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Unknown Binding
First published January 1, 1962
—Esto es más difícil de explicar y de entender, pero es real. Me siento obligado hacia Clara porque creo, a mi pesar, que yo estoy aquí, que yo he venido aquí precisamente para remediar su vida.
—¡Estás loco, hijo mío! —le respondió, riendo, doña Mariana.
—Si acepto que he sido conducido (y esto no me lo quita nadie de la cabeza), una de dos: o estoy aquí para hacer de Rosario la Galana mi manceba, lo cual, si Dios me ha conducido, resulta chocante, o para casarme con Clara. Son las dos posibilidades más inmediatas, y, al mismo tiempo, las únicas que he hallado. ¿Prefiere usted la primera?
Doña Mariana dejó de reír.
—Estás loco —repitió.
«Puedo llegar a la conclusión, poco halagadora para mí, de que la temo por ser más mujer que las otras, por exigir de mí una conducta viril, una decisión a la que no me siento dispuesto. Pero no estoy seguro de que sea ésta la causa, y no otra. No estoy seguro de nada. Hoy pienso en Clara; ayer, en Mariana; la otra noche, en Rosario. Sucesivamente he creído huir de las tres. ¿Sé, en verdad, de qué huyo? Decididamente tendré que psicoanalizarme si quiero andar por el mundo sin tropezar en todas las esquinas y tomar el rábano por las hojas.»
Sintió frío en los pies, golpeó las losas y se acercó a la tienda de Clara. Iba a entrar, cuando vio a Cayetano, arrimado al mostrador. Movía las manos tranquilamente, y Clara le escuchaba, erguida, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Retrocedió hasta hallar apoyo para la espalda, los ojos muy abiertos, la mano quieta en el aire y el cigarrillo en ella. Y miró, desde un rincón hurtado a las luces. Cayetano seguía hablando: no llegaban sus palabras, ni siquiera el eco.
—Éste ya descubrió a Clara —dijo.