En El telón de acero, Anne Applebaum pretende realizar una aproximación histórica a las democracias populares de Polonia, Hungría y Alemania del Este durante los últimos momentos del estalinismo; desde la invasión soviética hasta el XX Congreso del PCUS. Estructura su obra en dos partes, la primera hasta 1950 y la segunda hasta 1956, aunque son cronológicamente flexibles.
El análisis de la autora se ubica cercano al de la vieja historia total, pues busca, en un marco espaciotemporal concreto, desgranar todos los elementos que configuran el desarrollo histórico de estos tres estados: economía y cultura, vida pública y privada, alta política, experiencias de las clases populares… Desde este enfoque, recurre a multitud de fuentes para construir un relato narrativamente atractivo y pretendidamente veraz. Hace uso de fuentes en diversos idiomas, archivos desclasificados y testimonios orales, lo cual fundamenta y enriquece el texto, permitiendo observar aspectos que, en una escala de análisis más amplia, podrían pasar inadvertidos.
No obstante estas virtudes, la obra adolece de una descarada parcialidad que empaña los análisis. Applebaum suscribe (y difunde) el relato canónico liberal que presenta a la URSS como una maquinaria estatal monstruosa, sustentada básicamente en la propaganda y la represión. Una obra de estas características, publicada en 2014, no es inocente: agita las reminiscencias del totalitarismo en el contexto de la nueva guerra fría. Pretende rememorar los peligros del imperialismo soviético, reeditado en dos nuevas amenazas al “mundo libre”: Rusia y, sobre todo, China (heredera del régimen de Mao, a quien la autora etiqueta también como “totalitario”).
El carácter beligerante lo comprobamos ya en el título: el uso de un término tan potente como “destrucción”, fechado nada menos que en 1944. ¿Acaso la “destrucción” de estos estados no había comenzado ya bajo el yugo nazi? ¿O incluso antes con las dictaduras autoritarias de Horthy o Piłsudski? Existe una vocación clara en enfatizar el “carácter perverso” de la URSS y trazar una línea de continuidad respecto a Hitler. El trasfondo ideológico de la obra me parece tan relevante como la cientificidad y erudición que hay a primera vista.
Durante la introducción, expone el debate acerca del uso del término “totalitarismo” y sus numerosas deficiencias. Pero a continuación, nos dice que «sigue siendo una descripción empírica útil y necesaria. Ya va siendo hora de recuperarlo» (p. 15). No da mayor explicación de su adscripción al término ni una definición precisa del mismo; suponemos que se basará en los “cinco (vagos) puntos” de Brzezinski (p. 12). Ya que en torno a la idea del “totalitarismo” orbita toda la obra, echo en falta una mayor fundamentación teórica en este sentido.
A partir de ahí, Applebaum nos adentra en la realidad de las democracias populares haciendo uso de una narrativa periodística, que por momentos adquiere el tono de una crónica. Volviendo sobre las fuentes empleadas, diría que uno de los puntos fuertes son los testimonios. Las páginas están salpicadas de biografías (unas más conocidas que otras), lo cual siempre ameniza y abre perspectivas micro, pero plantea diversos problemas: la credibilidad de las fuentes orales, la focalización en elementos disidentes o el recurso a la evidencia anecdótica para soportar tesis más amplias.
En general, la obra es tan ambiciosa, quiere abordar tantos flancos y presentar una batalla ideológica tan firme a la URSS, que termina cometiendo errores historiográficos reseñables. Para empezar, se ha molestado en buscar traductores para fuentes alemanas, polacas y húngaras, pero no rusas, lo cual me parece muy expresivo teniendo en cuenta el peso de la URSS en su relato. Considera que la visión soviética es pura propaganda, mientras que los disidentes son portadores de la verdad. A este respecto, es llamativo que cuando habla de propaganda occidental la escribe entre comillas (p. 344).
En segundo lugar, parece dar la espalda al contexto internacional de la Guerra Fría. Las apariciones de EEUU o Reino Unido son escasas, superfluas y en exceso positivas. Casi todo el tiempo se nos presenta un diálogo entre la URSS y las democracias populares, donde se enumera la violencia, la represión y la falta de libertades; se nos dice el cómo, pero rara vez el por qué. Obvia las causas y el contexto que llevaron a la URSS a actuar de determinadas maneras.
La exposición que Applebaum ofrece cumple con aspectos de rigor, como el recurso a datos y fuentes, pero hace un uso parcial de los mismos, con omisiones y un trasfondo moralizante recurrente. Critica aspectos represivos de la URSS, lo cual me parece correcto, pero la explicación siempre es la misma: la represión es fruto del totalitarismo, que a su vez proviene de las funestas ideas de Marx. Achaca al terror rojo cuestiones que tienen una explicación mucho más compleja, o prácticas represivas que incluso las democracias occidentales, en situaciones excepcionales, llevan a cabo.
Por citar algunos ejemplos: habla del pillaje y las violaciones como producto de la bestialidad del Ejército Rojo, cuando por desgracia es algo relativamente común a todas las guerras; presenta el racionamiento como una decisión política arbitraria, no como necesidad de posguerra; o sitúa a los soviéticos como fanáticos de la limpieza étnica, cuando incluso el propio Norman Naimark (a quien la autora cita en reiteradas ocasiones) dice que la reordenación étnicamente homogénea de los estados era algo sumamente común en el mundo pos-1945 (NAIMARK, 2002: pp. 125 – 126). Además, es frecuente el recurso a psicologismos como explicación reduccionista; cito uno de los que más me impactaron: “los comunistas odiaban a los socialdemócratas porque eran más populares” (pp. 335 – 336). Esto podría haberlo escrito Federico Jiménez Losantos.
Otro punto que me ha chirriado es su excesiva amabilidad con el nacionalismo polaco. Alaba a la resistencia polaca como heroica y da un reflejo del “pueblo polaco” como víctima. No explica las (como poco) tensas relaciones históricas polaco-rusas, ni el expansionismo polaco de Entreguerras. Hay omisiones destacadas, como cuando dice que «era ridículo» afirmar que el general Wilk había colaborado con los alemanes (p. 164). Sin embargo, otros autores afirman que sí que hubo negociaciones con los alemanes para realizar ofensivas conjuntas contra el Ejército Rojo (PIOTROWSKI, 1998: pp. 88 y ss.).
Los peores capítulos, sin duda, fueron el 9 (La política) y el 10 (La economía), puesto que quieren ser tan abarcadores que las deficiencias anteriormente expuestas resultan exacerbadas. El que más me gustó, en cambio, fue el 13 (El homo sovieticus), donde adopta un enfoque más estructural, y sí que ejemplifica (más allá de lo anecdótico) la tesis del totalitarismo, a nivel de educación, trabajo, ocio, deporte…
Todo el libro opera como una gran petición de principio donde la URSS es intrínsecamente perversa por sustentarse en una ideología errónea. Esto le lleva a adoptar una visión teleológica que da al sistema por difunto ya en los años 50, basándose en su ulterior desarrollo. En el Epílogo deja ver abiertamente sus posturas, con afirmaciones como que los regímenes «eran inestables por definición», que «el propio proyecto comunista era imperfecto» (¿y cuál no lo es?), o que «la ideología comunista y la teoría económica marxista-leninista contenían las semillas de su propia destrucción» (p. 691).
La visión que Applebaum tiene de Rusia me parece similar a la de George Kennan, quien la veía «ya fuese la de los zares o la bolchevique» como «una sociedad atrasada y bárbara» (cit. en HOBSBAWM, 2012: p. 237). El telón de acero aparece atravesado por la dialéctica de imperios, presentándose como un libro-batalla destinado a reforzar el anticomunismo y la rusofobia del polaco promedio, en lugar de como una obra netamente académica que persigue la objetividad y la imparcialidad en la medida de lo posible.
En conclusión, tenemos setecientas páginas alimentadas por una mitología orwelliana (autor repetidamente citado), que obvia por completo el “factor Huxley”; ¿dónde está el soma? Ninguna dictadura se sostiene durante cuarenta años por medio de la represión y la propaganda; la imagen que ofrece Applebaum, sin ser completamente falsa, es parcial y caricaturesca. Como valoración sintética, diría que no es un buen libro para acercarse de manera holística a esta realidad histórica, pero sí para conocer la visión “oficialista” que la historiografía liberal tiene sobre ella.