En una prosa magistral que recrea la fuerza de los mitos, o las fórmulas rituales de encantamiento, Éric Chevillard escribe una fábula oscura sobre la historia de nuestra caída, como una fotografía hecha por un demente, pero también como testimonio de nuestra imperecedera esperanza. Caer es una isla en medio de ninguna parte. Sus habitantes buscan escapar, generación tras generación, de esa trampa mortal, de ese desierto en el que no crece ninguna forma de vida, y donde los días vuelven sobre sí como el eterno retorno de lo mismo. Porque la existencia ahí es insoportable, los habitantes de la isla han creado una sociedad donde la forma más alta de altruismo consiste en exterminarse, física y moralmente, los unos a los otros. Su gran sueño es escapar de Caer, saltar, volar, pero todos se vienen abajo irremediablemente. Todos, sin embargo, siguen escrutando el cielo, sólo para seguir odiando y maldiciendo la tierra de Caer. Y para esperar el regreso de su deforme mesías, Ilinuk, el único ser que ha podido escapar de la isla, y que prometió volver para salvarlos a todos. Cuando se publicó en Francia, Caer fue saludada unánimemente por la crítica como una de las mejores novelas de los últimos años. Comparado con Beckett –por su humor, sus historias aparentemente absurdas, su escritura depurada–, Éric Chevillard ha logrado con Caer su mejor novela, pero también la más corrosiva, poderosa y crepuscular.
Éric Chevillard is a French novelist. He has won awards for several novels including La nébuleuse du crabe in 1993, which won the Fénéon Prize for Literature.
His work often plays with the codes of narration sometimes to the degree that it is even difficult to understand which story is related in his books, and has consequently been classified as postmodern literature. He has been noted for his associations with Les Éditions de Minuit, a publishing-house largely associated with the leading experimental writers composing in French today.
«Así pues, Caer es posiblemente una isla, a menos que ese anillo rocoso sea el borde emergente de un cráter, a su vez lleno de agua sulfurosa, cuyas emanaciones nos queman la piel. alrededor, la hostilidad de un océano impetuoso, sin majestad; finalmente nosotros, sobre esa cresta, aferrados a la roca discutiendo sin cesar sobre la precariedad de nuestra condición entre los balidos de las cabras que atizan un poco el debate y acechando el retorno de Ilinuk con una esperanza nueva cada vez que una nube se aparta de una nube y la atroz y familiar sensación de nuestro desamparo reavivada en cuanto se vuelve a formar el tapón de hollín que a veces un relámpago enciende, que será el sol de aquel día, en cuyo resplandor trabamos conocimiento con nuestros allegados, demasiado allegados, la sanguijuela o el piojo, una madre, una hermana, un marido, un hijo: de ellos hasta entonces no conocíamos más que su respiración cortada, aquel jadeo ronco, aquel aliento o duodenitis, sus rostros ya han dejado de sorprendernos, macilentos, negros de congestión, con labios sin carne, mirada tija golpeada por la fiebre. Muchas veces, un musgo de barba que más parece un liquen, una seta, se les come las mejillas y el mentón. No simpatizamos. Nos dan asco: nos hemos visto en sus ojos».
Lectura pesada y con un aparente devenir absurdo. Como Samuel Beckett, nos presenta personajes pusilánimes, esperpentos enajenados, encerrados en sus delirios y vacuidad existencial. Eric Chevillard manifiesta, en sus casi trescientas páginas de Caer, la historia del devenir obtuso, con una vuelta de tuerca en el final, lo único, además del relato sobre el Polidactido que tiene una fuerte impronta en su mundo. Podemos vislumbrar una novela atípica que aplica contundentes mensajes de desesperación corroída en su cénit nauseabundo de realidad.
Juntar letras alineadas separadas por espacios y algunos signos de puntuación no basta para definir el conjunto de páginas con números secuenciales como libro. Debe haber algo más. Un sentido, un porqué, un pensar un poco en el lector al que van destinadas... Se ve que Éric Chevillard no vio la necesidad de pensar en esto y se lanzó a escribir y escribir y escribir y le salió el engendro que es "Caer". No recuerdo dónde lei que las reglas que rigen la vida en "Caer" son tan absurdas y sutiles que sólo los lectores con la piel muy fina son capaces de pillarlas. Yo debo de ser uno de ellos. He llegado hasta la página 120 y no pienso dedicar ni un minuto más a este libro. Bueno, sí, lo que tarde en escribir estas líneas para evitar a otros compañeros de lectura que malgasten su tiempo leyendo este libro. Si como dice la descripción de este llamémosle libro en Goodreads, "Caer" está llamado a convertirse en uno de los mejores libros de los últimos años en Francia, se me ocurre pensar tres cosas: una, que quien ha escrito eso no ha leido muchos libros en ese país; dos, que quien ha escrito eso no ha leido "Caer"; y tres, las dos cosas anteriores a la vez. Libro absolutamente prescindible.
Esta fue mi primera lectura del año y en verdad es una maravilla. Se trata de Caer, un lugar mítico dónde sus habitantes son pesimistas y lo único que quieren es abandonar ese lugar, esperan a un salvador que nunca llega y son enemigos acérrimos de las chinches.
Parte del encanto de este libro y que muchos no entienden, es el absurdo de sus descripciones o de las conductas. Además, tiene una prosa riquísima que alude a textos religiosos o legendarios, con mucha poesía y sonoridad. También se podría leer como una etnografía de un sitio disparatado.
No se van a encontrar con una trama clásica o de ningún tipo. Pero tampoco es difícil seguirle el ritmo y dejarse llevar hasta su final que es una gran broma y una metáfora de que la humanidad no es tan especial como se cree.
Vean este fragmento que nos habla con una semejanza aterradora sobre nuestra realidad con el covid:
"Nuestra comunidad habría hecho implosión hace tiempo por culpa de los odios, las disensiones, las incompatibilidades y rencores si no existieran, para cohesionarla y apretarla, nuestros vínculos: epidemias y pandemias. Desde luego, está muy mal visto conservar la propia enfermedad para uno. Lo que conviene es hacer que la aprovechen los demás, propagar el virus y si, por desgracia, no es contagiosa, tampoco quedarse en casa tiritando y meneándosela como un juerguista solitario, sino al menos salir para dar ejemplo y prodigarse en la calle a fin de que la flaca trampa de nuestro esqueleto agarre las carnes florecientes de los sanos y se cierre sobre ellas".
Para lectores valientes a los que no les importa caerse de culo para gozar del barro, las chinches y la locura más lúcida. Puedes ver mi reseña completa aquí: https://www.youtube.com/watch?v=ogUWQ...
Lo que cuenta no me ha interesado, me ha parecido cansino. La prosa es del montón. Y el final intenta ser original o gracioso y no es ninguna de las dos cosas.