Mi primera novela leída de Ramiro Sanchiz. Antes de leerlo escuché mucho de él y luego pude conocerlo y entablar una amistad a la distancia (yo en Buenos Aires, él en Montevideo). Entonces, la lectura de Verde pasó también por "contaminaciones", no se leyó en su pureza.
En mi cabeza surgía la duda de si su escritura estaría a la altura del gran conversador que es Ramiro. Quienes me conocen saben que me gusta escuchar a Mariana Enríquez, pero no hay, a la fecha, un solo libro de ella que me guste. Esas cosas suceden (ya leeré Nuestra parte de noche, alguna vez). Entonces, ¿Estaría Verde a la altura de su autor?
La novela es una trama de contaminación, a lo Chernobyl, a lo El color que cayó del cielo, a lo En las fauces del miedo. Aquí, la contaminación, que siempre se da frente al encuentro del ser (el protagonista) con la textura ajena, permea en la cabeza de Federico Stahl, alter ego infinito de Sanchiz y desata la trama.
Trama que es un laberinto o una telaraña de delirio. Las fuentes se superponen, el viaje iniciático de Stahl a Belem en Brasil no lleva a lugares como suelen ser los relatos de viajes. El verde expande, permea y derrite tanto el lenguaje como la percepción de sí. Siento en Verde la permanente traición por haber confiado demasiado en el tiempo y lo lineal. El lenguaje es el virus, como denunciaba Burroughs. Pero la tragedia es aún mayor si uno reflexiona lo que implica ese virus. Llega al pensamiento, a la imposibilidad de soñar siquiera sin ese constructo simbólico. Estamos contaminados de lo que creemos que recordamos, manchados de tiempo.
Sanchiz creó un episodio más en las infinitas vidas de Stahl y, en mi caso, fue un comienzo promisorio de una literatura que leeré con ganas y fascinación.