Fue en un mercado de libros que di con este libro. Viendo la mesa de Colofón/Anagrama, el librero, después de platicar brevemente sobre unos libros que recomendaba y que ya había leído me dijo, “deberías leerte este”. Bastó ver que Luciano es mucho más joven que yo, qué estudio, y a qué se dedicaba, para que la curiosidad pudiera más. Y, el librero no erró: esta filosofía práctica del instante no pudo llegar en mejor momento.
La lectura de este libro quedó envuelta entre las de Perros de paja, de John Gray, y varios libros de Byung-Chul Han; y debo aceptar que pongo a Concheiro más cercano del altar que le tengo a Gray, que del escepticismo con que sigo leyendo a Han, a quien, por cierto, hace referencia Luciano.
Algo que no le falta a Contra el tiempo es imaginación, y eso siempre lo agradezco. No solo es claro con las ideas que expone, ameno con su estilo, sino que además, cuenta con una estructura que el lector puede ir disfrutando conforme avanza. Luciano se las arregla para no ser condescendiente con el lector, sin caer en pedanterias estéticas: se explica, se explica con claridad y desafía percepciones, que independientemente de su actualidad, en este libro parecieran quedar exhibidas como un fuego de artificio más.
Sí, expone al neoliberalismo y su capitalismo sin sentido, y plantea, propone una respuesta ante él, un “pie de guerra”.
Hace años, JL, Freni y yo, “fundamos” Les Contemplateurs, que se reducía a reunirnos en El depa a beber y vociferar contra el mundo en general. Mi conclusión de aquellos años se redujo a: “hay que mantenerse informados”. Con ello pensaba más bien en leer. Mantenerse actualizado leyendo cuanto tuviera que ver con el mundo. Leer periódicos, revistas, libros; asistir a exposiciones, visitar museos, platicar y discutir con las demás personas. Ver cine: ver mucho cine. Y sobre todo: contemplar. ¿Qué? Todo. Hoy, leyendo sobre el instante, siento que no estábamos tan alejados de ello.
Sin embargo, la era de la velocidad en la que vivimos nos come, nos da vueltas como una ola que rompe contra la playa, pero, ni siquiera estamos cerca del mar, no importa, la ola de la velocidad, del volumen ingente de información con que somos bombardeados cada minuto, cada hora, cada día nos lleva de paso. “La operación nos consume”. Hay que hacer las cosas, no reflexionar sobre ellas. Hay que concretar. Hay que “ponerle fecha” a los proyectos. Hay que darle la vuelta a la página. Hay que ponerle punto final.
Vale madres si está bien. Si está mal. Si vale la pena. Hay que hacer. Producir. Decir. Escribir. Ver todo en positivo, limar las asperezas, ser políticamente correctos, no ser intolerantes.
Es curioso que por más que se hable de los aspectos económicos y cómo estos inciden directamente en la vida de las personas de a pie, no nos interesemos mucho por comprender en qué consiste que vivamos en un determinado modelo económico. No investiguemos más sobre cómo ese modelo se siente atacado a niveles que perdemos de vista: religioso, moral, discursivo. Muchas personas seguimos viendo el mundo como un display de televisión: hay canales, hay problemas, hay programas que no nos gusta y a los que solo les aplicamos zapping, si le cambio al canal no lo veré más, no me afectará a mí, y luego ese programa terminará. Cierto. En parte. Porque alguien más lo ve y sí le afectará. Porque el programa puede ser diario, y no desaparecerá con que cada día cambiemos el canal o porque terminemos por no sintonizar nunca ese canal.
Darle la espalda a entender cómo la velocidad afecta todas las áreas de acción humana es darle la espalda a aquello que un día puede chocar de frente con nosotros. Libros como este de Concheiro son necesarios, porque son vastos, porque proponen una lectura inteligente no solo de aquello que nos rodea inmediatamente, sino que nos despierta a comprender la red del mundo actual en que vivimos.
La primera conclusión a la que llegué antes de terminar el libro, es que Luciano proponía la narrativa como un método de defensa ante la aceleración, la novela como batalla ante la velocidad, aquello que exige una construcción más detenida, una lectura más larga a veces, más pausas; la narrativa como amparo ante los timelines de Facebook y Twitter e Instagrams del mundo actual, sin embargo, este genio va más allá y pone al poema como respuesta última y máxima del instante.
Bravo, Luciano. Que vengan más textos necesarios como este.