser leído por cualquier ser humano que comprenda el español y, sobre todo, muy interesante. La forma de organizar el contenido, la sutileza de explicar lo apto para todos los públicos pero a la vez lo técnico y el cómo te engancha, que no es algo que todos los libros de divulgación puedan decir, lo hacen necesario para la estantería de cualquier iniciado en el maravilloso mundo de la lengua. Me da la sensación, tras haberlo leído, que sé mucho más, no sólo del idioma, sino del ser humano y la vida en general, porque si algo persigue este libro (y lo consigue de sobra) es hacer ver que la lengua y todas las ciencias que la estudian son mucho más importantes e interesantes que lo que aquello que nos suelen enseñar. Sin duda, un libro que recomiendo a todo aquel interesado mínimamente por los idiomas, incluso a aquellos que no tienen tanto interés o que directamente piensan que la Lengua es una pérdida de tiempo. Les sorprendería.
Me parece un libro muy apropiado para gente que se interes por la(s) lengua(s) y para desmontar muchos mitos que hay sobre ellas y su uso. También adecuado para estudiantes de primer curso de estudios lingüísticos, para tener una visión general.