Mi abuelo nunca habló de la guerra. Jamás. Ni una palabra. Como si la Historia hubiera pasado de largo por su vida. Pero Calle Este-Oeste me hizo preguntarme el porqué de ese vacío. Y qué significa heredar no recuerdos, sino silencios.
Porque, ¿y si el silencio de mi abuelo no fuera olvido, sino una elección? ¿Y si callar también contara como un acto?
Un hombre abre una carpeta polvorienta en un archivo de Lviv. Otro, décadas atrás, firma una orden de exterminio en un despacho alfombrado de Varsovia. Y un tercero guarda silencio en su piso de París. Parece el inicio de una película imposible, pero es el tejido real, la materia de la que está hecho Calle Este-Oeste, de Philippe Sands, profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres y abogado especialista en derechos humanos, con una amplia trayectoria en juicios ante el Tribunal de Estrasburgo o la Corte Penal internacional de La Haya
Y no, Calle Este-Oeste no es una novela, aunque se lee con la intensidad de una tragedia griega y el ritmo de un thriller moral donde el asesino es el Derecho y la víctima, la conciencia colectiva.
El punto de partida es engañosamente simple: un abogado británico, el propio Sands, viaja a Lviv para dar una conferencia sobre derecho internacional. Lo que encuentra allí no es sólo una ciudad que ha cambiado de nombre más veces de las que Proust revisó una frase, sino el epicentro de una colisión histórica que conecta a cuatro hombres: Hersch Lauterpacht y Raphael Lemkin, juristas fundamentales para los conceptos de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio” respectivamente; Hans Frank, el abogado nazi convertido en carnicero de Polonia; y el propio abuelo de Sands, León Buchholz, que huyó de ese mismo infierno. ¿Casualidad? No. Es destino, o, peor aún, diseño.
Esa urdimbre de biografías sería suficiente para un ensayo monumental, pero Sands la convierte en algo más. Porque aquí lo verdaderamente impresionante es cómo lo cuenta. A pesar de que podríamos estar hablando de un texto académico, Calle Este-Oeste se lee como una novela. Una novela con un ritmo de thriller, con atmósfera de novela negra jurídica y con una trama que avanza entre archivos, silencios familiares, juicios espectrales y conexiones que podrían parecer forzadas si no estuvieran documentadas con una precisión brutal. Sands tiene el don raro de la claridad sin simplificación. Se nota que ha pisado los pasillos de Estrasburgo y La Haya, pero también que ha escuchado, mucho y bien, los silencios de su propia familia.
Y es que el silencio aquí es un personaje más. O quizás un testigo que se niega a hablar. Uno de los momentos más demoledores del libro lo encarna Herta, una familiar de Sands emigrada a Israel que escucha en silencio el relato de los horrores. Cuando termina, le dice: “Quiero que sepa que no es cierto que lo haya olvidado todo. Es solo que hace muchísimo tiempo decidi que esa era una época que no deseaba recordar. No he olvidado. He decidido no recordar”. No hay defensa más sólida que esa renuncia a revivir. Es la declaración más desgarradora que uno puede leer fuera de un tribunal.
Pero ese testimonio no es un episodio aislado, sino parte de un engranaje narrativo cuidadosamente construido. Aquí, la estructura es un ajedrez narrativo. Cada capítulo mueve una pieza —jurídica, histórica, biográfica— y poco a poco el lector empieza a ver el tablero completo. Aquí Philippe Sands no escribe historia: la desencadena. No hay giros de guion gratuitos, porque la Historia no los necesita: ya es suficientemente brutal sin necesidad de aditivos. Líneas temporales que se cruzan sin tropezar, personajes que resurgen como espectros de un archivo, escenas de juicio que parecen sacadas de un noir legal y, sobre todo, esa constante sensación de que el pasado está ahí, justo detrás de la cortina, esperando a que alguien tenga el valor de tirar de ella. Es imposible leer este libro y no pensar en Josep Roth. Y no solo porque la cita de Judíos errantes abre el relato con esa imagen de la ciudad que se extiende entre chozas, calles, y más chozas —“Al poco las chozas son reemplazadas por casas. Empiezan las calles. Una discurre de norte a sur; la otra, de este a oeste”— sino porque hay algo profundamente centroeuropeo en la forma de mirar el dolor: con dignidad, sin dramatismo, como si el horror ya no necesitara subrayados.
Pero toda esa estructura no se sostendría como lo hace sin la prosa de Sands. Esa prosa limpia, precisa sin ser fría, elegante sin caer en el adorno inútil. Su voz narrativa es contenida, casi clínica, pero esa aparente distancia multiplica el efecto emocional. Como si el autor te dijera: “esto no es una novela, no estoy aquí para hacerte llorar... pero buena suerte intentando no hacerlo”.
Y esa prosa, más que describir, es la que insufla vida a los personajes. Unos personajes que, aunque reales, parecen salidos de una ficción demasiado bien escrita. Lauterpacht es el humanista escéptico, que cree en los derechos individuales en medio del colapso moral de Europa. Lemkin, en cambio, es el obsesivo solitario, casi un Don Quijote jurídico, que consagra su vida a una palabra que no existía: genocidio. Hans Frank es el más inquietante de todos: un abogado culto, refinado, que amaba a Bach y a su familia... y firmaba órdenes de exterminio como si rubricara contratos de compraventa. ¿Cómo se explica? No se explica. Se enfrenta. Y en esa tensión está la grandeza del libro. Porque Calle Este-Oeste no busca redimir, sino incomodar.
Y, por supuesto, hay secundarios de los que podríamos hablar durante horas: como Elsie Tilney, que salvó a la madre de Sands —un gesto que nunca se presenta como heroicidad sino como humanidad radical. O Niklas Frank, hijo del carnicero de Polonia, que arrastra el apellido como si fuera un cadáver mal enterrado. No hay indulgencia en él, ni deseo de reconciliación. Solo una furia lúcida dirigida contra su propio padre, Hans Frank, a quien llama ‘asesino’ sin vacilar. Su presencia en el libro funciona como una bofetada ética: mientras tantos eligieron el silencio o la negación, Niklas escoge el exorcismo público, la memoria como acusación. Y lo hace sin pretensiones de redención, solo con la verdad áspera como única herencia aceptable. Su actitud contrasta de forma radical con la de otros hijos de figuras nazis que aparecen brevemente en el libro, como Horst von Wächter (hijo de Otto von Wächter), quien, en cambio, intenta matizar o relativizar la responsabilidad de su padre.
Compararlo con otras obras es inevitable pero arriesgado, porque Calle Este-Oeste se mueve entre géneros como si no le importaran. Puede recordar a Las benévolas de Jonathan Littell, en el sentido de que obliga al lector a mirar al horror desde dentro de sus engranajes burocráticos. También puede evocar Eichmann en Jerusalén de Arendt, sobre todo en su reflexión implícita sobre la banalidad del mal. Pero Sands no teoriza: humaniza. Y eso es aún más demoledor.
Sin embargo, más allá de las comparaciones, lo que hace único a Calle Este-Oeste es la forma en que Sands aborda los temas que plantea. Porque aquí los temas son muchos, pero el más profundo quizá sea la relación entre justicia y memoria. ¿Se puede hacer justicia sin entender el pasado? ¿Y se puede entender el pasado sin hacerse daño? También flota la pregunta sobre el lenguaje: qué significa darle nombre a un crimen, qué implica convertirlo en categoría jurídica. “Genocidio” y “crímenes contra la humanidad” no son palabras neutrales, son heridas abiertas. Y como dice Sands, no son lo mismo. Una protege al individuo; la otra, al grupo. Esa diferencia, que parece técnica, encierra un abismo ético.
Y es que, en el fondo, este libro trata de la fragilidad del Derecho cuando se enfrenta a la barbarie. De cómo la ley puede ser tanto un escudo como un arma, y de cómo hombres brillantes pueden construir o destruir civilizaciones con una pluma. De cómo los seres humanos intentan entender en qué momento la ley se quedó corta ante la masacre. ¿Y qué se hace cuando las palabras ya no bastan? Se inventan otras. Así nació “genocidio”. Así nacieron los “crímenes contra la humanidad”. Hay algo profundamente perturbador en leer esto en pleno siglo XXI, con los ecos de nuevos totalitarismos resonando por Europa y con acciones execrables cometiéndose a diario algo más allá. Calle Este-Oeste no es sólo una lección de historia: es una advertencia.
Y así, casi sin alzar la voz, Sands logra lo que muchos escritores no logran ni con fuegos artificiales ni con monólogos lacrimógenos: conmoverte hasta el tuétano y hacerte pensar en qué diablos estás haciendo tú con el privilegio de no tener que vivir lo que ellos soportaron. Al cerrar el libro, uno no sale ileso. Sale sabiendo más, sí, pero también más incómodo, más consciente, pero a la vez, más frágil.
Y entonces, inevitablemente, la memoria se cuela por las rendijas. Pienso de nuevo en mi abuelo. Nunca habló de la guerra. Sólo después de su muerte supe que había pasado tres años separado de su familia al terminar la guerra, primero en un campo de concentración y luego en los batallones de trabajadores del franquismo. Quizá por eso, como Herta en el libro, decidió no recordar aunque nunca olvidara. Al leer Calle Este-Oeste entend�� que ese silencio no era un vacío, sino también una forma de testimonio: la memoria puede expresarse en las palabras, pero también en lo que se elige callar.