Conozca todos secretos del espíritu creador de los grandes maestros, las anécdotas y circunstancias insospechadas que han rodeado el insólito milagro de la creación genial de las más famosas obras de la música clásica. Los demonios, las circunstancias de pobreza y necesidad, las perversiones y las obsesiones de las que nacieron las más sublimes piezas de Beethoven, Mahler, Mozart, Debussy, Chaikovski, Strauss, Chopin, Puccini, Bizet. Una obra que le descubrirá el increíble proceso creador de estos genios.
Acostumbrados como estamos a encontrarnos una y otra vez con remozadas visiones históricas de las mismas vidas de los grandes protagonistas de la historia de la música clásica, normalmente muy sesudas, documentadas y difícilmente amenas, es toda una sorpresa que alguien se haya atrevido a hacer una propuesta tan original como nos trae Alberto Zurrón en este primer volumen de lo que ha llamado Historia insólita de la música clásica.
La idea del autor es recorrer esas anécdotas que se han ido sucediendo a lo largo de la historia música pero intentando que no se convierta en una sucesión de chascarrillos más o menos divertidos sino ensamblarlos a modo de historia alternativa, centrándose en cómo estos hechos han contribuido a la creación general de la música clásica.
Siendo esta la base a continuación el libro se estructura en una serie de capítulos que aúnan este tipo de anécdotas por temas comunes; por ejemplo, en Memorias de elefante en cuerpos de primate se agrupan todas aquellas referidas a las grandes memorias de algunos compositores o intérpretes, dividiéndola entre simples recuerdos, dirigir sin partituras, etc; o en el ilustrativo Yo colecciono fobias .. ¿Y usted? donde el autor recopila aversiones de todo tipo, desde otros músicos (Wagner es la estrella) hasta camerinos cerrados por dentro, giras a Londres, ruidos o todo tipo de supersticiones.
En todos ellos Zurrón empieza el epígrafe con una especie de introducción en la que introduce el tema de manera ingeniosa, tal es el caso de Estrenos envenados en el que se puede ver gráficamente la forma en que lo introduce, desde lo general a lo particular y jugando con la metáfora:
“El veneno es el veneno. Para algunos un brutal repelente; para otros un atractivo adictivo, sobre todo en la boca de un tercero. En grandes dosis, a los músicos, como a cualquier otro mortal, les llevaba a la tumba; pero en dosis pequeñas les llevaba a un estreno, y si lograban superarlo sin accidentes coronarios o autolíticos, fuera cual fuera el resultado, salían reforzados de la manera que pronosticaba Nietzsche: si un estreno no te mataba te hacía más fuerte. Pero también lo hacía los críticos, que los de entonces eran de aúpa, dotados de una letalidad innegociable que perfeccionaban en sus columnas periodísticas con el ánimo de centellear en el firmamento de la polémica y no tanto en el firmamento de lo estrictamente musical, rivalizando entre ellos y utilizando los estrenos como un cuadrilátero donde ensayar sus mejores golpes.”
Es encomiable el esfuerzo del autor en hacer estos comienzos al principio de cada capítulo para a continuación mostrarnos curiosidades de toda índole, por poner un simple ejemplo, en el siguiente párrafo asistimos a dos debilidades del gran heldentenor Lauritz Melchior: las timbas de cartas y las siestas improvisadas:
“Al gran tenor wagneriano Lauritz Melchior le tiraba tanto lo de jugar a las cartas que en más de una ocasión se le vio desplazarse imperceptiblemente en el escenario hacia las candilejas cuando las grandes representaciones wagnerianas le obligaban a permanecer de pie largo rato, seguramente para hacer timba con los tramoyistas, que le esperaban en algún cuartucho. […] En una representación de Tristán e Isolda la cosa se le fue de las manos. Hacía el papel de Isolda la soprano Kirten Flagstad cuando, extática en pleno Liebestod, advirtió horrorizada no que Tristán estaba muerto (algo previsible), sino que Melchior estaba dormido, y roncando, por añadidura, por lo que tuvo que darle un meneo para devolverlo a la vida real.”
El último capítulo, el significativo De Manías, obsesiones y excentricidades: la traca final es expresión viva de los problemas que encuentro a un libro que se basa en una sucesión de hechos más o menos divertidos-anecdóticos sin una estructura clara:
“No se me ocurre mejor forma de alumbrar el camino de salida que invitándoles a una traca final, remate habitual de las fiestas donde ha habido fuegos de artificio, fascinación y buen humor, ingredientes segundarios que me he preocupado de aunar en este libro, junto a otros muchos ingredientes principales. En cierta forma, el presente capítulo-epílogo es una suerte de vaso comunicante, un llamativo furgón de cola que circula con las puertas posteriores abiertas, exhibiendo impúdicamente todo lo que no ha sido dicho hasta ahora. A poco que sacudamos el mantel de singularidades biográficas las migas llegan hasta el siglo XVI, lo que quiere decir que la historia de la música es una merienda de negros que ha servido para engordar la leyenda de muchos y arrojar luz para descubrir la dimensión real de claroscuros biográficos que sólo pueden y deben despejarse manipulando el interior de los hombres mientras se deja intacta su obra.”
Es lógico que, según pasan las hojas, la fatiga influya en su capacidad para realizar las metáforas y comparaciones empezando a transitar los lugares más comunes (traca final, furgón de cola, merienda de negros) todo muy manido, muy utilizado; reconociendo lo ingenioso que es el autor y los esfuerzos para serlo, la mitad final del libro se hace cuesta arriba por la repetición de fórmulas. Un hilo continuador habría ayudado también, pero todo parece deslavazado en apariencia. A pesar de todo, estamos ante una lectura tremendamente entretenida que desmitifica la imagen que tenemos de muchos de nuestros músicos e intérpretes favoritos y eso siempre es refrescante, una visión diferente de la historia de la música.
Alberto Zurrón lo ha vuelto a hacer, nada más comprobar que había un segundo volumen de esta historia insólita de la música clásica y ya estaba zambullido en él. El prólogo de esta Historia insólita de la música clásica II de, nada menos, Joaquín Achúcarro vuelve a incidir en los aspectos que nos acompañaron en el primer volumen y que, afortunadamente siguen monstrándose en esta segunda entrega.
Es indudable que el autor ha tenido que pasar muchas horas para indagar entre las toneladas de material que hay en la historia de la música para encontrar todo esto y poner un poco de orden en epígrafes que se entiendan. Sus mayores virtudes, nuevamente, son las siguientes:
–Tipo de narrador escogido, Zurrón escoge un narrador muy cercano, él mismo, que nos trata con mucha familiaridad y busca la complicidad con el lector mediante el uso de signos de expresión y una escritura sencilla, incluso con afirmaciones directas y preguntas al lector. Es capaz de abordar cualquier tema pero lo hace con tal liviandad que no resulta difícil digerirlo.
–Capacidad de síntesis, es difícil, muy difícil, montar un libro con sentido utilizando como fuentes anécdotas o hechos históricos tan diversos y no morir en el intento de unirlos. Cada capítulo tiene, además, diferente epígrafes que pueden ser reunidos debajo porque funcionan dentro del mismo tema presentado inicialmente. La recopilación, afortunadamente funciona bastante bien como un todo.
–Creatividad, el autor utiliza su ingenio para evitar entrar en la monotonía. Buen ejemplo de esto es la forma de construir los títulos de los capítulos, es capaz de moldear una frase de Sartre en el segundo capítulo, “El infierno son las otras (Los eternamente indecisos)” o de modificar el título de una película en el capítulo nueve, “Murieron con los compases puestos”; pero no solo el cine o la literatura son algunas de las fuentes utilizadas, no duda en apelar a nuestro refranero (“Buscando a los gatos no tres pies sino uno alma”) o la canción popular (“Toda una vida estaría contigo”), haciéndolo incluso en los subtítulos de los apartados incluidos en cada capítulo.
–Cambios de perspectivas, es evidente que afronta nuevas formas de ver a los intérpretes y a los músicos, muy alejadas de las habituales y es refrescante, además de lograr dotar a temas serios de un carácter lúdico, lo cual nos lleva a su característica más importante.
–Humor a raudales, todo el libro está orientado a que lo leamos con una sonrisa en la boca, abundan los juegos de palabras y los gestos de complicidad anteriormente mencionados (como si estuviéramos hablando con un amigo) y se suelen multiplicar en los comienzos y en los finales de los capítulos para reafirmar el “enganche” del lector según pasa las páginas. La estructura y la elección de los temas (desde el dinero como como motivación hasta la inspiración o el fervor religioso) ayudan a reforzar esta sensación y conforman una lectura ciertamente amena.
Como resultado tenemos un libro muy entretenido que se disfrutará especialmente en la época estival: no requiere esfuerzo, es un pasa-páginas y los temas tratados son muy agradables, especialmente para los aficionados a la música clásica.
Quiero acabar precisamente con las palabras del prólogo del gran Achúcarro que hago mías:
“Disfrutadlo Adagio. Hacedlo durar.
¿Quizá leerlo justo antes de dormir? Y agradecer a Alberto Zurrón su
Multitud de anécdotas sobre los granes compositores e interpretes de la música clásica. Es un catalogo de habilidades, manías, formas de trabajar, memoria, miedos, fobias.
En cada capitulo se examina uno de ellos y se dan ejemplos de lso diferentes artistas. A veces e sun poco caótico por la gran cantidad de anécdotas y los saltos temporales entre los músicos.
Muy documentado y escrito con ingenio e ironía a ratos, tenemos una visón como dice insolita de esos genios.
Es un libro para leer con calma y de tanto en tanto pues seguido abruma un poco.
Me gusta el tema, pero el orden en que se trata hace que no retenga nada. Al final ya no sé cuándo una anecdota es te Mahler, Shostakóvich o Beethoven. No me gusta el criterio que se ha escogido para ordenar las anécdotas. No puedo terminarlo :_(