Hay veces que la forma en que está escrito un libro sobrepasa al fondo, a la trama principal de éste. Bulat, que por lo visto fue músico y poeta, creó una obra donde sobresale más el primero que el segundo.
La trama es casi lo de menos, de hecho, ésta cojea un poco en algunos momentos. Pero el autor ruso lo de escribió de una manera deliciosa. Mezcla distintos estilo, a veces es epistoral, otras veces se acerca al teatro (normalmente para hacer diálogos rápidos cargados de humor). Hay pocas descripciones pero suelen ser contener cierta poesía. Por ejemplo:
Cuando por fin la ya avanzada tarde se diluyó, consumió su reinado, agotó sus sones y trinos y, ocupando su lugar, inapelable, se aproximó la noche con su frescor y su rocío; cuando los pájaros, antes de entregarse al sueño, dejando de cantar y ya dormían y solo algún ocasional chillido dejaba aventurar que todo aquel mundo seguía sin embargo vivo, o un último ruiseñor, de pronto enloquecido, lanzaba sus trinos, tan intempestivos en el mes de julio, pero que, tal vez espantado, también enmudecía; cuando aun los lobos…
Lo mejor de la novela, sin duda, es que Bulat no suele escribir explícitamente que está pasando sino que da pistas al lector, que atento, debe de adivinar lo que pasa. El autor hace esto muy bien y en ocasiones me parece, si me dejan hacer la comparación, una película de Lubitsch.
Bulat se ríe de todo y todos. La ineptitud de los gobernantes, el (ex)siervo que quiere parecer noble usando sin sentido las tres únicas palabras que sabe de francés, la credulidad de los eslavófilos con la supuesta bondad del pueblo llano…
… No pidas promesas ni diamantes.
Huestes celestiales me guardan.
No duermas, vida mía, Dios te guarde…