La idea de que otro individuo, o ente, ocupe nuestro cuerpo mientras uno está ocupando el del otro es algo innaturalmente incómodo: se siente como una violación de privacidad, un secuestro, por no mencionar la sensación de sentirse fuera de lugar, en un entorno desconocido, sin saber si la situación tendrá remedio. Usualmente la idea es presentada más ligeramente, en donde los dos involucrados son seres humanos, por lo que el factor de alienación disminuye un poco.
En este caso se trata de extraterrestres. Seres que existieron mucho tiempo atrás y que en nuestros días ya se extinguieron. Seres que ayudaban a mantener a raya a un mal que amenaza desde las sombras y que, ahora que ya no están estos guardianes, es sólo cuestión de tiempo.
Debo decir que no me gustó mucho esta historia. Al introducir alienígenas en la ecuación (algo que Lovecraft ya llevaba haciendo hace un tiempo atrás), los horrores narrativos se sienten menos como ‘cosas abominables que ni siquiera puedo imaginar’ y más como ‘bichos raros del espacio’. Gran parte de la historia la pasa el narrador explicando su vida en el otro cuerpo que ocupa y, al hacer eso, gran parte del aire de misterio se desvanece. Ahora los horrores no son cosas desconocidas que no podemos entender ni comprender, sino que sabemos bien claras sus motivaciones y hábitos. Además, pasan de tener una moral totalmente alienígena a tener la vieja conocida moral de blanco y negro, los buenos y los malos. Creo que August Derleth tiene buena parte de responsabilidad por hacer eso con el universo de Lovecraft (fue él quien publicó esta historia tras la muerte del autor), pero el mismo escritor tiene responsabilidad en el asunto. Después de todo, fue él quien escribió este cuento así como está.
Lo curioso es que otra historia vagamente similar de Lovecraft, En las montañas de la locura, el asunto se maneja mucho mejor a mi juicio, a pesar de que el concepto que sostiene las historias es similar. Quizás sea la ausencia de esa distinción clara entre el bien y el mal. No lo sé muy bien.
Respecto a lo bueno, el tercer acto del cuento opaca lo frustrante de los alienígenas. La descripción de las ruinas mientras las visita el protagonista logra mantener el suspenso y el aire macabro que un cuento de terror debería mantener. Siempre hay algo tétrico en ruinas abandonadas en lugares en donde no debería haber ninguna, con poca iluminación. La exploración recuerda mucho a la película “Alien”, en donde la tripulación del Sulaco investiga el planeta desde donde recibieron una transmisión misteriosa.