Una novela de denuncia social inserta en hechos alucinantes, que da muestra de la capacidad de Ethel Krauze para renovarse en la permanencia de su profundidad y de su lirismo. Con un ritmo imparable, una baraja de técnicas literarias y un espíritu poético imbatible para acometer un tema tan candente como las desapariciones forzadas en México, Ethel Krauze da muestra en esta novela de su capacidad para renovarse en la permanencia de su profundidad y de su lirismo. Este libro no debió ser escrito. Pero las voces que lo componen se rebelaron, abriéndose paso en forma de correos electrónicos, mensajes en redes, diarios, cartas, murmullos... Voces que empiezan a emanar de los chillidos de los pájaros, de los cauces de los ríos y de las crecientes nervaduras de las plantas. Voces que se convierten en raíces, ramas, brazos, atrapando a todos. La primera en advertir el inicio de este drama es una profesora de español atenta al lenguaje de sus jóvenes alumnos, habituada a escuchar, dispuesta a descifrar los significados que, ahora, intenta negar: de la tierra surgen brotes de mandrágoras que no claudicarán. También habitan este país. No hay escapatoria. ¿Se ha vuelto loca? ¿O es el país el que está bocabajo? Adrián, uno de esos muchachos, está viviendo sus últimos minutos. Tiene las manos y los pies atados. No ve nada. Una bolsa de plástico le cubre la cabeza. Ya no se mueve. Su corazón aún batalla. Y Gilda es un pájaro que pasa bajo mis párpados rociando unas gotas de agua en las pestañas.
No me gustó. La autora no supo armar personajes porque todos suenan igual. Creo que hay un enorme descuido del lenguaje no sólo porque no es creíble la manera en la que hablan los jóvenes de esta novela, también por una excesiva "poetización" de la violencia. Creo que al autora tenía buenas intenciones, pero las ejecutó muy mal y creo que el editor/a, irresponsablemente, no se las hizo notar.
En efecto, este libro no debió ser escrito. Es una terrible -pero muy bien lograda- metáfora de la situación de nuestro país y de muchos otros. Duele más haberlo leído justo cuando las imágenes de mujeres desaparecidas y halladas sin vida atiborran los inicios de Facebook.
“—¿Que hemos puesto nosotros, todos nosotros, cada uno de nosotros, en la construcción de la realidad que tenemos?... —A veces no ponemos nada, y aún así nos pasan cosas que no queremos. —Siempre ponemos, Camelia. Algo. Mientras no lo sepamos, seguiremos repitiendo la misma historia.”
Este libro es un híbrido novela epistolar, y dentro del subgénero epistolar, en este libro hay cartas, correos electrónicos, hashtags, emisiones de radio, relatos, poemas, notas e incluso una voz en off de alguien que…
La narradora, una maestra escucha un sinfín de voces, es acechada muchas veces por esas voces que necesitan ser escuchadas. Todas esas voces que escucha y observa, que aparecen… Se vuelve un collage sinestésico, de voces narrativas. La maestra observa estas voces, la tocan, incluso entrelazan sus raíces en ella.
Y en esta hibridez kinestésica, en esta sinestesia que anestesia con astucia, nos damos cuenta que esto es más que un libro, es una denuncia y a la vez esos murmullos, esos lamentos, esas letras, se vuelven voces activas, voces que impregnan la propia piel. Un libro lleno de voces.
La mandrágora, pertenece al reino vegetal pero es un ser antropomórfico, ese cuerpo humano enterrado, esas raíces corpóreas, ese ser vivo que parece estar muerto.
“¿Cómo podría ser el mismo país, santuario de las mariposas Monarca, de huertos con flores amarillas y árboles rojos en pleno mes de mayo, surcado de fosas clandestinas y cabezas colgando de los puentes?”
El país de las mandrágoras me conmovió profundamente. No es una lectura sencilla: está escrita con una prosa poética que duele, pero también abraza. Ethel Krauze construye una narración fragmentada donde las voces de los desaparecidos parecen brotar de la tierra, como mandrágoras que reclaman ser escuchadas. Cada fragmento deja una huella, un eco. Es una novela que transforma el horror en poesía y nos recuerda que incluso en el silencio puede florecer la memoria.
Curiosamente tuve este libro por varios meses ya, desde agosto de 2016, un regalo, meses después a través es de un circulo de lectura leí el deshabitado de javier sicilia donde narra su desventura sobre la muerte de su hijo. Un par de meses después de leer el libro de Sicilia, me encuentro con este libro en mi estante, no tenia idea del tema y cual descubro que se trata igualmente de una narración en este caso fantástica en la estricta palabra, sobre la desaparición de un grupo de chicos, que al final son encontrados desmembrados y quien a parece como el hijo de Sicilia sin una aparente conexión con ningún grupo criminal, una historia como miles que hay en el país, lamentable enterarse de algo así en el país de uno es triste y da una rabia de la que no podemos hacer nada, estos casos se repiten sin parar por todo el país, no está solamente algunos estados, el país es un país de mandrágoras.
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