Al interior de esta novela hay una sucesion de acontecimientos encadenados en la mas absoluta cotidianeidad: una pareja de turistas se pierde en Valparaiso antes del cambio de milenio y un solitario estudiante chileno en Nueva York intenta reconstruir su historia. El relato se extiende por uno y diez anos. Desde jovenes con poca ropa envueltos en sudarios de humo, pasando por fugaces estaciones del metro hacia planos generales de ciudades medievales en ruinas, el vidrio esta siempre ahi, como un filtro operando entre las nuevas y antiguas formas de la fantasia erotica del voyeur y del viajero. Este libro es un traslado. Un cruce entre bitacora de viaje y diario de invierno, donde futuro y pasado se baten por imponerse en flujo."
Lo leí en un día, entre las micros y el metro. Me dejó en un estado muy melancólico creativo. Lo terminé y me quedé viendo el paisaje. Saqué una libreta.
La primera vez que lo leí (diciembre del 2019) no enganché. Ahora, por segunda vez, lo terminé en una misma tarde. Confirmo la teoría de que cada libro tiene su propio tiempo y que no hay que forzar la lectura.
Es una novela progresiva con una narrativa bastante descriptiva basada en la bitácora de viaje de una pareja francesa que turistea por Valpo, y de un estudiante chileno (Juan) en NYC que intenta reconstruir la historia.
No me gustó mucho el personaje ni los diálogos de Juan en NYC. No me conecté con él y lo sentí lejos. En cambio, Aurelien y Maxime, junto con todo su mundo de pensamientos, erotismo y ambiente, me cautivó.
Recomiendo el libro porque a mí me hizo conectar con la melancolía del amor, pasear por Valparaíso y la soledad de vivir en el extranjero y visitar bibliotecas.
A ratos me gustó mucho, a ratos me dio lo mismo, pero gana lo primero. Me gustó mucho la melancolía que tiene el libro, que la voz narrativa sea alguien que está solo que cuenta como un amor, que no tiene nada que ver con él, se desarma. Sentí que entraba en una narrativa flexible, algo así como la versión adulta de esos libros que una leía cuando chica y que te dejaban escoger el curso de la historia. Acá es el ejercicio de pensar que podría haber pasado, algo que al menos yo, hago todo el tiempo. Cuando me dio lo mismo era porque lo encontraba un poco pegado y latero.
Me pareció muy bellamente escrito. La prosa poética y las imágenes construidas articulan una lectura intensa, rápida y muy afectiva. Sin embargo, la idea del encuentro entre dos temporalidades y dos narraciones no termina de cuajar. El narrador de New York apenas desarrolla una historia propia. Básicamente, se concentra en reflexionar sobre el rol de la literatura, el valor de lo incompleto y otros asuntos meta-literarios. Me cuestioné la necesidad de esa otra historia y la forma de esa narración. Sin restar el evidente valor estético de dicha voz, ¿acaso no era reemplazable, por ejemplo, por un omnisciente incógnito? o ¿habría sido igual de potente si se narraba desde una tercera persona? Es muy interesante, no obstante, que las emociones y sensaciones del relator, ubicado en el presente, comenzaran a incidir en la recepción de la bitácora que fue escrita en el pasado. Por su potencia discursiva y estética, me pareció un punto muy relevante. Extrañé ver más de ese gesto.
La forma en que la historia del narrador se entremezcla con la bitácora de viaje que encuentra esta muy bien ejecutada. La escritura en prosa en forma de novela es un ejercicio muy interesante y refrescante. Se lee muy rápido pero a la vez da para leer y releer pasajes para poder ahondar en los significados. Quede con ganas de incursionar en sus otros escritos. Una forma bella de retratar la soledad y el desamor.
A pesar de que reconozco el buen libro que es, no es mi estilo por lo fragmentada que es la escritura. Creo que se sale mucho de lo tradicional y no estoy en mis cabales para tanta fragmentación, además tanto silencio me trajo mucha angustia (que entiendo, también es el propósito de la autora). Lo recomiendo para lectoras más rebeldes que yo.
Me gustó mucho más de lo que pensé que me iba a gustar pero aún así no me encantó. Es un libro que leería cuando estuviera triste solo para hacer más tristeza más aguda
Sentí una especie de amor/odio con este libro. Me costó un mundo avanzarlo porque no entendía nada al principio, pero de la mitad para adelante fue todo más "claro" y atrapante. Pongo las comillas porque no deja de ser una novela media experimental y poética. En la breve extensión que tiene alcancé a encariñarme con los personajes y a qué la trama y la escritura movieran algo dentro de mí.
Impactado: la primera vez que leí el libro no había escrito una reseña. ¿Por qué no hice eso? Quiero pensar que fue porque no sabía qué decir, me había gustado mucho, es uno de mis libros favoritos. Ahora volví porque no sé donde leí que alguien leía sus libros favoritos una vez al año. Yo volví al libro porque tiene algo mío allá adentro, no sé qué. Me gusta muchísimo su escritura, me parece maravillosa. Su atmósfera, el juego entre lo que se dice y lo que no, esos franceses, Valparaíso, Nueva York. Las líneas, la mera conjunción de palabras. Las descripciones de la nieve que es algo de lo que me gustaría escribir. Casi no importa de lo que trata, el libro dice: una historia sobre los bordes, una historia sobre los finales, una historia sobre los pronósticos. Es, te prometo, su escritura. Cierta delicadeza. Es un libro que envidio mucho, que no puedo explicar y reseñar bien, que ojalá fuera privado, que ojalá yo hubiera escrito. Un libro que, por cierto, ya no existe (como el pasado), porque Juan José cambió y no existe como tal. Las olas, casi una metáfora de su identidad.
"Los finales nos abandonan a nuestra suerte, anotó Juan. / Y luego, entre paréntesis: como si la suerte existiera" Con un ritmo vertiginoso, la primera novela de Ariel Florencia Richards sucede alternativamente dos (o tres) historias entrelazadas: la de una pareja de franceses que viajan a Valparaíso a celebrar el fin del milenio; la de Juan en Nueva York que encuentra la bitácora de los franceses; y la de la narradora que cuenta su relación con Juan desde lo literario y su identidad. El tono amargo, melancólico, se cuela entre la recurrencia a horóscopos, meteorólogos, mapas, las propias Valparaíso y Nueva York. La búsqueda de un final (o algo que llene ese vacío impredecible) genera un espacio poético muy disfrutable. La olas, al decir de Richards, "nunca conocen final".
A través de Juan en Nueva York, y un libro inconcluso, el autor mide distancias: espaciales, dimensionales, psicológicas, con otros personajes, otras ciudades y otras sensaciones. Una marea poética y sustancial que sube y baja aunque las olas siempre sean las mismas.
El libro está impregnado de ese agote de lo que pasa antes de lo que (no) se espera que ocurra y que puede llegar o no. Para reflexionar sobre la soledad estando solo o en pareja. Muy intenso.
Melancolía, intimidad, soledad. Esta pequeña novela abarca el final de una relación entre dos hombres que, claramente, está abocada a un final existencial que ninguno de los dos quiere asumir, sin atreverse a dar ese primer paso que supone una ruptura total, paliándola con caminatas y excursiones que, en su realidad, no van a ninguna parte. La relación de estas dos personas se descubre gracias a Juan, quien descubre a los dos hombres por medio de su bitácora, de su diario de un viaje. Siendo Juan quien les escribe un desenlace, al estar la bitácora inacabada.
Es una novela que te hace reflexionar sobre las relaciones y sobre la soledad, incluso cuando estás acompañado. Además, la edición cuenta con un prólogo hermoso de la propia escritora, en el que habla sobre sus propias experiencias y sobre la vida.
Lectura corta totalmente recomendada
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“Me cuesta enfrentar ciertas cosas, principalmente por miedo al rechazo, así que en vez de decir lo que siento en una conversación presencial, generalmente recurro a la escritura.”
La historia de máxime y aurelien logran provocar una sensación de melancolía, mezclada con soledad; es fácil identificarse con la historia y lo difícil de los finales.
hay pasajes que me gustaron mucho, como cuando habla de los cuentos mal compaginados o de las narraciones interrumpidas hay pasajes que me dieron nostalgia, como las historias que acaban sin final
Te muestra una manera diferente de contra una historia. Propone al lector ir revisando un diario de viaje, junto a uno de los personajes. Dos historias que se entrecruzan desde rincones del mundo distintos; Nueva York y Valparaíso. Es una lectura para habitar la nostalgia.
Me gustó mucho pero habían ciertos fragmentos que me desconectaban completamente del libro y era como volver a la realidad muy de golpe para mí, y es lo que ha hecho que le dé 4 de 5 estrellas.
Simplemente excepcional la narrativa de esta obra. Hace mucho tiempo que no leía un historia que estuviera tan bien escrita, con quiebres temporales, narrativos y con una prosa simbólica y poética. Por otro lado, es un relato íntimo y silencioso. Retrata aristas tan temidas en una relación de pareja como la distancia emocional y a veces física entre ambas personas. Los finales, las rupturas, que vienen a ponerlo todo en jaque y que a su vez puede ser una liberación hacia una oportunidad. El autoconocimiento, la reflexión, la introspección trenzada con una historia que tiene tres personajes protagónicos que parecen uno solo. Los tres divagan por el espacio físico y psíquico, la escritura como testigo. “Las olas son las mismas” nos recuerda que los procesos son transformaciones constantes, aunque no queramos.
Juan encuentra un diario de viaje de la última noche antes del cambio de milenio de una pareja francesa en la ciudad más hermosa del mundo, Valparaíso: Maxime & Aurelien. Juan está en una pasantía para poder escribir en Nueva York 16 años después de lo escrito. Pero el diario se interrumpe justo horas antes del cambio de hora: ¿qué habrá pasado? ¿debemos intentar armar esas últimas horas? Las olas del Pacífico son las mismas que las del Atlántico.