Durante casi todo el libro, la autora construye muy bien el deterioro de Álvaro: su vacío y lo limitada que es su realidad. Me pareció especialmente fuerte cómo muestra que la pobreza no es solo material, sino también emocional, cuando uno no tiene pertenencia ni identidad. Por eso, cuando encuentra un poco de sentido y conexión, aunque sea momentáneo, realmente se siente como un respiro pero dura muy poco. Al principio pensé que el final se quedaba corto, que le faltaba carga emocional para una muerte tan trágica e injusta. Pero después lo entendí diferente. Justamente esa frialdad hace que la muerte no se sienta como “un gran evento”, sino como algo más dentro de una realidad donde estas cosas simplemente pasan. La tragedia no es solo lo que ocurre, sino lo normalizada que está actualmente, la indiferencia social que vemos día con día.