Luego de haber leído las dos antologías publicadas por Atalanta, y sobrevivido a la infame sarta de despropósitos perpetrada por Perla editorial, creo haber entendido la fascinación que me produce este escritor, porque esa sensación de extrañeza e incomodidad que emana de sus historias es tan autentica y sugerente.
Los narradores de Aickman son tramposos. Tomemos de ejemplo cuentos como Las manchas o Ravissante, de dónde surge esa sensación de que el mundo en que transcurre la acción sería indistinguible del nuestro salvo por un elemento, un je ne sais quoi que nos desubica, y al desubicarnos, nos inquieta; como cuando ves un androide hiperrealista, que se esfuerza tanto por remedar al humano como solo algo inhumano lo haría. Aickman, en tanto que inglés, disfruta de la descripción puntillosa, de evitar equívocos incómodos desarrollando cualquier posible variación de una frase; un estilo tan característico, el de describir mucho pero con sobriedad, tan idiosincrásicamente anglosajón, que fue un español el que lo sublimó a la perfección. Aquí está la trampa que nos tiende Aickman: la extrañeza por omisión. Aickman cuenta mucho, pero siempre hay algo que nos omite deliberadamente, a veces de forma sibilina, como en Las manchas, otras evidente, como en Ravissante. Es el darnos cuentas de que nos están privando de información fundamental lo que hace que el conjunto se tambalee y la extrañeza se apodere del lector ¿Qué está pasando realmente, qué no estamos viendo? O mejor dicho, ¿qué está viendo realmente ese narrador que tanta molestia se toma en detallar la ropa de su interlocutor, la habitación en que se aloja, el paisaje tras su ventana? Aickman lo sabe perfectamente, a ti te va a tocar imaginarlo, y esa imagen nebulosa que has formado en tu cabeza será más inquietante que la que él concibió en origen.
He ahí la grandeza de Aickman, la grandeza detrás de La tolvanera, detrás de Ravissante, detrás de Los trenes o Correo para el cartero, la extrañeza por omisión, lo que se elige no contar. Quizá sea por esto que Aickman pierde fuerza cuando abraza abiertamente lo extraño introduciendo elementos de naturaleza indiscutiblemente sobrenatural. Aquí, pese a que sigue siendo eficaz la mayor de las veces, se pierde la fuerza de la insinuación, el lector no puede imaginar el terror o lo maravilloso porque este es explícito en el texto. E, insisto, cuentos como Che gellida manina, me parecen de los mejores relatos de fantasmas que he leído nunca.
Estas son las lecciones que Aickman me ha enseñado como lector, y espero que, cuando algún editor tenga la bondad de traernos el resto de cuentos de Aickman, sea capaz de descifrar por completo el enigma de ese escritor llamado Robert Aickman.
Los relatos incluidos en esta antología son los siguientes:
La tolvanera (****): un trabajador del Fondo de Construcciones Históricas nos comparte la única vez que tuvo que encargarse de una casa "encantada". Era esta una mansión antigua habitada por dos hermanas de comportamientos, cuando menos, excéntricos en la que, por mucho que se limpiara, siempre estaba cubierta de polvo. Para llevar a cabo su labor hubo de alojarse en la casa y convivir con ambas hermanas, una de ellas áspera y malhumorada, la otra reservada, por la que al poco el narrador comienza a sentir cierto interés -la sensualidad soterrada es omnipresente en los cuentos de Aickman-. Una tarde, cuando estaba mirando por la ventana de su habitación, vio en el patio junto a la casa cómo un hombre le miraba. Sin embargo, al escudriñar mejor la imagen descubre que lo que está viendo es un reflejo en la ventana, y que el hombre no está en el patio. Cuento de fantasmas clásico, con una excelente ambientación gótica y un final que es puro Aickman.
Las casas de los rusos (****): el protagonista relata a un grupo de hombres en un bar un suceso de su juventud, cuando tuvo que acompañar a un promotor inmobiliario a un pueblo de Finlandia para buscar una casa de veraneo para un magnate inglés. En un paseo por el pueblo, entonces joven protagonista se adentró en una de las muchas islas que hay en los muchos lagos fineses. Allí, ocultas entre las coníferas, el protagonista se encuentra con varías casas en las que parece no vivir nadie; pero solo lo parece. Este relato fantasmal se adscribiría a ese "teatro del miedo", un escenario en que el fenómeno fantasmal representa, a modo de impronta parapsicológica, una escena trágica del pasado que aconteció en el lugar. Salvo porque aquí Aickman introduce otro giro interesante, que no desvelaré.
No más resistente que una flor (****): el marido de la protagonista insiste en que debe cuidar más su aspecto físico, no por el, por supuesto, sino por ella, porque la beneficiaría y le ayudaría a ganar personalidad. La mujer accede y se somete a un tratamiento de belleza diseñado por una médium. Los cambios se harán notar al instante. Aquí es un relato donde Aickman utiliza simultáneamente su faceta más explicita y más sugestiva, porque, en ningún momento, explica en qué consiste ese tratamiento de belleza ni cuales han sido sus consecuencias, tan evidentes para el marido.
En edad de crecimiento (***): llegamos al relato más polémico y que más disensión causa entre los aficionados al autor: o lo odian o lo adoran, sin término medio. Puedo entender ambas posturas. En este caso, lo extraño se acerca directamente a lo surrealista, y el comportamiento de sus personajes es tan desconcertante que esa fina línea entre lo real y lo fantástico se rompe hacía lo último. La protagonista, madre de dos hijos tiránicos y crueles y esposa de un hombre pusilánime que, como el avestruz, ignora todo lo que ocurre a su alrededor, decide abandonar a su familia y marcharse finalmente de casa, aterrada por el crecimiento desproporcionado del tamaño y la maldad de su prole. Se refugia en la casa de su tio, con el que mantiene una siniestra relación que roza lo incestuoso, pero pronto los hijos la buscarán, reclamándole que los alimente.
Ravissante (****): mi favorito de la colección. El protagonista recibe como legado de un artista fracasado y marchante de arte un relato de un episodio de su juventud, cuando viajó a Bélgica para empaparse de arte simbolista finisecular. En esta narración, el entonces joven artista buscaba reunirse con los últimos representantes vivos del movimiento, lo que le condujo al apartamento de Madame A., viuda de uno de estos pintores. Esta visita le proporcionará un acercamiento al arte tan profundo como aterrador. Un delirio maravilloso en que, de nuevo, Aickman sabe qué tiene que contar, pero sobre todo lo que no tiene que contar.
Las manchas (****): el protagonista, un alto cargo administrativo que acaba de perder a su mujer, le recomiendan tomarse unas vacaciones y se decide a visitar a su hermano, un experto local en líquenes, y su cuñada en la vicaría que dirigen en los páramos. Un día, en uno de sus regulares paseos por los bosques, se topa con una joven recogiendo piedras, joven de la que se enamora y con la que inicia un romance a escondidas de sus allegados, especialmente del padre de ella. Otro relato fascinante, que si bien tarda en arrancar y se cuece a fuego lento, tiene un crescendo final que te obliga no solo a leértelo de un tirón, si no a volver a empezar, pues introduce una pregunta en tu cerebro que cambia por completo el relato.