Un libro rarísimo sobre Leopold von Sacher-Masoch. Las voces de Pascal Quignard me parecen siempre extraordinarias, sobre todo por la incandescencia que logra en sus ensayos. Su formación en literaturas clásicas junto con una comprensión inusual de la teoría francesa, esa mezcla inestable de filosofía crítica posestructuralista, psicoanálisis francés, nueva izquierda medio maoísta, crítica literaria medio luckacsiana y estética hegeliana de una autoconciencia encandilada cristalizan en mi opinión en una prosa de una lucidez única. Este ensayo en particular creo que pone en problemas al ensayo de Gilles Deleuze sobre von Sacher-Masoch. De hecho, la discusión es explícita. Quignard me parece que fundamentó mejor que Deleuze sus intuiciones sobre el decadente austríaco del que la psicopatología derivó el concepto de masoquismo. Sin embargo, ambos coinciden en que el par sadismo-masoquismo etiquetado así por el Marqués de Sade y por Leopold von Sacher-Masoch, respectivamente, no es feliz. Pareciera que esos comportamientos que Krafft-Ebbing describió en su Psicopatía Sexual (1886) responden a estructuras completamente distintas y no a extremos opuestos de un mismo gradiente. La novedad que propone Quignard en este ensayo (1969) se centra en el concepto difuso de balbuceo. Quignard sostiene que el ser del balbuceo que se deja escuchar en la voz de von Sacher-Masoch se explica por su ubicación dinámica en intersticios del lenguaje cargados de una autenticidad inusual cercana al silencio, a la música, a la muerte. Personalmente, creo que esos intersticios son el registro de la poesía, por ejemplo de Trakl, de Rilke, de Novalis, del neoromanticismo alemán en general. Se nota el esfuerzo desgarrador de Quignard por arrojar luz sobre tales intersticios inasibles (de los que también habló, aunque en otro registro, Peter Handke: Ich lebe nur von den Zwischenräumen). Creo que su propia subjetividad se encuentra comprometida por el fervor con que trata estos temas tan radicales. Recurre tanto a la vía negativa -decir qué cosa no es el balbuceo- como a la vía positiva -decir a qué se parece, a qué se aproxima el balbuceo-. En una analogía sintáctica, sugiere Quignard que el balbuceo es al ser como los puntos suspensivos son al texto (opino que la película Puntos Suspensivos de Edgardo Cozarinsky -película sin título en realidad- apunta al mismo significado). Un mensaje incierto, una laguna, un vacío, una invitación a la inferencia del lector, una deriva que fuga hacia la muerte, la nada incrustada en el ser. Pareciera que el balbuceo es algo primitivo pero a la vez avanzado, de hecho insuperable en su desarrollo, por lo tanto pleno. No es el farfullar de Barthes. Creo que Quignard se representa el balbuceo de manera similar a la jerga de la autenticidad de Heidegger, al fondo último del que emerge la poesía, a una especie de aljibe que cala hondo en lo más profundo del infierno. Las voces que nacen allí en lo profundo y no mueren por las limitaciones de una lengua, a pesar de venir heridas de muerte. Esas voces son balbuceo, si resulta que no entendí todo mal. Pienso que esta apología de la voz de von Sacher-Masoch puede ser entendida en sentido amplio como una genealogía de la voz poética. Creo que esta visión es genial por un lado, pero objetable por otro lado. Quignard argumenta que los rasgos típicos del masoquismo -la humillación, el dolor, la degradación, el registro sexual del sometimiento, el asedio teatralizado de la muerte- son mejores descriptores de Schopenhauer que de von Sacher-Masoch. De hecho, afirma Quignard que no describen para nada la voz de von Sacher-Masoch. Creo que tiene razón Quignard, es genial el cruce. Por otro lado, lo objetable me parece que viene de un exceso, de un desborde erudito. Pienso que esta visión es posiblemente una nueva ficción, un personaje forjado a partir de la mezcla de literaturas clásicas con filosofía francesa de la segunda mitad del siglo XX. Me parece que esta desmesura de Quignard se relaciona con la sobreabundancia de las Humanidades cuando se omiten de plano las Ciencias en el sentido moderno. Si el balbuceo es esa voz fantasmal, escurridiza, pero ontológicamente superior, es posible que, por ejemplo, las neurociencias puedan aportar algo. Si el cerebro del masoquista -o enfermo de schopenhauerismo sexual- genera patrones eléctricos diferentes que el cerebro no masoquista, quizás convendría que las interpretaciones ensayísticas tomen nota de tal fenómeno para enriquecer la argumentación. En cambio, si los patrones no son diferentes, convendría que los escritores de las Humanidades tomen nota y se impongan algún límite. Creo que leí esta sugerencia o algo similar en algún libro de George Steiner. Una comparación experimental de los patrones eléctricos del cerebro poético -en estado poético- con los patrones eléctricos correspondientes del masoquista en estado de balbuceo debería arrojar similitudes no azarosas. Algo similar se ha hecho con resultados sorprendentes. Se han comparado estados psicodélicos inducidos por drogas de viaje con estados psicodélicos inducidos por métodos de meditación oriental. Estas articulaciones serían una optimización de la interpretación. En el sentido de Umberto Eco: no todo es interpretable de manera irrestricta. La razón es simple: si se dispone de información pertinente, específica, sin importar que provenga de una epistemología antagónica como ocurre con las Ciencias modernas, las Humanidades deberían considerar tal información. No estoy sugiriendo que Quignard sea temerario ni mucho menos, estoy sugiriendo una depuración actualizada de las interpretaciones contenidas en este ensayo brillante sobre von Sacher-Masoch de 1969. Por otra parte, pienso que el tema del masoquismo mueve fibras íntimas en la sensibilidad de Quignard. Es por eso que las exageraciones son excusables, al menos en mi opinión. El Posfacio que Quignard agregó en 2014, de alguna manera, resulta compatible con estas advertencias sobre el límite de las interpretaciones. Allí llega a decir Quignard que la violación sexual no es algo que él defienda, pero considera al menos que presenta problemas conceptuales. En la misma vena afirma que durante la voluptuosidad (“en el instante que precede a la eyaculación”, página 142) la psique ya no está al mando. La intensidad emocional que arrebata a Quignard también se deja percibir cuando balbucea finalmente sobre “los chorros de esperma que somos todos” (página 141). Creo que escribió estas frases temblando.
En síntesis, pienso que este ensayo de Quignard es extremadamente erudito, incluso feroz, superador del ensayo de Deleuze sobre el mismo tema. Pienso que se pueden formular algunas objeciones -hasta donde el género del ensayo lo legitime-. En cualquier caso, creo que se trata de un libro extraordinario porque impulsa el pensamiento en direcciones impredecibles. La prosa de Quignard es música planetaria, inteligente y erudita hasta la desmesura.