Considerado por muchos uno de los más destacados autores ingleses de literatura fantástica de la segunda mitad del siglo XX, el londinense Robert Aickman siempre sostuvo que no escribía cuentos de terror, sino «historias de lo extraño» –así le gustaba definirlas–, relatos que tienen la rara virtud de sumergirnos en una tensa e inquietante atmósfera. Esta nueva entrega de su obra vuelve a constatar, como Cuentos de lo extraño (Atalanta, n.º 53), su gran talento para lo fantástico narrativo
Author of: close to 50 "strange stories" in the weird-tale and ghost-story traditions, two novels (The Late Breakfasters and The Model), two volumes of memoir (The Attempted Rescue and The River Runs Uphill), and two books on the canals of England (Know Your Waterways and The Story of Our Inland Waterways).
Co-founder and longtime president of the Inland Waterways Association, an organization that in the middle of the 20th century restored a great part of England's deteriorating system of canals, now a major draw for recreation nationally and for tourism internationally.
Luego de haber leído las dos antologías publicadas por Atalanta, y sobrevivido a la infame sarta de despropósitos perpetrada por Perla editorial, creo haber entendido la fascinación que me produce este escritor, porque esa sensación de extrañeza e incomodidad que emana de sus historias es tan autentica y sugerente.
Los narradores de Aickman son tramposos. Tomemos de ejemplo cuentos como Las manchas o Ravissante, de dónde surge esa sensación de que el mundo en que transcurre la acción sería indistinguible del nuestro salvo por un elemento, un je ne sais quoi que nos desubica, y al desubicarnos, nos inquieta; como cuando ves un androide hiperrealista, que se esfuerza tanto por remedar al humano como solo algo inhumano lo haría. Aickman, en tanto que inglés, disfruta de la descripción puntillosa, de evitar equívocos incómodos desarrollando cualquier posible variación de una frase; un estilo tan característico, el de describir mucho pero con sobriedad, tan idiosincrásicamente anglosajón, que fue un español el que lo sublimó a la perfección. Aquí está la trampa que nos tiende Aickman: la extrañeza por omisión. Aickman cuenta mucho, pero siempre hay algo que nos omite deliberadamente, a veces de forma sibilina, como en Las manchas, otras evidente, como en Ravissante. Es el darnos cuentas de que nos están privando de información fundamental lo que hace que el conjunto se tambalee y la extrañeza se apodere del lector ¿Qué está pasando realmente, qué no estamos viendo? O mejor dicho, ¿qué está viendo realmente ese narrador que tanta molestia se toma en detallar la ropa de su interlocutor, la habitación en que se aloja, el paisaje tras su ventana? Aickman lo sabe perfectamente, a ti te va a tocar imaginarlo, y esa imagen nebulosa que has formado en tu cabeza será más inquietante que la que él concibió en origen.
He ahí la grandeza de Aickman, la grandeza detrás de La tolvanera, detrás de Ravissante, detrás de Los trenes o Correo para el cartero, la extrañeza por omisión, lo que se elige no contar. Quizá sea por esto que Aickman pierde fuerza cuando abraza abiertamente lo extraño introduciendo elementos de naturaleza indiscutiblemente sobrenatural. Aquí, pese a que sigue siendo eficaz la mayor de las veces, se pierde la fuerza de la insinuación, el lector no puede imaginar el terror o lo maravilloso porque este es explícito en el texto. E, insisto, cuentos como Che gellida manina, me parecen de los mejores relatos de fantasmas que he leído nunca.
Estas son las lecciones que Aickman me ha enseñado como lector, y espero que, cuando algún editor tenga la bondad de traernos el resto de cuentos de Aickman, sea capaz de descifrar por completo el enigma de ese escritor llamado Robert Aickman.
Los relatos incluidos en esta antología son los siguientes:
La tolvanera (****): un trabajador del Fondo de Construcciones Históricas nos comparte la única vez que tuvo que encargarse de una casa "encantada". Era esta una mansión antigua habitada por dos hermanas de comportamientos, cuando menos, excéntricos en la que, por mucho que se limpiara, siempre estaba cubierta de polvo. Para llevar a cabo su labor hubo de alojarse en la casa y convivir con ambas hermanas, una de ellas áspera y malhumorada, la otra reservada, por la que al poco el narrador comienza a sentir cierto interés -la sensualidad soterrada es omnipresente en los cuentos de Aickman-. Una tarde, cuando estaba mirando por la ventana de su habitación, vio en el patio junto a la casa cómo un hombre le miraba. Sin embargo, al escudriñar mejor la imagen descubre que lo que está viendo es un reflejo en la ventana, y que el hombre no está en el patio. Cuento de fantasmas clásico, con una excelente ambientación gótica y un final que es puro Aickman.
Las casas de los rusos (****): el protagonista relata a un grupo de hombres en un bar un suceso de su juventud, cuando tuvo que acompañar a un promotor inmobiliario a un pueblo de Finlandia para buscar una casa de veraneo para un magnate inglés. En un paseo por el pueblo, entonces joven protagonista se adentró en una de las muchas islas que hay en los muchos lagos fineses. Allí, ocultas entre las coníferas, el protagonista se encuentra con varías casas en las que parece no vivir nadie; pero solo lo parece. Este relato fantasmal se adscribiría a ese "teatro del miedo", un escenario en que el fenómeno fantasmal representa, a modo de impronta parapsicológica, una escena trágica del pasado que aconteció en el lugar. Salvo porque aquí Aickman introduce otro giro interesante, que no desvelaré.
No más resistente que una flor (****): el marido de la protagonista insiste en que debe cuidar más su aspecto físico, no por el, por supuesto, sino por ella, porque la beneficiaría y le ayudaría a ganar personalidad. La mujer accede y se somete a un tratamiento de belleza diseñado por una médium. Los cambios se harán notar al instante. Aquí es un relato donde Aickman utiliza simultáneamente su faceta más explicita y más sugestiva, porque, en ningún momento, explica en qué consiste ese tratamiento de belleza ni cuales han sido sus consecuencias, tan evidentes para el marido.
En edad de crecimiento (***): llegamos al relato más polémico y que más disensión causa entre los aficionados al autor: o lo odian o lo adoran, sin término medio. Puedo entender ambas posturas. En este caso, lo extraño se acerca directamente a lo surrealista, y el comportamiento de sus personajes es tan desconcertante que esa fina línea entre lo real y lo fantástico se rompe hacía lo último. La protagonista, madre de dos hijos tiránicos y crueles y esposa de un hombre pusilánime que, como el avestruz, ignora todo lo que ocurre a su alrededor, decide abandonar a su familia y marcharse finalmente de casa, aterrada por el crecimiento desproporcionado del tamaño y la maldad de su prole. Se refugia en la casa de su tio, con el que mantiene una siniestra relación que roza lo incestuoso, pero pronto los hijos la buscarán, reclamándole que los alimente.
Ravissante (****): mi favorito de la colección. El protagonista recibe como legado de un artista fracasado y marchante de arte un relato de un episodio de su juventud, cuando viajó a Bélgica para empaparse de arte simbolista finisecular. En esta narración, el entonces joven artista buscaba reunirse con los últimos representantes vivos del movimiento, lo que le condujo al apartamento de Madame A., viuda de uno de estos pintores. Esta visita le proporcionará un acercamiento al arte tan profundo como aterrador. Un delirio maravilloso en que, de nuevo, Aickman sabe qué tiene que contar, pero sobre todo lo que no tiene que contar.
Las manchas (****): el protagonista, un alto cargo administrativo que acaba de perder a su mujer, le recomiendan tomarse unas vacaciones y se decide a visitar a su hermano, un experto local en líquenes, y su cuñada en la vicaría que dirigen en los páramos. Un día, en uno de sus regulares paseos por los bosques, se topa con una joven recogiendo piedras, joven de la que se enamora y con la que inicia un romance a escondidas de sus allegados, especialmente del padre de ella. Otro relato fascinante, que si bien tarda en arrancar y se cuece a fuego lento, tiene un crescendo final que te obliga no solo a leértelo de un tirón, si no a volver a empezar, pues introduce una pregunta en tu cerebro que cambia por completo el relato.
Robert Aickman no escribía relatos de terror con sobresaltos. Tenía un estilo propio, en el que dejaba más huecos que explicaciones, con atmósferas inquietantes y extrañas, pero realmente no terroríficas, al menos desde mi punto de vista. Destaco sobre todo que están muy bien escritos (o traducidos), y da gusto sumergirse en su prosa.
Estos son los seis relatos incluidos en ‘Las casas de los rusos’ (2016), escogidos por la editorial Atalanta de varias ediciones originales:
La tolvanera. El protagonista es un oficial del Fondo de Construcciones Históricas, que se desplaza por unos días a la mansión de las hermanas Brakespear, un tanto extrañas y distantes. Pero lo que más le llama la atención, es la enorme cantidad de polvo que hay por todos lados. Este relato es el que más me ha gustado, tanto en su narración como en su ambiente gótico.
Las casas de los rusos. La historia está narrada por un anciano a unos jóvenes, y trata sobre unos extraños hechos que le acaecieron en Finlandia hace años. Otro estupendo relato.
No más resistente que una flor, trata de un matrimonio en el que la esposa, imbuida por el marido, se obsesiona por un tratamiento de belleza. Relato corto algo flojo.
En edad de crecimiento es un extraño relato sobre una madre que vive aterrorizada por el crecimiento en tamaño de sus gemelos. No me ha gustado, no he llegado a entrar en la historia.
Ravissante. Un pintor de poco éxito relata lo que le sucedió en Bruselas cuando conoció a Madame A. La historia avanza de manera desasosegante mientras esta le va enseñando una serie de extrañas pinturas y esculturas. Bastante bueno.
Las manchas. Stephen, que ha enviudado hace poco, decide visitar a su hermano, que es párroco en una pequeña población. Durante un paseo por las montañas, conocerá a una misteriosa y peculiar joven. Desde el principio el lector se da cuenta de que subyace algo siniestro tras esta joven, o más bien, tras su padre. Buen relato.
Quitando a El Asilo y otros relatos de lo extraño, de Perla Ediciones (que no leeré debido a la mala traducción que he escuchado que tiene), esta sería la última antología de cuentos de Aickman traducidos al español que leo, de momento, y pienso que no sería equivocado decir que es la que contiene las narraciones suyas más particulares que ha podido traducir. Algunas, incluso, no parecen que fueran de él, y no siempre en un sentido negativo. Tal vez son las que más honor hacen al calificativo de 'cuentos de lo extraño', si bien hay tres que se acercan más al cuento de fantasmas tradicional. Algo que queda muy claro es el interés de Aickman por la rareza de las relaciones humanas y las injusticias que las mujeres viven en el mundo moderno a causa de los hombres. Creo que en eso radica lo perturbador de estas historias, más que en el aspecto sobrenatural, o quizá debido a la mezcla sutil de ambos elementos. En fin, es una antología decente; menos impactante que las otras, pero igual de valiosa y con unas cuantas sorpresas.
Dicho esto, he aquí mi reseña de cada uno de los cuentos:
- La tolvanera (****): un empleado del Fondo de Construcciones Históricas relata su único encuentro con lo sobrenatural, ocurrido la vez que se alojó por un tiempo en una mansión rural siempre llena de polvo, propiedad de dos hermanas de temperamentos opuestos y particulares. Una noche que regresa de sus labores, ve a un hombre asomado en la ventana de su cuarto que sale de él sin decirle nada. De ahí en adelante, su visión de la casa será distinta, y no tardará en dar con la explicación. La atmósfera gótica y la originalidad del suceso sobrenatural están muy bien logradas, pero las largas descripciones de sucesos con poca importancia para la trama arruinan un poco la experiencia. Tal vez cambie de opinión con una relectura.
- Las casas de los rusos (****): de noche en un bar, un anciano narra a unos jóvenes un suceso extraño que vivió de joven cuando acompañó a Finlandia a un asesor inmobiliario. Mientras paseaba por el pueblo donde residían, se internó en una isla particularmente solitaria, repleta de coníferas y niebla. Entre ellas hay casas inmensas y elegantes, pero que parecen estar deshabitadas. Sugestionado por el ambiente, y después de recibir una medalla por un niño, abandona la isla. Pero a los pocos días volverá, sólo que esta vez la situación será distinta. Un cuento de gran atmósfera, descripciones preciosas, narración bien medida y suspenso magistral. Una narración memorable e imperdible para los amantes de los cuentos de fantasmas.
- No más fuerte que una flor (****): un hombre sugiere a su reciente esposa que cuide más de su aspecto. Ella acaba cediendo a sus palabras y se realiza un tratamiento de belleza dirigido por una médium. El cambio será inmediato y poco amigable. Un cuento muy bien hecho, de palabras y extensión precisa. El que nunca sepamos en qué consistió la transformación de la mujer es un gran acierto. Aickman era muy bueno indagando en las oscuridades de las relaciones de pareja.
- En edad de crecimiento (****): una mujer, esposa de un haragán y madre de dos niños indolentes y con un problema de estatura alarmante, abandona su hogar para irse a vivir con un tío que le ha prometido protegerla de su familia. Sin embargo, las cosas se saldrán de control, y pronto los niños gigantes irán tras ella. Pues miren nada más: me encantó el cuento más polémico de Aickman. Es que es un completo derroche de imaginación. Empieza como la típica historia de crisis matrimonial, desarrolla poco a poco un elemento grotesco, sugiere una explicación sobrenatural y luego se convierte en una especie de historia de acción. Puede que no recuerde mucho al estilo habitual de Aickman, pero sigue siendo un cuento bien hecho. Por otro lado, no lo sentí tan humorístico como algunos mencionan. Lo vi más como un cuento de hadas oscuro; de hecho, es una historia bastante oscura y siniestra, no sólo por los abusos de los hijos y el esposo con la protagonista, sino por la relación que esta tiene con su tío. En fin, un cuento rarísimo, pero que funciona, al menos conmigo.
- Ravissante (****): el protagonista recibe hereda los manuscritos de un pintor fracasado que conoció en una fiesta. La mayoría no le interesan en lo absoluto, hasta que encuentra uno que narra un viaje a Bélgica para visitar la casa de la viuda de uno de sus pintores preferidos, en donde será forzado a realizar actos extraños y a presenciar otros aún más perturbadores. Sigue siendo un buen cuento en esta segunda lectura. Sin embargo, me gustó más el inicio que el acontecimiento sobrenatural. Lo bueno es que ya no me parece hermético, aunque aún tiene cosas que no entiendo.
- Las manchas (***): un hombre de alto rango que acaba de perder a su mujer pasa unas vacaciones junto a su hermano (un experto en líquenes) y su cuñada en una pequeña rectoría rural. Un día, mientras pasea, se topa con una joven que recogía piedras en un barranco. Charlan, y la cita al día siguiente para conocer un manantial cercano. Pronto se enamoran profundamente y se van a vivir juntos en la casa de piedra frente al manantial. Sin embargo, las dificultades no tardarán en aparecer, encarnadas en la misteriosa figura del padre de la chica. Un cuento muy querido por la mayoría de los admiradores de Aickman, pero que a mí no me sorprendió como esperaba. Está muy bien escrito, los elementos fantásticos son interesantes y Aickman suelta, como es usual, sus muy atinadas observaciones sobre la vida humana moderna, pero no conecté con el tópico del hombre en medio de una crisis de mediana edad que se enamora de una joven que le hace caer en cuenta que nunca había vivido en serio. Lo cierto es que las historias de hombres decadentes siempre me han fastidiado. Me son muy antipáticas. En general, me chocan las historias de personas en momentos de crisis, pero eso ya es algo personal. Fuera de eso, no estuvo mal. El aire romántico le sienta muy bien. Hasta lamento que no lo hubiese sido más.
“He aprendido que lo que se retiene dista bastante de lo que ocurre en realidad” (Ravissante, p.204)
Su autor no los definía como cuentos de terror: se refería a ellos como relatos extraños. Robert Aickman (1914-1981) fue uno de los escritores fantásticos británicos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, figura reivindicada por autores de la talla de Neil Gaiman (al que definía como “un mago”), Fritz Leiber (lo llamaba “el hombre del tiempo del subconsciente”) o Peter Straub (del que dijo que “en sus mejores momentos, fue el escritor de relatos de terror más profundo que ha dado el siglo”). Ediciones Atalanta prosigue con la recuperación de la obra de este autor tras su primera antología publicada en 2011, Cuentos de lo extraño, con una variada selección de relatos publicados originalmente entre 1968 y 1985.
La colección de cuentos da inicio con La tolvanera (“The Unsettled Dust”, publicado originalmente en SubRosa: Strange Tales, 1968), ejemplar para definir el estilo del autor, que usa elementos clásicos de la novela gótica (el caserón encantando, la presencia fantasmal) para usarlos como herramientas en pos de dibujar un trauma acaecido en el pasado que se ve reflejado de forma inexplicable en el presente. Un oficial del Fondo de Construcciones Históricas se ve obligado a trasladarse unos días en unos terrenos que han pasado a ser propiedad de dicha organización aunque sigue siendo ocupado y administrado por sus propietarias originales, las hermanas Agnes y Olive Brakespear, las cuales parecen llevarse bastante mal bajo una apariencia de falsa cortesía. Pero una aterradora visión nocturna llevará a preguntarse al protagonista que secretos se ocultan en el lugar -eternamente cubierto de polvo sin explicación aparente- y cuál es el verdadero motivo de la apatía que parece dominar a Olive. La decadencia física que asola el lugar oculta también decadencia emocional, algo que se irá desgranando página a página, causando una desasosegante sensación a falta de apenas unas pocas hojas para cerrarlo cuando parezca que va a quedarse corto, y sin embargo resuelto magistralmente en sus párrafos finales.
El relato que da título a la selección, Las casas de los rusos (“The Houses of the Russians”, incluido en SubRosa: Strange Tales, 1968), es brillante tanto en la imponente creación de una atmósfera fantasmagórica como en la utilización de los recursos del popular cuento de fantasmas para evocar, de nuevo, un trauma del pasado, aunque este trauma pertenezca a una cultura en principio tan ajena a Aickman como es la rusa. Un anciano que ha sobrevivido de una manera casi imposible a un accidente (tanto, que nunca llegamos a saber cómo) cuenta una historia de sus días de juventud a sus compañeros de trabajo mientras se santigua de una forma un tanto extraña sosteniendo una medalla de color mate: como llegó esa moneda a sus manos sucedió muchos años atrás cuando por motivos laborales viajó a Unilinna, en Finlandia, y dando un paseo se perdió por una isla llena de casas abandonadas donde tuvo una serie de misteriosos encuentros con los asistentes a una fiesta. El aspecto sobrenatural en la historia es usado en el aspecto socio-cultural de una identidad muy concreta de un país y de una religión, pero a su vez converge un halo de esperanza en él. Sus páginas finales son terriblemente desalentadoras, la revelación de un misterio terrible.
Una delicia de corta extensión (apenas 20 páginas) resulta ser No más resistente que una flor (“No Stronger than a Flower”, incluído en SubRosa: Strange Tales, 1968), que habla de un matrimonio en el cual él, Curtis, resulta feliz en la monotonía y alejando a su mujer de la belleza -aparentemente física, pero que esconde mucho más- debido a un trauma (de nuevo…) de juventud. Ella, Nesta, un buen día hastiada de la vulgaridad de su existencia (y de su físico) decide someterse a un tratamiento de belleza que tendrá unas consecuencias avasalladoras en su relación. El relato destaca en cuanto a la creación de una intriga debido a la omisión de la información (el tratamiento a la que la somete la misteriosa Sra. DeMilo, las descripciones posteriores sobre su cambio, carentes de detalles informativos pero magnífico en cuanto a las sensaciones que provoca en Curtis) y juega a invertir los roles de manipulador y dependiente de una manera inquietante y perturbadora.
En edad de crecimiento (“Growing Boys”, de Tales of Love and Death, 1977) es uno de los relatos más controvertidos de Aickman, y a pesar de la división de opiniones que suele generar, a título personal es mi preferido de la selección. Imaginaos a una joven madre de dos gemelos preocupada por el crecimiento y el desarrollo de caracteres de sus hijos gemelos. Suponed que podéis introduciros en su mente mientras duerme. Probablemente sería algo muy parecido al cuento en cuestión: un mal sueño, no una pesadilla de aquellas que provocan sobresaltos y hacen despertar en sudor al que la sufre, sino una narración continúa, de tiempo lento, muy malrollera. La lógica de los sueños se apodera del estilo con más fuerza que en el previo, pero pariente, No más resistente que una flor, con el que guarda ciertos puntos en común -aparte de la constante y enroscada en cada línea sensación de extrañamiento, un cierto subtexto relativo a la liberación femenina y la representación del marido como un palurdo, un auténtico papanatas en este caso-. Los hijos de Millie están creciendo deprisa, demasiado deprisa, y sus gamberradas poco a poco van en aumento. Millie sabe que algo va realmente mal con sus criaturas, pero tan solo su tío Stephen -con el que tiene una relación que por momentos se antoja tan extraña como el tono de la historia, o quizá fueran imaginaciones mías- parece darse cuenta de la realidad, ya que su marido Phineas, uno de aquellos señoritos que quieren que todo se les de hecho, sigue el juego a las criaturas y cree que su esposa exagera. Cuando Millie decida visitar a una médium gitana para que le ofrezca respuestas (la médium bien podría ser la misma Sra. DeMilo de la historia previa) decidirá tomar las riendas de su propia vida. Cada diálogo está afinado a la perfección y con una constante sensación de que han sido recortados para dar la menor información posible: cada palabra está elegida con cuidado, y la trama es precisa, sin embargo logra dar la sensación de constante agobio y malestar: si realmente se tratara de un sueño de Millie, el lector querrá gritarle al libro para conseguir que abra los ojos. Una verdadera joya que pide a gritos una relectura.
Cargado de simbolismo y con una enorme cantidad de sexualidad soterrada y fetichismo latente resulta Ravissante (incluído en SubRosa: Strange Tales, 1968), otro relato de terror encriptado, absolutamente sutil. Nada explosivo parece suceder en la superficie, bajo ella se desata un pequeño infierno en forma de posesión diabólica. La historia es la de un pintor sin éxito que conoce en Bruselas a la viuda -Madame A.- de un pintor de la escuela simbolista fallecido recientemente y que, mientras examina sus cuadros, iniciará un relato de seducción y dominación que es pura magia negra: 38 páginas de desazón, donde los cuadros y las esculturas de la casa de Madame A. parecen ser las que hacen avanzar la historia, seguidas de unas visiones del personaje principal verdaderamente incómodas (todavía se me ponen los pelos como escarpias cuando pienso en esa criatura que parece un perro). Será en el propio relato cuando, refiriéndose a la obra del pintor Antoine Joseph Wiertz, Aickman encontrará un insólito hueco para la auto-definición -ignoro si de manera premeditada o inconsciente- : “me fascinaban los entierros prematuros y las inminentes decapitaciones de Wiertz, su visión lívida y sangrienta de lo que es ciertamente lívido y sangriento, aunque también aburrido y monótono, lo que Wiertz omite. La forma que tiene Wiertz de pintar la realidad me resulta la más adecuada para el carácter de la realidad.”
En Las manchas (“The Stains”, de Night Voices: Strange Stories, 1985) Stephen, el cual ha enviudado recientemente, decide irse a pasar unos días en un pueblo al norte de Londres donde su hermano es párroco de la localidad. Paseando por la montaña, conocerá a Nell, una joven de la que se enamorará perdidamente. El relato elegido para cerrar el libro corresponde a la historia de amor más sugestiva y desconcertante que he leído en los últimos meses. Sin dejar de coquetear con el surrealismo como en las tres historias precedentes, en este caso las sensaciones que provoca Nell en Stephen pertenecen a nuestro mundo: será la aparición de diversas manchas a lo largo del relato (en la piel de los personajes principales, en las paredes, hay que fijarse detenidamente en el progreso que hacen: nada parece estar dejado al azar por Aickman) y en la amenazadora figura del padre de Nell las que nos den la sensación de que algo siniestro está acechando. La clave está en los líquenes.
En conclusión: de los seis relatos (aunque por extensión Las manchas se acerque a la novela corta) incluidos en Las casas de los rusos tres de ellos son soberbios y los otros tres notables con momentos de verdadera brillantez: no hay desperdicio ninguno y personalmente no tardaré en atacar la primera selección que editó Atalanta del autor. Pegas de la edición: el no incluir el año de publicación de cada relato, necesario siempre para poder ubicarlo con más precisión en un contexto concreto. Pero para echarles un cable en la reseña de cada relato les hemos incluido como habrán podido comprobar dicha fecha y libro de procedencia. El pájaro burlón, siempre tan servicial.
Les recomiendo leer a Robert Aickman. Lo considero un descubrimiento de aquellos que uno se sorprende que no haya tenido mayor fama o repercusión y su estilo resulta bastante al margen de lo que es habitual en el terror de la segunda mitad del siglo XX: Verdaderamente es el terror que habita en el subconsciente, el contar las historias como uno cree que sucedieron, no como realmente pasaron, y la fuerza de sus historias logra hacer mella en el lector días después de haberlo leído.
Buf, menudo ostiazo con esta segunda antología de Aickman recopilada por Atalanta. Lo que finamente se dice una decepción. Intentaré ser breve.
"La tolvanera". Un cuento de fantasmas sobre la aristocracia inglesa que se queda atrás comiéndose la estela de polvo de la burocracia y la modernidad de la Inglaterra que resurge de la postguerra. Un relato de aparecidos realmente aburrido, aún con alguno de los temas de Aickman, como la tensión sexual soterrada, pero sobre todo muy convencional, un pecado en el caso de este escritor.
"Las casas de los rusos" Otro insulso relato cuya única gracia radica en que quizá sea uno de los pocos cuentos anticomunistas de fantasmas que existen, aunque quizá Guareschi haya escrito alguno en su serie de Don Camilo. Escasamente sutil, como corresponde a su intención ideológica, sigue la tradición del cuento de fantasmas de "cementerio indio", un anciano advierte a unos universitarios, quizá simpatizantes del peligro rojo (la narración fue publicada en 1968), que no hay que ablandarse, de que los malvados bolcheviques masacraron a unos cristianos ortodoxos que ahora se aparecen en sus antiguas residencias finlandesas y que al rojo ni agua. Pues eso, una cosa en la línea del Guareschi de "Camarada Don Camilo" o "Don Camilo y los jóvenes de hoy" pero en cuento de fantasmas. Se salva el magnífico ambiente con el que Aickman recrea las residencias de los rusos, las apariciones y el terrible secreto final
"No más resistente que una flor" es un cuento que me ha recordado a "La mujer pantera" donde la relación de poder en un matrimonio se ve subvertida cuando la esposa se somete a un tratamiento de belleza que desconocemos. Un relato de liberación femenina que no está mal pero tampoco mata, en el sentido en que en ningún momento se nos describe la transformación de la esposa, lo que implica una metamorfosis interior que genera una extraña tensión y sensación de desasosiego, pero que resulta demasiado difuso en sus intenciones.
"En edad de crecimiento" me parece el peor relato que he leído de Aickman, una parodia sobre la paternidad cuyas responsabilidades superan a la pareja protagonista cuando sus hijos, más adolescentes eternos que nunca, no dejan de comer y crecer. A mí el sentido del humor no me funciona en absoluto, el cuento me ha parecido bastante pestiño y tampoco le salva su toque de liberación femenina y la extraña atracción sexual soterrada entre la protagonista y su tío.
"Ravissante" Cuando ya tenía la moral por los suelos, llegué a este relato. El cuento sobre posesiones y el hecho artístico más raro que he leído en mi vida, un proyecto de artista visita a la viuda de un pintor belga y allí asiste a un agobiante aquelarre de sexo soterrado y fetichismo chunguísimo, animales que parecen perros y pinturas muy desagradables. Aunque lo mejor es como el protagonista sale de esa mansión de pesadilla en pleno clímax de mal rollo, es genial, como si terminara de tomar el té con su tía; "venga, pues me voy que tengo mucho lío, ha sido un placer, hasta luego". En fin, un relato buenísimo, en el que lo que más me gusta es como Aickman dispone los elementos sin apenas dar explicaciones y luego el lector es el que ha de relacionarlos como buenamente pueda, donde los huecos forman tan parte del cuento como la escasa información que se nos proporciona.
Finalmente "Las manchas" es un maravilloso relato extremadamente romántico y, por supuesto, rarísimo de cojones. Un cuento entre el "Ojos verdes" de Bécquer y la película "Cloverfield" (toma comparación loquísima), donde un funcionario de mediana edad se refugia en los páramos del norte de Inglaterra de su reciente viudedad, un matrimonio que el protagonista nos asegura feliz, pero que se adivina rutinario y cómodo como mucho. Allí conoce a Nell, una extraña jovencita de la que se enamora rápida y perdidamente, quizá demasiado rápida y perdidamente. Ya digo, un relato extremadamente romántico y fatalista sobre una Inglaterra arcana, la necesidad desesperada de enamorarse y apasionarse por alguien cuando ya sabes que se te agota el tiempo, el inevitable paso del tiempo como elemento destructor simbolizado en las manchas de líquen y como la única manera de vencerle es con el amor puro en el momento de la muerte. Un poco desconcertante el sentido del humor de Aickman en algún momento, pero el relato es excelente.
Una observación final acerca de la edición, no estaría mal que Atalanta incluyese más información sobre los relatos, el año en qué fueron publicados y la antología original donde aparecieron. Tampoco estaría de más indicar la persona encargada de la selección de cuentos y si ya escribiese una pequeña introducción sobre el cómo, el cuándo y el porqué de su inclusión, sería la repera.
Otra buena recopilación de la narrativa breve de Aickman en esos terrenos de lo extraño e indefinido. Relatos con fantasmas mentales y espíritus transformadores. Sin duda alguna el mejor relato es el homónimo de la recopilación. Pese a ser un creador de grandes atmósferas no dejo de pensar que la narración se va desinflando continuamente y por eso los relatos funcionan mejor en la incertidumbre del lector que en la obra terminada.
Ah, y el relato Las Manchas entra directamente en mi antología BABAS de la historia de la literatura.
es la primera vez que leo a este autor y la verdad me ha conquistado, lo compré en la feria del libro porque hablaban muy bien de el, los 6 relatos me han gustado mucho pero destacaría: las manchas y en edad de crecimiento, totalmente recomendable, ha sido una grata sorpresa
Mi experiencia con esta antología se traduce en una cierta decepción con la selección, ya que con la lectura de “Cuentos de lo extraño” me pareció encontrarme con relatos más sólidos. En estos seis relatos, en todos ellos, encuentro por supuesto una construcción de la atmósfera magnífica así como un manejo elegantísimo y preciso del lenguaje; parece apreciarse una traducción muy meritoria. Sin embargo, la idea que me ha venido en varios momentos es que estos relatos son de inferior calidad e interés y por ello no estaban en la primera antología. Sea esto así o no, es lo que he sentido.
Aún así, me han interesado algo más “No más resistente que una flor”, un cuento sobre el tránsito de una abnegada esposa hacia una criatura sorprendente a partir de un tratamiento de belleza que jamas se explica; “en edad de crecimiento”, una sátira sobre la familia con una evolución inquietante sobre la premisa de unos hijos de tamaño demencial y comportamiento igualmente insoportable; y “las manchas”, quizá el mejor de todos a mis ojos, una historia romántica profundamente embriagada de niebla, paisajes británicos inexplorados y protagonizada por una criatura quien sabe si humana.
Ha habido relatos en los que los rodeos resultaban exasperantes y amenazaron con que abandonase la lectura. Aún así, el modo en que escribe Aickman, extremadamente personal, consigue apelar a nuestra fidelidad.
Me ha gustado mucho descubrir a este autor (¡gracias, Mariana Enriquez!). Me parece muy seductor cómo crea una atmósfera siniestra con una narración muy elegante y sobria, sin apenas efectismos o imágenes excesivamente perturbadoras. Sin embargo, flota en todos los relatos un aire oscuro tratado de manera casi quirúrgica. Me gusta además que deje al lector espacio para una experiencia abierta al crear un terror muy sutil y nada obvio. Los primeros cuentos me parecen mucho más potentes que los tres últimos, que me han parecido bastante planos y aburridos y, la verdad, me han interesado más bien poco. Seguiré leyendo más cositas de este autor. Y que viva lo uncanny!