Violeta Parra es gigante, inabarcable, talentosa en toda disciplina que toca. Escribe cartas ardientes para Nicanor Parra que en realidad son para Chile y que en realidad son para ella, para quitarse de adentro una pena negra que quizá de dónde viene. Quizá de no encajar nunca, en ninguna parte. Qué libro más hermoso, lo compila todo: sus canciones, su vida escrita en décimas, sus cartas, sus textos inéditos. Bello, bello. Y al final, un par de textos de otros sobre Violeta. Pablo de Rokha sobre Violeta Parra, Pablo Neruda sobre Violeta Parra, Nicanor Parra sobre Violeta Parra. No sé de dónde viene esta pasión escrita con métrica tan precisa, con ritmo tan sinuoso, con palabras tan bellas. Me encuentro mucho en Violeta Parra, en sus tristezas nacidas de su piel morena, en sus dolores como hija de familia obrera, en sus frustraciones como creadora que no tiene más garantía que su voluntad. Le duele la patria, la familia, la hija guagua muerta, el padre alcohólico, la madre costurera, la vecina cuica, el hermano lejos, la cara con cicatrices por la viruela. Le duele todo a la Violeta, sobre todo el desamor. Si hay una artista en la historia de Chile que ha sufrido por amor es la Violeta Parra. Siempre escribe en la pasta del desamor del gavilán. Siempre está intentando olvidar a alguien, siempre tiene rabia por el desencuentro, por el amor no correspondido. La entiendo tanto porque la sincronía y la reciprocidad son un milagro. Pero todo eso, que es un pellizcón tan mundano, ella lo habla en pájaros, en flores y en pan amasado. Tan campesina y a la vez tan francesa. Cómo no admirarte, Violeta, cómo no quererte. Tu libro es un puñetazo feroz a mi corazón.