Da gusto leer a Mishima: su prosa, al menos en este libro, que constituye mi único acercamiento a su obra, resulta ser interesante. En su escritura, se dibuja el trazo de alguien preciso, matizado, al que la pluma le resulta más un bisturí que cualquier otro ornamento de corte más contundente. En el uso que Mishima da al lenguaje, las palabras quedan "marcadas" por cierta sencillez, tal vez una visceralidad bastante ascéptica, que me resulta bestial y pocas veces he visto en literatura. En este momento, recuerdo mi anterior acercamiento a la literatura japonesa- de la que, reconozco, quisiera conocer mucho más-, y tengo en mente a Ryu Murakami de "Azul casi transparente", ligero en sus palabras, escatalógico y oscuro en sus imágenes, de una sensibilidad cercana al realismo sucio norteamericano, puede que un Carver de juerga con Welsh, alucinado, reflexivo, impertérrito ante el dolor y la angustia que se ciñe al paisaje. En Mishima, capaz, se logra ver la sensibilidad de un hombre tranquilo ante el cambio cultural: si bien logra percibirse cierto espíritu conservador en su obra, la manera en que se narra dicho intercambio (en el que Taeko, la protagonista, viene siendo aquella persona dotada por la fortuna, perteneciente al viejo Japón feudal por su abolengo aristócrata, a la vez que, con la caída de dichos valores, su trabajo y formación le permiten adaptarse fácilmente al ideal de vida occidental) es ascéptico, casi fabulario; por el contrario, Murakami se asombra ante esto, a la manera del muchacho de 17 años que desafía a sus padres: grita, ríe, reniega de lo viejo por el mero hecho de serlo, pero, tras la cortina de humo de la bondad de los nuevos ideales, se asombra y tiembla: sabe que no hay consuelo, que el futuro, en este caso, sigue siendo ninguno.
Quisiera resaltar un par de aspectos interesantes en la novela. El personaje de Senkitchi, por un lado, parece constituir la personificación de la "transición" cultural: sus valores vienen siendo los de la "pureza", la valentía y la apuesta por el honor (al menos en buena parte de la novela); aunque también suele vestir, escuchar y expresarse como un joven de dicha época, fascinado por la cultura estadounidense (esto, en buena medida, se debe a la influencia de Taeko). Sin embargo, capaz sea su trato desapasionado el que termina por demostrar que, en realidad, su visión de mundo es algo meramente aparente e hipócrita, como se revela hacía el final de la obra: ya dirá Senkitchi que "por muy innoble que fuera cualquier acto que cometiera, si no ponía pasión en ella, nunca iría contra la moral" (Pág.306). Por otro lado, se encuentra el personaje de Taeko, hija de "ambos mundos": criada en una familia noble, conocedora además de las tradiciones y normas de vida occidentales, aquella creerá tener en su posesión la habilidad para camuflarse y sacar las mejores alternativas del entorno mutable en el que habita. Empero, sus principios no dejan de ser de una frivolidad risible: en vez de un criterio moral, aquella se guía por un ideal estético, pilar de sus acciones. En un apartado del texto, el narrador omnisciente menciona a propósito de Taeko lo siguiente: "pero no era menos que la imagen de la vulgaridad asociada al bien representaba para Taeko una idea del todo inconcebible. Cuando la persona era vulgar, se convertía en algo no bueno" (Pág. 196). Cabe resaltar que, para la protagonista de la novela, lo bueno suele asociarse a cierta idea de la virilidad nipona (arquetipo de la belleza, en contraposición a la ligereza y banalidad de la nívea piel occidental) que, a su vez, se encuentra enmarcado en cierta idea caricaturesca de la "liberalidad" occidental. Dicho de otro modo, de lo japonés se conserva la carne, y el espíritu es de corte eminentemente occidental (o bueno, al menos su caricatura).
Este es el primer acto, la puesta en escena de los personajes. Sin embargo, ya pronto surgirá otra idea: la de la juventud, y el afán de la "mujer adulta" por poseerla. En este caso, Senkitchi verá su vida deambular entre su hipócrita e instrumental visión del mundo, que bien podría traducirse en un "actúa de tal modo que logres vivir como un rico", siendo que la riqueza termina por ser la medida del éxito, y su belleza, factor primordial en la consecución de dicho objetivo. Creo que aquí logra camuflarse bastante los ideales conservadores de Mishima: detrás de la frivolidad del protagonista, está la idea de un joven hijo del cambio, en medio de dos mundos de los que sólo quiere salir bien librado. Entre la idea de la nobleza como criterio de virtud y la riqueza como cénit del éxito, se encuentra una nerviosa y oscilante juventud japonesa. Tras esto, se encuentra la sabiduría de aquella que ya conoce el final de la historia, pues su vida ha sido aquella marcada por la estrella de la fortuna: no hay nada más que frivolidad, hasta el punto en que la vida no es más que una mascarada en la que la gente muda de ropa y ríe y llora esperando que la noche brinde consuelo.
Sin más, quedo a la espera de leer nuevamente a Mishima. Su prosa me ha parecido lejana y fascinante. Dada la manera un poco artificiosa en que termina el relato (la explicitud de sus intenciones y demás, la desnudez pesada y rimbombante de sus personajes), decidí calificar esto con un 3 en vez del 4 que originalmente tenía pensado.