UN FRAGMENTO DE VIDA (1906) del autor galés Arthur Machen es una nouvelle de corte fantástico cuya historia se enfoca en la vida de un prudente matrimonio londinense, los Darnell, cuyo marido, Edward, trabaja en la City ejerciendo un puesto administrativo, y su mujer, Mary, pese a realizar tareas del hogar, también goza de unas rentas que había heredado e invertido en hipotecas. Por lo tanto y como lo plantea el autor se trata de un joven matrimonio sin hijos cuya vida en el aspecto social transcurre entre problemáticas corrientes como cambiarse la cocina (cap. I); conflictos con la chica del servicio Alice (cap. II); o el posible traslado de la tía Marian a su casa, debido a las supuestas infidelidades del tío Nixon (cap. III).
Vista así la historia cabría preguntarse dónde se halla el elemento fantástico. Pues bien Machen irá lentamente ofreciéndonos una serie de pasajes evocadores y extraños entreverados a lo cotidiano, pasajes de corte onírico y llenos de claroscuros, y que suceden siempre que la narración se focaliza en Edward. Por ejemplo, desde el inicio vamos a toparnos con umbrales de lo fantástico que no se resolverán hasta el capítulo cuarto: «En el momento de despertar, Edward Darnell estaba soñando con un bosque arcaico y un límpido manantial que se alzaba en nieblas y vapores bajo un calor que volvía trémulo el paisaje; y, al abrir los ojos, vio que la habitación estaba inundada de sol y que la luz centelleaba en los muebles nuevos recién barnizados» (p. 1).
Estas marcas o señales que advierten de 'algo más' se irán apareciendo a lo largo de los tres primeros capítulos por medio de recuerdos, duermevelas, sensaciones percibidas por largos paseos que invitan a soñar despierto; porque queda claro que Edward tiende a romper la cotidianidad de sus problemas 'reales' por medio de una suerte de evasiones donde la percepción espacio-temporal se diluye, y muy especialmente a partir de la irrupción de un objeto en particular: un libro que perteneció a su padre lleno de extrañas descripciones y latines, y que lo animarán junto con otras reliquias familiares a seguir investigando sobre su pasado, porque ahí está la clave del porqué de esas extrañas sensaciones en los vagabundeos y sus sueños agrestes.
El narrador por otro lado en ningún momento se muestra neutral, y se encarga de hacernos ver que la vida de Edward en su reglada cotidianidad es «un mundo gris y fantasmal, análogo a la muerte, que de algún modo ha conseguido que le llamemos vida la mayoría de nosotros» (p. 53); o «Así seguía Darnell un día tras otro, tomando por la muerte por vida, la locura por cordura y a fantasmas vagos y errabundos por seres reales» (p. 54).
Destacaríamos de los tres primeros capítulos el largo relato confesional que hace el protagonista a su mujer; relato donde da cuenta de sus errabundeos secretos impelidos por la esfera de una trascedendente y luminosa contemplación (pp. 67-84). Veamos algunos fragmentos:
«Durante unos instantes sentí que aquel mísero callejón era bellísimo y que las voces de los niños y los hombres de la taberna armonizaban con el del cielo y formaban parte de él […], como si la calle fuera de terciopelo o tuviera una alfombra suavísima. Y entonces (supongo serían fantasías mías ) pareció como si el aire se hubiera perfumado, como si oliera a incienso, y la respiración se me volvió anhelante, como cuando está uno excitado por algo» (p. 69).
«Me parecía como si yo ya no fuese el hombre de iba a la City todas las mañanas y regresaba por las tardes después de haber escrito un montón de cartas aburridísimas. Era como si, de pronto, me hubieran metido de un empujón en otro mundo» (p. 71).
«Aquella mañana yo las veía como iluminadas por una luz nueva, como si llevara puestas las gafas mágicas del cuento. Y, justo como el personaje del cuento, yo seguí avanzando y adentrándome en esa nueva luz» (p. 77).
Aunque no será hasta el capítulo cuarto cuando descubramos el secreto familiar, un secreto que se remontará hasta la época romana; años donde el primitivo cristianismo y el declinante paganismo galés se entremezclarían aún, y donde el mundo resultaba como «una inmensa ceremonia, un inmenso sacramento que muestra, en formas visibles, una doctrina oculta y trascendente» (p. 145).
Sin querer desvelar mucho más, Machen con esta obra viene a vindicar el conocimiento por medio de la contemplación, de lo espiritual frente a aquellos que prefieren estudiar libros científicos y manipular tubos de ensayo para explicar los misterios de la vida, esos que para ellos suceden si ningún propósito. Es decir, Machen se posiciona en una tesis espiritualista y trascendental que confronta con el cientifismo imperante. De hecho si no fuera por los últimos pasajes donde sí se traspasa claramente el umbral de lo fantástico para relatar hechos relacionados con la magia, y que «parecen adquirir la semblanza de los relatos del Grial» (pp. 114-115), ni siquiera cabría catalogar a la obra de tal, sino tal vez de filosófica o estética.
En conclusión estamos, en nuestra opinión, con una obra hermosa donde lo cotidiano es confrontado y superpuesto a 'lo Otro' y viceversa; donde una atmósfera de ancestrales fuerzas elementales se va desenvolviendo poco a poco entre la tracería del quehacer corriente.
Como único hándicap, cabría advertir que por el ritmo lento en el desarrollo de los acontecimientos fantásticos, notamos cierta falta de tensión narrativa; quizá el argumento hubiera funcionado mejor eliminando o resumiendo algún capítulo para acercarlo al género del cuento, y por ello no recomendaríamos UN FRAGMENTO DE VIDA a aquellos que gusten realizar lecturas rápidas sin detenerse a profundizar en sus entresijos; porque esta nouvelle nos invita a ser cautelosos, a releer incluso ciertas partes para exprimir notablemente su poética, y, en definitiva, para aprender como hiciera Edward, a observar nuestro entorno con esas «gafas mágicas» que nos transportan de lo ordinario hasta aquella esfera luminosa de la contemplación; desde el agujero espiritual que deja la ciencia a lo maravilloso y oculto que no necesita de mayor explicación que la de sentirlo vivamente.
Porque al final el escribiente de la City Edward Darnell -trasunto del propio Arthur Machen-, nos revela que «el hombre es un misterio hecho para misterios y visiones» (p. 124).