Me ha fascinado la renuncia a la experiencia en este libro. De alguna forma, es como si José Hierro no hubiera pisado nunca NY, como si sus calles fueran inútiles y de ellas solo quedara lo poetizable. De alguna manera, es la guía de viaje perfecta: señala los hitos y marca sus caminos, pero deja para el lector-visitante toda la vivencia. No hay nada que replicar, no hay persona que viva un evento y desde luego, no hay un "he-estado-aquí". Es anticontemporáneo en este sentido, sin resultar reaccionario. Es fotográfico solo en la congelación, pero elimina, como tal vez no lo puede hacer ningún otro arte, la relación del que narra con lo narrado. Un libro generoso, insatisfactorio e interesantísimo.
Cuaderno de Nueva York es una incalculable ofrenda a las largas veladas de juego y espejos, de vidas prestadas, de paralelismos e inspiración, donde mirarse uno y a los demás en la ciudad que se desvanece continuamente en la retina ajena; al tiempo que unos nos iniciamos en la mirada, otros envejecen al recordarla. Como una suerte de calidoscopio, de matrioska, de cuerdas simpáticas que resuenan en la cita y la influencia infinita, sus páginas viajan al vacío urbano de las cartas fílmicas que recibe Chantal Akerman en News from Home, pero también a la iniciación de un todavía imberbe Iván Zulueta, aquel niño pijo aún por vampirizar que puntúa películas en sus diarios mientras recorre la Gran Manzana en busca de sí mismo.
Sus reflejos cruzan la urgencia y la febril desesperanza de Shirley Clarke en Bridges Go Round y sintonizan los espacios de silencio y gravedad de Morton Feldman. Asoman la huella de Lorca y la ligereza eléctrica de Frank O’Hara, quizá también el poso de Juan Ramón Jiménez y su Diario de un poeta recién casado. También me interpela a mí mismo, viéndome bajar de nuevo las escaleras del Village Vanguard, e incluso el teatro sin espectadores de Jack Smith —el más definitorio de una generación, según Jonas Mekas— parece encontrar aquí su lugar: un mapa que arroja el laberinto de miradas hacia un cielo rasgado de nostalgias y benzedrina, donde resuena, indefinido, el eco de Nueva York en su propio mito.
Para poder empezar así se necesita un buen epitafio:
El clarinete suena ahora al otro lado del océano de los años. Varó en las playas tórridas de los algodonales. Allí murió muertes ajenas y vivió desamparos. Se sometió y sufrió, pero se rebeló. Por eso canta ahora, desesperanzado y futuro, con alarido de sirena de ambulancia o de coche de la policía. Suena hermoso y terrible.
Interesante ver la evolución del estilo poético si lo comparamos con "Poeta en Nueva York" de Lorca. A parte de la sección "Pecios de sombra", el resto del poemario despliega un estilo muy prosaico en el que destaco la sonoridad producida por el uso de la aliteración. Me sorprende lo poco que utiliza las imágenes que recurrentemente nos vienen a todos a la cabeza cuando pensamos en la cuidad de la gran manzana.
Hacía mucho tiempo que no leía un libro de poesía. Ha sido un inmenso placer reencontrarme con ella de la mano de José Hierro y su Cuaderno de Nueva York. Ha conseguido abrir la puerta a futuras lecturas que ojalá me hagan disfrutar tanto como esta.
El canto a una ciudad por la que no puede “llorar” mas que a través de aquello que en algún pasado lo hizo. El canto a su pasado y su vida, a europa y al tiempo.
Temas y metáfores un poco repetitivos, pero poemas verdaderamente destacables. Un rango de estilos envidiable.
It was ok, but not little disappointing from a so many times laureated author. The book has good, beautiful lines, like those: "Detrás de mí (y delante, en la escena melliza)/ pasa la caravana majestuosa de las nubes / Borran en el azul las figuras trazadas / con color y con sombra. Todo se vuelve / luminoso y resplandeciente, / pues nada ha sucedio, ni podrá suceder"; but it is not less true that there are some poems, specially those in the end, that are very bad.