Bertolt Brecht fue una figura gigantesca de la literatura europea. Novelas, ensayos, poemas, y su nada desdeñable contribución al teatro que renovó la escena dotándolo de un dinamismo que hasta entonces no había tenido.
Muy contrariamente a los grandes existencialistas el teatro de Brecht está lleno de vida y bastante escaso de grandes monólogos. Su intención era crear un teatro con afán didáctico y que sirviese de ejemplo a las clases populares, para que así pudiesen emanciparse y luchar por sus derechos. Todo esto bajo la perspectiva del profundo marxismo del autor.
Controvertidas resultan todas esas anécdotas y denuncias sobre que se aprovechó del talento de otros para su gigantesca producción. Brecht casi siempre estuvo rodeado de talento femenino, y no fue nada generoso en los títulos de créditos de sus obras. Basta leer cualquier biografía sobre el escritor para darse cuenta de que, en cierta manera, fue un cuervo que robaba las ideas de otros y luego las transformaba metamorfoseándolas y llevándolas a su terreno.
A pesar de esas denuncias eso no quita que fuese un incansable trabajador de la literatura y que su contribución a la cultura sea enorme. Su poesía pierde mucho en la traducción al español porque es una poesía compleja de traducir, más bien de verso corto, y esa concisión no ayuda nada. Sin embargo, sus ensayos, novelas y teatro han tenido mejor suerte, y en buena parte son conocidos por muchos aficionados.
Hoy nos centraremos en estas dos obras que vienen en este pequeño volumen de Alianza Editorial: “Los días de la Comuna” y “Turandot o El congreso de blaqueadores”, pero Brecht tiene obras de todo tipo y no quiero dejar de mencionar a una de mis favoritas, “Baal”, que no se incluye en este pequeño volumen, pero sí en su Teatro Completo, editado en Cátedra en dos volúmenes y también traducido por Miguel Sáenz.
“Los días de la Comuna” es una recreación muy particular sobre el mayor intento revolucionario de la historia. Y es una obra que sorprende por diversos factores. Está como limada de épica (la tiene, porque evidentemente fue un acto de lucha heroica), pero muy en segunda instancia. Como casi todo el teatro de Brecht es una obra muy coral y en la que suceden conversaciones aparentemente intranscendentes para lo que uno esperaría de antemano de semejante hecho histórico. Pero Brecht está en “afán didáctico” y nos quiere hacer ver que detrás de la resurrección de la Comuna estaba la gente sencilla, la que tiene que preocuparse cada mañana de trabajar, comer, y poder sobrevivir. También hay una crítica terrible al propio intento revolucionario. A su laxitud y blandenguería al no apropiarse del dinero del Banco central de París, lo que hubiera servido para evitar que desde Versalles se reconstruyese el ejército o se pagase a ejércitos foráneos y acabase aplastando a sangre y a fuego la insurrección. Todavía no está muy claro cuánta gente murió en la Comuna, porque no solo hay que contar los que murieron en las barricadas sino los que después fueron fusilados o fueron deportados a cárceles, se calcula que entre 20000 y 40000 personas en apenas dos meses. Una sangría tremenda.
En el mundillo cultural se evita hablar de estas cosas. Pero aquí vamos a hacer un pequeño repaso sobre cómo vivieron nuestros insignes poetas franceses el hecho revolucionario: ¿Estuvo Baudelaire en las barricadas? Sí, participó activamente. Consiguió escapar y se exilió. Y Rimbaud, ¿estuvo presente en la lucha? No, no llegó a tiempo a París. Los que os hablen de que Rimbaud estuvo en las barricadas no saben lo que dicen ni de lo que escriben. Venía de su pueblo andando. Era un gran andarín y era un adolescente muy pobre. Sobre Tristan Corbière nunca lo he tenido claro, posiblemente no pudiese participar ni llegar a París por la tuberculosis que lo llevaría a la tumba pocos años después. De hecho, solo publicó un libro en su vida y nadie sabría nada de él si Verlaine no lo hubiese incluido en su volumen de Los poetas malditos. Y además con muy buen ojo puesto que es un poeta colosal. ¿Qué pasó con Verlaine? Que estuvo y no estuvo porque estaba inmerso en una de sus habituales crisis etílicas y se pasó borracho gran parte de esos dos meses. Se cuenta cierto escondite en el que fue descubierto, pero esto no ha quedado demostrado y algunos historiadores lo ponen en duda. Teniendo en cuenta lo borracho que estuvo durante estas fechas que no muriese de coma etílico ya casi podría considerarse épico. Posiblemente el alcohol y sus amistades lo salvaron de ser fusilado. En fin. Los poetas son humanos. Nos busquen la perfección en sus vidas. Verlaine nunca quiso ser ejemplo de nada y sus arrepentimientos e idas y venidas por el lado salvaje de la vida alumbraron la mejor parte de su producción poética. Su literatura no solo es música.
Volviendo a Brecht no me resisto a incluir el que considero uno de esos “momentos cumbre” de esta obra, el cual no deja de ser también una crítica a la actitud pasiva y cuasi romántica de algunos de sus participantes:
Deleuze. Ciudadanos, me veis indeciso, lo confieso. También yo, hasta ahora, he elevado solemnemente mi voz contra la violencia. <>, decía. "¡Dejad que triunfe de una vez con las manos desnudas!" Hay que escribir la mentira con sangre, la verdad puede escribirse con tinta, decía. "En pocas semanas, la Comuna de París ha hecho más por la dignidad humana que todos los demás gobiernos en ocho siglos. Continuemos tranquilamente poniendo orden en las relaciones humanas y fin a la explotación del hombre por el hombre", decía, <>.
En cuanto a Turandot o el congreso de los blanqueadores lo primero que hay que señalar es que desde el comienzo es una obra llena de humor y sarcasmo. Todos lo Turandot europeos parten de Carlos Gozzi, incluida la famosa ópera de Puccini. Este de Brecht fue concebido justo cuando Hitler y su camarilla de matones a sueldo estaban a punto de llegar al poder. En principio parecía una obra de relleno para otras más conocidas, pero Brecht la fue ampliando y mejorando durante décadas y al final acabó por terminarla y estrenarla casi treinta años después.
Esta sátira contra los intelectuales en una sociedad capitalista (la obra se centra en la sobreproducción de algodón) comienza de una forma maravillosa:
El Emperador. Estoy fuera de mí. Tengo que oír que el Estado se hunde por la mala administración y la corrupción, bien. Pero ¡que por eso me quiten la segunda pipa de la mañana! ¡Es demasiado! En mi opinión, como emperador de la China no tengo por qué aceptarlo.
El Primer Ministro. ¡Su corazón, majestad! ¡Ha sido por su corazón!
El Emperador. ¡Mi corazón! Si tengo el corazón mal, es porque no me toman en serio. La semana pasada me han suprimido doscientos caballos de carreras, al parecer no debo montar a caballo. No he dicho nada...
El Primer Ministro. ¡Que no ha dicho nada!
El Emperador. En cualquier caso, casi nada. Hoy me enterio de que me han suprimido la segunda pipa. ¡Mi corazón! ¡Mis ingresos disminuyen! En su momento me dieron a elegir entre el monopolio de la seda y el monopolio del algodón. Quise meterme de lleno en la seda. Pero me aconsejaron el algodón. No veía a nadie que vistiera de algodón, todos llevaban seda. Pero está bien, pensé, tal vez el pueblo lleve algodón, bien, apostaré por el pueblo. ¡Y ahora soy insolvente!
La sátira es tremenda. Y es así en toda la obra. Y no solo toca al Emperador y todos los que suelen desempeñar grandes cargos estatales, sino también a los intelectuales. De hecho, las dianas mejor dirigidas en esta obra creo que van dirigidos hacia ellos. Mejor no resumirla para que el que la quiera leer puede sorprenderse por su afilada lija.
Teatro épico, teatro sarcástico, teatro político... Todas las definiciones con las que nuestros críticos adornan el teatro de Brecht son prescindibles. Es un teatro vivo. Lleno de multitud de elementos escénicos y que bebe de muchísimos sitios. Novedoso en escena, inteligente, didáctico, y muy dinámico y coral. Y también muy apegado a las circunstancias históricas que se estaban viviendo. Personalmente soy mucho más partidario y devoto del teatro de Ibsen, pero ver o leer cualquier obra de Brecht me devuelve la chispa. Con la compañía de la Berliner Ensemble y junto a Helene Weigel —con muchísimas dificultades e intentos de censura— fueron estrenando una obra tras otra. Da igual por dónde se empiece a leerlo, porque el teatro también se lee, no solo se ve representado. Lo ideal sería leerlo y verlo representado, pero no siempre se tiene a mano la segunda posibilidad. Hoy en día esa compañía teatral todavía sobrevive y si no recuerdo mal su director hoy en día es Oliver Reesse, tras coger el testigo del inolvidable Claus Peymann, que creo que sigue vivo pese a ser ya muy anciano, puesto que fue el hombre que apostó por Bernhard; por el teatro de Brecht; por las obras teatrales de Camus, incluida Los justos; por un incipiente por entonces Handke; Harad Müller, y muchísimos más. Todo un dinamizador de la cultura europea en la segunda mitad del convulso siglo XX.
Este pequeño volumen es una buena síntesis para comenzar a conocer el teatro de Brecht.
Y no se olviden de su poesía. Les dejo con unos pocos versos del An Die Nachgeborenen:
Llegué a las ciudades en tiempos de desorden,
cuando reinaba allí el hambre.
Llegué al pueblo en tiempos de rebelión
y me rebelé con él.
Así pasó el tiempo
que me habían asignado sobre la tierra.
Comí mi alimento entre las batallas,
para dormir me tendí entre asesinos,
práctique con negligencia el amor
y observé sin paciencia a la naturaleza.
Así pasó el tiempo
que me habían asignado sobre la tierra.
Hasta otra.