Una novela de Juan Diego Mejía que refleja los sueños y desencantos de una generación. «Para mí la zona eran los ríos de aguas heladas que bajaban de la Sierra. Era el sonido de las mujeres cantando en la orilla mientras aporreaban la ropa con el manduco para sacarle el sudor. Eran los burros pequeños cargados de plátanos y yucas. Túneles formados por la sucesión interminable de matas de banano. Ruido del tren que espantaba al ganado. Olor a mango maduro en los caminos. Sol que derretía las ganas de pensar».
En la Medellín de los años setenta, Pável, un joven de diecinueve años, estudiante de Arquitectura de la universidad pública y actor de teatro, decidirá dejarlo todo para alistarse en las filas de uno de los movimientos de izquierda de la época. Sus sueños y sus desencantos son los de una generación de jóvenes artistas e intelectuales que, comprometidos con sus ideales políticos, se internaron en pueblos y montañas para apostar por la revolución.
«Sí, pero todavía no. Y mientras tanto, se tensa la ansiedad de la espera. La aventura revolucionaria es vista por Mejía con ojo demoledor. Y con humor que no perdona. ¿O sí? En el fondo sí. Los personajes, esos muchachos perdidos en la vaguedad de sus sueños heroicos, son arropados por el autor con delicadeza y cariño melancólico. En esta novela, como en todas las suyas, la prosa honda y sabia de Juan Diego es, de por sí, un acto de reencuentro y de perdón». Laura Restrepo
Escritor nacido en Medellín el 15 de noviembre de 1952. En los setenta estudió matemáticas en la Universidad Nacional de Colombia y participó en las luchas de la izquierda de aquellos años. La mayor parte de su obra gira alrededor de estos tres temas: Medellín, el mundo universitario y la militancia. Con El cine era mejor que la vida empieza una saga que narra la vida en la Medellín de los años sesenta, y con Soñamos que vendrían por el mar esa misma ciudad aparece como luces de un origen al que el personaje quiere regresar para quedarse.
La formación de su universo narrativo se la debe no solo al colegio de San José de La Salle, tampoco es producto exclusivo de la vida deslumbrante que vivió en la Universidad Nacional. Quedaron marcas de los oficios que ejerció cuando era un activista de izquierda en el campo. Fue soldador, maestro de escuela, panadero, entrenador de fútbol, cortero de banano en las fincas donde estuvo a principios del siglo XX la United Fruit Co.
Fundó y dirigió durante varios años el primer canal de televisión universitaria, Canal U. Fue secretario de Cultura Ciudadana de Medellín durante los años 2004 y 2005. dirigió la Fiesta del libro y la cultura de Medellín entre 2013 y 2016. Ha sido profesor de Escritura Creativa en las maestrías de la Universidad Nacional de Colombia y en la Universidad EAFIT. Dirige el Taller de Creación Literaria de la Biblioteca Pública Piloto.
En 1982 ganó el Primer premio nacional de cuento Colcultura - Gobernación del Quindío y en 1996 obtuvo el primer Premio nacional de Novela de Colcultura. Ha publicado:
Rumor de muerte (cuentos. Editorial Coopiss, 1982)
Al comienzo de Soñamos que vendrían por el mar Juan Diego Mejía escribe la siguiente advertencia: "Quienes crean verse en estas páginas olvídenlo, todo es pura ficción". Puede ser un guiño para sus amigos, o para la gente de Medellín que vivió la movida política y teatral de los años 70 y 80. Sin embargo, para un lector ajeno a la realidad local en esa época, es difícil creer que todo lo que se lee es pura ficción: hay tantos detalles, tan minuciosamente contados, que resulta inevitable concluir que esta novela tiene un trasfondo autobiográfico concreto.
Soñamos que vendrían por el mar es la historia de un entusiasmo. Es prima hermana de la novela de Laura Restrepo, que narra el entusiasmo de hacer la revolución y conquistar el poder, que embriagó a muchos universitarios en los años 70. Juan Diego Mejía, el autor, fue uno de ellos. Salió de Medellín para convertirse en militante en Zona Bananera, en Magdalena. Esa geografía y esa experiencia nutren la mitad de la historia de Pável Vlasov, el protagonista de este libro, un joven estudiante de arquitectura que se dedica al teatro y abandona Medellín para irse de guerrillero. El teatrero Pável, que toma su nombre de un papel que interpretó en La madre, de Gorki, está inspirado en Rodrigo Saldarriaga, creador y director del Pequeño Teatro de Medellín, y líder del Polo Democrático en sus últimos años, según contó Juan Diego en una entrevista.
Así las cosas, Soñamos que vendrían por el mar podría leerse como la fusión de apartes de dos biografías: la de Juan Diego Mejía y la de Rodrigo Saldarriaga, en el personaje de Pável Vlasov. Sin embargo esa lectura resulta reduccionista frente a una obra que propone un abordaje literario particular del conflicto armado colombiano, contado desde un punto de vista poco frecuente en la narrativa colombiana: el testimonio del guerrillero, del combatiente, aunque decir combatiente en el caso de Pável resulta inexacto porque combates no hay: los guerrilleros de esta novela obedecen al título de la obra de Alvaro Cepeda Samudio Todos estábamos a la espera. La revolución acá es imaginaria, es lo que esperan que ocurra y que, como lo narra el libro con delicadeza, lentamente se descubre que no va a pasar. Cuando los sandinistas se toman el poder en Nicaragua Pável ve la noticia en televisión y concluye que Colombia todavía está muy lejos de algo parecido. La ilusión y el entusiasmo trasmutan en desesperanza o cansancio.
La novela ocurre en dos escenarios: Medellín y Zona Bananera y el contraste entre la época del relato (1978-1983) y la época actual es evidente. En Zona Bananera pocas cosas han cambiado, la gente sigue siendo pobre, sigue careciendo de lo más elemental. En Medellín, en cambio, permanecen algunos referentes puntuales como la cafetería Versalles, pero muchos otros de los espacios narrados ya no existen. La novela es la reconstrucción de un territorio ido.
Pável el protagonista es un actor y director de teatro y ese rol resulta particularmente interesante en la trama, no solo por la cantidad de obras que su grupo, El Nuevo Teatro, monta a lo largo de la novela, y que revelan matices del personaje y la historia, sino también porque la novela narra la militancia política de teatreros y artistas, a finales de los 70, y plantea el debate entre el arte comprometido y el arte por el arte. Que Pável al final, regrese al teatro, evidencia la postura del autor frente a este tema.
Los lectores habituales de Juan Diego Mejía encontrarán en este libro ese tono pausado que caracteriza su obra. Esperar, desgranar los días, entender que lo importante es la rutina, lo que está ocurriendo hoy, así parezca mínimo, parece ser una apuesta común entre este y otros libros de Mejía, como El cine era mejor que la vida. Así mismo su cuento Esperando a Agustín, con el que ganó en 1982 el primero Concurso Nacional de Cuento de la Gobernación del Quindío, aparece reescrito en esta novela sutil, hermosa y necesaria.
Es una historia de extravíos, de una revolución perdida, unos pueblos olvidados, una generación embolatada y un país que repite sus errores muchas veces. No pude saber si la historia me enganchó del todo o fue el personaje principal.
Está es la historia de una pasión, de sueños de juventud que se combinan y llevan a Pavel, un joven estudiante de Arquitectura a luchar por los ideales de la revolución en Colombia de los setentas. Esta novela narrada en primera persona y con un juego de tiempos, tiene un lenguaje cinematográfico limpio. Es de una sencillez sobrecogedora, es precisa y uno siente esas atmósferas calientes, a veces frías, la nostalgia, y esa duda de si van a llegar esas armas y que va a pasar con el teatro que es lo que motiva al protagonista. Personajes caracterizados con pinceladas bellas y certeras, paisajes sociales más que geográficos que antojan de revisar la historia y comparar con el presente. El final... Que final. En resumen es una obra digna de Alfaguara o de cualquiera de esos premios grandes. Novela para repetir y repetir.
El libro empezó muy bien, la historia prometía mucho, la temática se pintaba como muy interesante, pero esto fue cambiando rápidamente hasta convertirse en una novela sumamente aburrida y plana.
De pronto para algún nativo de Medellín pueda tener algún interés histórico pero de resto no tiene nada, por algo se descontinuo. El principio es algo interesante, la presentación de los personajes es buena y pone unas bases para lo que pudo ser una buena historia pero naufraga, el desarrollo de los personajes es tan idealizado que terminan siendo del todo irreales, la historia aburrida y el final pésimo. Menos mal es una novela corta y no se pierde mucho tiempo.