La imprevisible aventura de escribir una novela, de cómo hacerlo sin traicionarse demasiado, de cómo situarse ante la espinosa tarea de convertir la realidad, o si se prefiere la realidad emocional, o la realidad accesible, en el fondo siempre inaprensible e irreductible, en palabras concretas, en signos cuyo valor viene definido de antemano para que pueda ser desencriptado por terceros; de cómo esa novela funciona en las mentes de quien la escribe y de quien la recibe, el proceso irracional por el que una ficción acaba entrelazándose con la realidad más apremiante sin que ninguna de las dos ―ficción y realidad― desentone demasiado o acabe descubriéndose falsa; la necesidad que todavía hoy nos persigue de contarnos lo que nos sucede todos los días, lo que ya sabemos aunque no seamos conscientes, lo que ignoramos aunque lo vivamos a diario; el valor imprescindible de la mentira como la representación más pura de la verdad… Cualquiera de estas proposiciones podría ser, acaso, alguno de los ejes sobre los que se sustenta la magnífica “El cielo de Lima”, novela de Juan Gómez Bárcena publicada originariamente en 2014 (y reconocida con el Premio Ojo Crítico) y que en 2023 ha sido reeditada por Seix Barral. Todo dependerá, imagino, de los estímulos que cada lector encuentre en la lectura para dejarse arrastrar por el exuberante bosque de palabras con que el escritor cántabro construye la historia, para descodificar de una manera u otra el sentido que alberga, convirtiendo el mero acto de leer en uno de los placeres más extenuantes y gozosos que puedan existir, al menos para quienes amamos la literatura.
“El cielo de Lima” parte de un hecho real: la llamémosle broma ―aunque en origen no lo fuera― que dos poetas peruanos quisieron gastar a Juan Ramón Jiménez haciéndose pasar por una joven interesada en su obra, con la que el poeta mantendría una sustanciosa relación epistolar y que incluso inspiraría uno de sus poemas. Pero más allá de eso, que en el fondo no deja de ser la excusa que da origen a todo lo demás, la novela bucea constantemente en la búsqueda perpetua que los dos jóvenes y frustrados poetas limeños inician para encontrar el tono adecuado, la palabra precisa o la imagen más apropiada para que esa ficción se erija no solo en un referente verosímil para Juan Ramón, sino sobre todo para ellos mismos.
A estas alturas, con novelas como “Kanadá”, “Ni siquiera los muertos” o “Lo demás es aire” a sus espaldas, es innecesario destacar la extraordinaria calidad de la prosa de Gómez Bárcena, el perfecto manejo del idioma del que hace gala siempre y la exquisita contención narrativa que impregna cada uno sus párrafos, lo cual lo sitúa sin la menor duda en la cúspide literaria nacional (sea cual sea el volumen que se le quiera dar a esa cúspide). Pero además de eso, “El cielo de Lima” está escrita con un notable sentido del humor, producto de una mirada que aguijonea con tiento (mirada que entremezcla ternura, ironía, caricatura, impostura y también cierto punto de crueldad, de otro modo no sería humana) en la nunca asumida fragilidad de los personajes, subrayando esa parte cómica, por no decir patética, que nunca deja de acompañarnos a lo largo de la vida.
“Aquel cajón de tesoros es la envidia de su círculo de amigos. Aunque llamarlos amigos, llamarlos incluso círculo, tal vez sea exagerar. No son amigos, porque antes que amigos son poetas; una profesión donde las buenas intenciones escasean tanto como los buenos poemas”.
En ese sentido, como sucede con las grandes novelas, podría decirse que “El cielo de Lima” habla de todo, que no se circunscribe a una idea concreta, porque más allá de las peripecias de sus dos protagonistas, Carlos y José, pulula por sus páginas un magnífico elenco de secundarios (podría decirse que son los secundarios los verdaderos protagonistas del libro, no tomados uno a uno, sino en su conjunto) que condicionan y determinan incluso la forma, las hechuras de esa novela indeterminada y volátil que se va construyendo poco a poco en la medida en que sus vidas se entrecruzan y sus ansias, sus deseos, sus temores y sus sueños se retroalimentan, inmersos en el propósito de alcanzar algo que probablemente ninguno de ellos sepa con seguridad qué es ni para qué lo pretenden.
“El cielo de Lima” es de esos libros de los que me cuesta horrores escribir un comentario, porque por mucho empeño que ponga en ello nunca pasaré de pergeñar una torpe reducción (ni siquiera un resumen) de todos los hallazgos que contiene la novela. Gómez Bárcena es un escritor concienzudo y brillante, que sabe que su mundo es la palabra, y con ella el universo de percepciones y afectos a que puede dar lugar, y que desde luego no se agota en la lectura como tal (ni siquiera en la relectura). Por ello solo puedo invitar a quien guste de una literatura que se cuestiona y se interroga a sí misma a adentrarse en esta estupenda novela y, si todavía no lo ha leído, a penetrar en el universo literario de Juan Gómez Bárcena, una de las voces más destacables de la narrativa española actual.