El siglo XX pasará sin duda como uno de los periodos en que la humanidad habrá presenciado los cambios científicos más revolucionarios de su historia. Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física, fue, junto con Einstein, uno de los primeros en contribuir a estos cambios. Sin embargo, en 1948, cuando dictó el curso que, poco después, se convirtió en el libro que publicamos ahora, aconsejaba a sus discípulos que volvieran su atención hacia los pensadores de la Antigüedad, pese a todos los adelantos científicos de que entonces ya se disponía.
Su interés por los orígenes del pensamiento científico parte de la preocupación por conocer las causas intrínsecas del conflicto entre religión y ciencia, entre filosofía y física, conflicto que se ha ido agravando desde el renacer de la ciencia en el siglo XVII hasta nuestros días y que surge de una pregunta primordial, aún no resuelta: ¿de dónde vengo y adónde voy? Pues, Schrödinger, sumergido por su propia actividad en la investigación de la naturaleza profunda de la realidad física, se propuso intentar descubrir cuál es el lugar de la humanidad en relación con esta «realidad» y averiguar cómo los grandes pensadores del pasado examinaron esta cuestión. ¿Quién mejor que él para guiarnos a nosotros en esta apasionante exploración de los orígenes, cuando filosofía y ciencia formaban parte de un único pensamiento?
Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger, sometimes written as Erwin Schrodinger or Erwin Schroedinger, was a Nobel Prize-winning Austrian physicist who developed a number of fundamental results in the field of quantum theory, which formed the basis of wave mechanics: he formulated the wave equation (stationary and time-dependent Schrödinger equation) and revealed the identity of his development of the formalism and matrix mechanics. Schrödinger proposed an original interpretation of the physical meaning of the wave function.
He won the 1933 Nobel prize in physics with colleague Paul Adrien Maurice Dirac "for the discovery of new productive forms of atomic theory"
Nunca me gustaron las matemáticas cuando iba al colegio, pero con la edad encuentro algo mágico en ellas, supongo que hallarme en un entorno desconocido hace que deje que los números me sorprendan, así es la historia del ser humano, cuando no entiende algo busca respuestas en lo metafísico. Y llegaron los griegos y de eso va este libro. ¿Qué nos quedó como sociedad de aquello, qué había en la filosofía del mundo clásico que hizo que por primera vez quisieran ver el mundo con otros ojos, con ojos de científico? Voy subrayando el texto y a veces no sé exactamente porque he resaltado un párrafo del que apenas entiendo el vocabulario. La lectura nones fácil para los que no somos doctos en la materia pero te deja buen poso y se entiende el mensaje que el autor quiere hacer llegar. La ciencia no es infusa, o si, nada es definitivo, lo que si sabemos es que hubo personas, hoy considerados sabios y filósofos, que hace más de dos mil años pusieron los cimientos de la ciencia a base de preguntas simples que nadie antes había formulado.
La ciencia siempre necesitó (y sigue necesitando) gente como Scrodinguer para florecer. En algún momento leí que es mucho más difícil desaprender un método o hábito, que aprender algo nuevo. Y creo que en este librito se consigue rasguñar la idea de porqué el ser humano sigue lidiando con dar explicaciones satisfactorias a preguntar tan viejas, pues en esencia se ha erigido bajo el influjo de todo el conocimiento acumulado y le resulta imposible escapar de toda concepción osificada. Creo que este siglo sigue resintiendo la sacudida intelectual que significó la mecánica cuántica en un mundo donde la ciencia estaba convirtiéndose en la nueva religión, y donde se creía que podíamos dominarlo todo solo con el uso de la razón.
Se lo cogí a mi padre y lo he estado utilizando como relleno para los huecos en los que no tenia ningún libro para leer. Habla mucho de física y matemáticas pero al fin y al cabo es filosofía de la ciencia ósea que está guay. Pero nada del otro mundo.
Salvo el capítulo final no ofrece mucho. Este último capítulo avanza un poco sobre el problema del sujeto del conocimiento y la imposibilidad de la ciencia de dotar de sentido a la vida humana dejando el autor apuntadas las grandes preguntas existenciales.
Una especulación interesante acerca de las posibles intuiciones de los primeros atomistas sobre la realidad del universo. Schrödinger era un maldito genio.