3.5/5 Estrellas
Aquí me encuentro, sacudido por sentimientos contrapuestos.
Por un lado un lado la sensiblería del abuelo, rendido ante las carantoñas de su pequeño nieto y sus relatos del abuelo cebolleta para el que todo tiempo pasado fue mejor y que visualiza las costumbres actuales, como propias de blandengues y maricones.
Por el otro el despertar del hombre de vida dura, intensa y peligrosa a la sensibilidad y al amor, que sus avatares vitales le han negado y que, en sus años finales, cuando la enfermedad lo devora, es capaz de descubrir y gozar.
No me ha gustado la caracterización del abuelo campesino, enfrentado a la ciudad cual Paco Martínez Soria, homófobo y patriarcal, aferrado a sus costumbre montañesas y pueblerinas. Sin embargo estas costumbres, lejos de caricaturizarlo, lo dotan de la resiliencia necesaria para enfrentarse a su entorno, adaptarse y acabar saliendo triunfante de las pequeñas "guerras" familiares y sociales a las que se enfrenta.
Entrañable relato que te acaba ganando sin remedio, pese a que por momentos amenaza por convertirse en un tostón.....nada más lejos de la realidad, toca perseverar un poquito y te acaba tocando la fibra sin remedio.
Por cierto me niego a llamar "viejo" a un señor de 67 años, por muy enfermo que esté. Creo que por ahí está actualmente la edad de jubilación. Se lo perdonaremos al autor, porque creo que eran los años que tenía cuando escribió esta obra allá por 1985.
Creo que tiene especial mérito la caracterización del personaje del viejo calabrés que realiza Sampedro, de los contrastes entre el campo y la ciudad, entre el sur y el norte, entre el idioma oficial y los dialectos que todavía perviven en la Italia de los años 80. Muy bueno.
En los primeros compases del libro el "viejo" queda extasiado ante el sarcófago de los esposos, custodiado en el Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia, visita que tengo pendiente por cierto, no sé si esto es un guiño a la muerte, al amor que trasciende a la muerte o al disfrute y el goce de la vida que tan bien ha sabido apurar hasta el final nuestro duro calabrés. Esta obra de arte planea a lo largo del libro, lo enriquece y ayuda a cuajar un espléndido final.
Un aplauso para Salvatores (o Bruno, el partisano). A mi, como a todos, al final me ha conquistado.