Este libro confirma algo que muchos intuyen: la vida, en realidad, se lleva en los bolsillos. Desde la billetera hasta las llaves de casa, pasando por servilletas olvidadas o una dirección escrita en un papel muy arrugado, los objetos que hay en los bolsillos tienen el poder de delatar incluso a los más reservados.
Un inventario personal y por lo tanto caprichoso en el que se suceden sorprendentes postales cotidianas –un auténtico gabinete de curiosidades– dedicadas a celebrar la vida privada de objetos comunes y corrientes que de tan cercanos se confunden con la propia biografía.
Mientras leo con cierta inconstancia una novela de más de 700 páginas, sigo leyendo libros breves.
Esta vez elegí uno de Gonzalo Maier (1981), escritor chileno que empecé a leer recién este año, casi por azar, y que ahora quiero leer todo lo que haya publicado y lo que siga publicando.
El libro de los bolsillos (2016) es un conjunto de 35 cuentos breves. También podríamos decir que estos relatos se cruzan con el ensayo y con la crónica. Son relatos breves e híbridos que tienen un hilo conductor: objetos que llevamos en los bolsillos o que podemos hallar en bolsillos.
La mayor parte de los relatos tiene como título el nombre de un objeto: peineta, remedios, condones, encendedor, espejo, llaves de casa, gameboy, walkman, entre otros.
El narrador ( o narradores, pero mí me parece que se trata siempre del mismo narrador ) nos cuenta alguna situación cotidiana, personal, anécdótica, donde, en algún momento, hará referencia a un objeto que saca del bolsillo. Las historias le dan un sentido o valoración personal, subjetiva a ese objeto que termina revelando también algo esencial del narrador protagonista.
A veces, los relatos revelan datos históricos o culturales de los objetos. Historias con referencias literarias, cinéfilas, artísticas, narradas con un tono melancólico, autobiográfico y existencial, no exento de una especie de humor e ironía bastante sutil y efectiva.
Escribe muy bien Gonzalo Maier. Con un estilo directo, fluido y exquisitamente literario, es capaz de iluminar y revelar la belleza y trascendencia de objetos que podemos tener ahi, dentro de un bolsillo, objetos que nos acompañan y seguirán acompañando en las buenas y en las malas.
"LISTA DE COMPRAS Al menos en holandés existe una palabra para la lista de compras: boodschappenlijst . En realidad es una palabra compuesta, pero tan corriente y extendida que vale como una sola. Y si toda palabra revela un mundo, este caso no es la excepción. Nosotros, los que atravesamos la vida en castellano, no tenemos una palabra para designar lo que se debe echar dentro del carro de supermercado y, quizá por ese motivo, salimos de compras sin listas bien ordenadas, ni agendas diseñadas especialmente para eso, algunas incluso con líneas y espacios en blanco para anotar los precios. En general, compramos y anotamos donde se pueda. A veces en una hoja robada de un cuaderno, en una agenda jubilada o en el reverso de cualquier boleta que amenace con terminar en la basura. Nuestras compras, en otras palabras, siempre serían un poco improvisadas. Aunque después de un tiempo y habituados al mismo supermercado, la lista gana complejidad y ambición. Supongo que, al igual que los vicios, es un asunto universal y todo comprador aficionado intenta escribir la lista según el orden de los pasillos. Primero la fruta, luego el pan, la leche, los yogures y de ese modo, hasta llegar a las compras compulsivas que uno hace frente a la caja. Lo ideal es ordenar la lista a la perfección, porque la falta de método acarrea problemas. O uno olvida lo que debe comprar o termina dando vueltas a tontas y a locas por los pasillos, tirando de ese carro metálico, para un lado (y luego para el otro), y así, después de varias vueltas, uno se convence de que en realidad no necesita la mantequilla solo por el tedio de tener que volver por quinta vez al pasillo de los lácteos. Pero la culpa no es nuestra, sino del castellano, pues resulta imposible tomarse en serio algo que no tiene nombre."
Tim O'Brien en Las Cosas Que Llevaban, recordaba que las posibilidades de sobrevivencia de un soldado, se basaban en las cosas que pudieran llevar consigo. Maier recuerda que los bolsillos son una herramienta de trabajo, el auxilio de las manos, instrumentos que nos permiten cargar cosas que nos permitan vivir la vida, nos ayuden o nos permitan reconstruir los datos más triviales del pasado. Por lo tanto, describir las cosas que habitan nuestros bolsillos, nos puede enseñar las distintas formas que revisten las esperanzas en que confiamos para sobrevivir al mundo.
Este libro no lo puedo clasificar como una novela, más bien me parece una especie de catálogo de objetos que llevamos en los bolsillos. Para mi fue efectivamente un libro de bolsillo porque lo leía mientras hacía viajes en micro o metro o mientras me daba una pausa en el día para tomar un café en algún rincón de Santiago. Otro punto a favor es que la edición por parte de Minúscula en su formato Micra me parece un completo acierto.
Tengo ganas de leer Material Rodante de Maier así que voy a ver si logro conseguirlo para el verano.