“Esperar no me bastó; imaginé. Soñaba con nuestra reunión. Como un exigente director de cine, repetía la escena hasta el cansancio, para que fuera más triunfal y conmovedora. Muchos opinan que la inteligencia es un estorbo para la felicidad. El verdadero estorbo es la imaginación.”
Qué placeres puede degustar uno en un librito tan breve. Sabedor, o suspicaz, de lo que aquí iba a encontrar, me lancé a ello con la consistente seguridad de que en un tiempo pasado fui un imbécil: algunos relatos de Bioy Casares están a la altura de los de Borges, y a veces, no pocas, despuntan.
Bioy convierte en un muy buen relato, poco más puede hacerse, “Máscaras venecianas”, cuya idea y ambientación hubieran sido inanes en manos infortunadas. En “La sierva ajena” todo, repito, todo, me parece perfecto. La introducción, el misterio, el humor, los desenlaces. La mala baba, las referencias, los homenajes, la novedad. Lo que tiene de universal y lo que gasta de porteño. Un relato que es un disfrute y es un curso de orientación a la escritura. Un regocijo absoluto.