Sobre esta edición tan completa y bien curada de Lucía Guerra respecto a la obra María Luisa Bombal tengo tanto qué decir. Siento que, a su manera, fue como conocer dos versiones de una misma persona; donde la primera era más bien metódica y cuidadosa de la palabra, mientras que la otra era espontánea y alegre, cálida como una madre o una amiga cercana.
Esta antología parte con un estudio interesante de la compiladora donde trata la importancia de posicionar a la mujer a la literatura, y cómo el trabajo de Bombal significó una ruptura con la tendencia criollista de la época, que tenía los roles de género asignados a hombres y mujeres de manera tajante. A esto le siguen sus novelas: «La Última Niebla» (1934) y «La Amortajada» (1938), junto a sus cuentos, crónicas poéticas, autobiografía, cartas y entrevistas.
Respecto a su parte narrativa, creo que este proceso fue más bien un reencuentro, y es que de toda ella había leído su novela debut junto a «El árbol» (1939) años atrás. Sin embargo, eso no quitó el hecho de poder tomar muchos de esos elementos desde un punto de vista diferente, pues pude apreciar otras cosas que antes no habría hecho. Además, si considero su segunda entrega novelística (cuya temática donde une lo fantasioso con lo real, lo vivo con lo muerto) junto a otros relatos como «Las Islas Nuevas» (1939), fue una especie de epifanía necesaria, algo que debía de leer tarde o temprano.
Por otro lado, pensando en el testimonio autobiográfico junto a sus cartas y entrevistas, puedo decir que pasar por estas páginas me sirvió para presenciar una María Luisa Bombal diferente (al menos de mi concepción ignorante como lector incipiente de su trabajo). Me gustó mucho su manera de desarrollar sus ideas y relatar hechos interesantes de su vida, sin duda sus reuniones de sociedad deben de haber sido de lo más entretenido (¿Está acaso mal sentir nostalgia por esas cosas que jamás se llegaron a vivir?). Me alegro de haber encontrado esta edición, y espero que a futuro las letras olvidadas de la autora puedan ser publicadas (como su novela «El canciller») en tierra chilena, pues pese a que en su momento existieron dudas sobre su posible publicación, el legado de la ganadora del Premio de la Academia Chilena de la Lengua es algo que las nuevas generaciones todavía pueden (y podemos) apreciar.
Recomiendo esta lectura para quienes estén interesados en la literatura chilena del Siglo XX, con un enfoque dedicado a la vida social de aquel entonces junto a las problemáticas impuestas por factores patriarcales, como matrimonios forzados o engaños amorosos. Y es que en estas lecturas no solo hay una serie de textos que a primeras se puedan suponer realistas, hay también un toque de misticismo fantástico que décadas después caracterizaría las letras de Latinoamérica. Hay un encuentro con lo onírico, con el misterio que no siempre comprendemos, pero tanto nos llama la atención.
Y bueno, tantas cosas más. Pero ya me he extendido lo suficiente con esta reseña.