Ayer noche acabé de leer esta serie en un arreón final durante el que no podía parar de pasar páginas y no puedo sino admirarme de la troleada a la que me ha sometido Shuzo Oshimi, que ha hecho cuestionarme mi gusto, mi razonamiento y hasta mi cordura... Bueno, el caso es que me acerqué a este tebeo porque me ha molado bastante el arranque última serie de Oshimi, "A Trail of Blood", y se supone que esta "Las flores del mal" es su mejor obra, una escabrosa historia de suspense psicológico de poner los pelos de punta.
Aunque, la verdad, no es para tanto. Al principio se trata de la típica historia de angustia adolescente pasada de rosca que tiene lugar en un pueblo o pequeña ciudad del Japón, dos rebeldes sin causa en el turbulento entorno de un instituto nipón; Nakagawa, la outsider de la clase, rechazada por sus compañeros, solitaria, hastiada y un poco bicho, y un pringao, Kasuga, el típico rarito aficionado a la lectura que, asfixiado por un entorno de estrechos horizontes, desprecia a sus compañeros de los que se siente alienado. Un tipo narcisista, reprimido y cegado por ilusiones de amor platónico por su compañera, Saeki (el tercer vértice de un triángulo amoroso un tanto perturbado) a la que tiene idealizada, aunque son las corrientes subterráneas del deseo y la lujuria las que realmente le mueven. Yo he de reconocer que soy un señor ya mayor y debido a mi avanzada edad, estas cosas de la angustia adolescente me cuestan un poco, me suele pasar que cuando estoy ante este tipo de historias de chavales que no saben ni por dónde les da el aire, un grito de angustia existencial surge de mi interior, luchando por abrirse paso; NIÑO!!! TE RAPABA AL CERO Y TE PONÍA A CAVAR ZANJAS!!!!
Además, aparte de mis prejuicios y de ciertas expectativas frustradas (afirmar que este tebeo pone los pelos de punta da poco menos que risa), el primer arco argumental de siete volúmenes no carece de problemas. En concreto tres; a) la trama da demasiadas vueltas para lo que cuenta (incluso para los estándares japoneses), b) Kusagi, el protagonista, es un memo motoserrable; en parte el personaje está construido así a propósito, para ser un cretino (aunque eso no se descubre hasta el segundo arco), pero en parte se fuerza su comportamiento de ser unicelular porque eso es lo que pide el desarrollo argumental. Y c), para rematar, Oshimi se ve en la innecesaria necesidad de que de vez en cuando los personajes verbalicen a voces sus motivaciones y conflictos, un recurso que resulta forzadísimo.
El caso es que he de reconocer que, a pesar de todo, me estaba leyendo el tebeo como el que come pipas, aunque a la altura del tomo 5 y 6 reconozco que flaqueé un poquito. Las vicisitudes de la amistad entre Kasugi y Nakamura me recordaban a las de las protagonistas de "Criaturas celestiales", de Peter Jackson pero en menos lírico y algo más confuso y tontorrón. En ambas obras, los personajes, deseando huir de un mundo de horizontes limitados a través de la belleza, el arte o el amor, acaban atraídos por lo perverso hasta que no encuentran otra salida que la muerte. Pero en el caso de "Las flores del mal", las acciones de los protagonistas son cosas como vandalizar su aula, robar bragas y dirigirse de forma grosera a las figuras de autoridad... Más interesante es la evolución de Saeki, también atraída por lo perverso para huir de una vida estrictamente reglada, pero de forma más oblicua y mezquina. Pero hete aquí que cuando ya pensaba seriamente en abandonar, a la mitad del tomo siete este primer arco argumental llega a su clímax y la narración pivota en la dirección que Oshimi había planeado durante todo este tiempo; la historia de rebeldía adolescente se convierte en el relato de llegada a la madurez de Kasugi, que una vez superada de forma traumática el estéril bucle que mantenía con Nakagawa, pasa a aprender de sus experiencias, sus propios errores, y, aferrándose a lo más valioso de su pasado, el amor por los libros, es capaz de madurar, compartir y encontrar el amor como un verdadero adulto en un ascendente tramo final que se remata de forma brillantísima en el último tomo, de tal manera que aún no me he recuperado de la cara de tonto que me ha dejado Oshimi, obligándome a reevaluar lo que había leído hasta entonces (aunque no me bajo de la burra, al primer arco argumental le sobran uno o dos tomos como mínimo...).
Además, el dibujo de estos tres o cuatro últimos volúmenes evoluciona de forma espectacular hacia una narrativa que sólo se me ocurre calificar de contemplativa, reveladora del proceso de aprendizaje de Kusagi, de su paisaje interior una vez ha logrado reconducir su vida y ha tomado la resolución de resolver el conflicto con el pasado para afrontar el futuro. También me gusta mucho como se emplea la relación del protagonista con los libros, y en concreto con su homónimo, "Las flores del mal" de Baudelaire, que toma diferentes significados según aparece en el relato, subrayando el subtexto de este arco final, cómo un reencuentro con el poemario le sirve a Kasugi para reflexionar sobre su yo adolescente con otra mirada. Es más, incluso si entramos en lo metaliterario el propio manga también podría funcionar de esta manera, como una especie de test del tiempo. Imagino lo diferente que ha de ser encontrarse este "Las flores del mal" con dieciséis o con cuarenta años. Hubiera molado haber podido leer este manga en mi adolescencia y, ahora, pasados los años, volver a revisitarlo todo, lectura y experiencias, para descubrir no sólo que hay de verdadero en él, sino quien era y donde estaba entonces, lo que he cambiado y a dónde he llegado. Qué experimento tan fascinante hubiera sido.