Suntem omizi si vom deveni fluturi, iata intreaga noastra poveste, tot sensul nostru in lume, intr-o singura imagine providentiala, pe care-o poate intelege oricine, cu mintea, cu inima sau cu labirintul sau visceral. Suntem fiinte cu metamorfoza, deja construite pentru mantuire. Stim ca maine soarele va rasari, si asta-nseamna ca ni s-au deschis deja, inmugurite timid, organele de simt pentru viitor, caci altfel cum am indrazni sa credem asta? Cand frunza migdalului se fragezeste, intelegem ca primavara-i aproape. Cand vedem un nor la apus, ne spunem "Maine va ploua". Sunt primele marci ale naturii noastre vizionare. Vom fi intregi doar cand vom vedea viitorul la fel de limpede ca trecutul si cand vom intelege ca ele sunt una, cand, in fiecare clipa, ne vom inalta deasupra realitatii falfaind maiestuos din cele doua aripi, la fel de pline de nervuri si imagini aprinse: trecutul si viitorul. Atunci vom fi ceea ce am fost intotdeauna, Vestitori, Vazatori si Martori ai minunii ce nu se arata in lume, ai miracolului, doar, ca lumea exista... Atunci vom tine-ntre degete universul nostru inflationar ca pe-un clopotel auriu, al carui sunet dulce il vom sorbi uneori, cu nesfarsita nostalgie: cling!
Romanian poet, novelist, essayist and a professor at the University of Bucharest.
Born in Bucharest, he graduated from the University of Bucharest's Faculty of Letters, Department of Romanian Language And Literature, in 1980. Between 1980 and 1989 he worked as a Romanian language teacher, and then he worked at the Writers Union and as an editor at the Caiete Critice magazine. In 1991 he became a lecturer at the Chair of Romanian Literary History, part of the University of Bucharest Faculty of Letters. As of 2010, he is an associate professor. Between 1994-1995 he was a visiting lecturer at the University of Amsterdam.
Among his writings: "Nostalgia" (a full edition of the earlier published "Visul"), 1993, "Travesti" 1994, "Orbitor" 2001, "Enciclopedia zmeilor" ("The Encyclopedia of Dragons") 2002, "Pururi tânãr, înfãsurat în pixeli" ("Forever young, convolved in pixels") 2002, "De ce iubim femeile" bestseller ("Why do we love women") 2004.
Abundancia. O quizás exceso. Así podría resumirse esta abigarrada novela que pone fin a la trilogía Cegador y que reúne todas las tramas y subtramas de la obra hasta que convergen en el mismo punto: el encuentro de realidad y ficción. Cârtârescu, en un movimiento arriesgado, escribe una obra-universo que condensa toda la realidad de la materia y la del espíritu (si se le puede llamar “realidad”). Para ello, hace uso de tópicos que transforma en un aparato literario exquisito y los limpia de todo cliché o lugar común. A través de una prosa con un lirismo propio del autor, las dualidades mente-alma, cuerpo-espíritu, bien-mal, cerebro-sexo, están representados en el devenir de la vida de su protagonista, Mircea, el alter ego del autor, y la historia de su vida, sus padres, sus antepasados, la historia de Rumanía, la etapa post Segunda Guerra Mundial, la época del Comunismo, el régimen de Ceaşescu, la Revolución Rumana y la cotidianidad de la gente de Bucarest. Bucarest, esa ciudad en ruinas, retratada como desvencijada, llena de pasadizos y recovecos que llevan a otra realidad, una en la que sueños y consciencia se tocan, en la que ficción y realidad se entrecruzan y forman una hiperrealidad que da a luz un nuevo universo. Así, todos los personajes llegan aquí al génesis y al fin de todo, que se da al mismo tiempo en un continuum realidad-ficción. Y, conduciendo toda la narración, Mircea y su gemelo malvado Víctor, por quienes este libro se escribe, que llegarán a su inevitable encuentro, lo cual supondrá, como ya se puede prever, el final de todo, de este libro que es un todo.
Novela realista por un lado, y realista-mágica por otro, Cârtârescu cierra la trilogía con la mayor obra de las tres, que al igual que las otras, construye una mitología propia robada a la realidad y sus incoherencias. Entre ellas, todo el absurdo que supuso el gobierno de Ceaşescu. El autor presenta una visión crítica pero llena de humor de lo que supuso el régimen comunista (no faltan las filas infinitas y la falta de alimentos), pero también reconstruye su propia historia y a la par la de Rumanía. Allí están presentes los personajes insignes del país, como Stephan Cel Mare y hasta el mismísimo Conde Drácula (Vlad Tepes). También está todo el imaginario cristiano e hinduísta, a los cuales funde en una misma cosmovisión y cosmogonía que explican el origen de la vida/libro. La construcción narrativa en grandes tramos le debe mucho a la Divina Comedia, a la Biblia y a toda la visión mística católica (ortodoxa en este caso) y sobre todo, en esta parte final, al Apocalipsis.
Finalmente, todos los personajes (Mircea, sus padres, su gemelo oscuro Víctor, su mentor, el borracho del octavo Herman, los vecinos de todas sus viviendas, la gente del circo, las estatuas animadas, el pintor Desiderio Monsú, su antepasado el príncipe Witold Czartarowski, el securitas y su esposa…) se encontrarán en ese mamotreto megalómano llamado La Casa del Pueblo, mandado a construir por Ceaşescu. Allí, el fin del Comunismo y el fin/comienzo de la historia. De todas las historias. Una obra monumental salida de una mente con una mano en la razón y otra en lo innombrable (no en vano el propio Cârtârescu ha dicho que esta trilogía surgió en un movimiento casi automático de su conciencia). Una obra magna, sin duda, de compleja lectura por la abundancia mencionada y por el estilo narrativo, pero que en esta última parte se muestra más accesible y con concesiones al lector, a quien el autor se dirige directamente haciéndole parte del juego literario.
Cartarescu no escribe libros para publicarlos sino para vivir en su interior. Mircea vive en esta obra, y con su familia son los protagonistas de una historia mágica que se abre y cierra como una mariposa.
El ala derecha forma parte de la trilogía Cegador que le insumió 14 años de escritura artesanal, donde sólo cien páginas por año salieron de un bolígrafo barato en cuadernitos varios. Mircea no borra nada, no rompe ninguna hoja, no hace añadidos posteriores por lo que asistimos a la lectura de su primer pensamiento, puro, a sus primeras palabras. El autor confiesa además que no tenía ningún plan en la cabeza, llegado a la mitad del libro no tenia idea de como iba a seguir ni que iba a escribir al día siguiente. Solo así era feliz.
Los escritores escriben porque no encuentran en la biblioteca el libro que querían leer, por eso escribió Cegador, con amor a los libros, para añadir uno más al sistema literario.
La infancia de Cartarescu es mítica; nos dice que cuando somos niños vemos y entendemos las cosas con un cerebro diferente, un cerebro que sueña, que no conoce las reglas de la sociedad que organizan el mundo. Por eso, esta novela es una máquina del tiempo que lo transporta a su infancia. Todas las historias leyendas y relatos del libro tienen su base en la forma como el niño Mircea ve el mundo. Algo trágico y poético.
Cegador es un juego laberíntico del que el autor no puede salir llegando finalmente a su habitación central donde lo espera su alter ego, Victor, su hermano gemelo, con el que se enfrenta como Teseo al Minotauro en el laberinto de Creta. En el camino nos narra los años de dictadura férrea de la Rumania de Ceausescu contrastando la miseria y opresión del pueblo con la riqueza y el lujo de los dirigentes comunistas.
El universo único de Cartarescu está poblado de imágenes, símbolos y metáforas que te vuelan la cabeza. Los polos vida-muerte, real-irreal, oscuridad-luz, futuro-pasado, mariposa-araña tejen y destejen el milagro de la palabra escrita.
Volumul descrie viața tatălui protagonistului, și deziluzia pe care o suferă atunci când realizează că ideologia comunistă este complet diferită de punerea ei în practică la nivel politic, economic și social.
Realitatea dezolantă și apăsătoare a unei țări reduse la sărăcie și foame este descrisă alături de scene comico-tragice care îi au drept protagoniști pe înșiși membrii cuplului prezidențial de dinainte de revoluție.
Se întoarce aici o veche obsesie a autorului (Travesti, Nostalgia): Victor, fratele geamăn al lui Mircea, dispărut la o vârstă fragedă.
Salturi spațial-temporale ne poartă la Amsterdam și în Italia, în timp ce Bucureștiul se transformă sub ochii noștri într-un câmp deschis al revoluției unde totul este posibil și realizabil, chiar și cele mai neașteptate întâlniri.
Cărtărescu: una aproximación a su simbolismo literario
“Puesto que tengo ojos y manos y testículos, puesto que la linfa y la sangre circulan, sometidas a la gravedad, por los tubos de mis arterias y de mis venas, puesto que todo yo soy un motor que se envuelve en un hilo de materia, que engulle comida y elimina heces, y que gracias a ello alimenta el giro de los cientos de billones de peonzas y trompos que me configuran, recuerdo, como si hubiera sido ayer, la fase inflacionista del cosmos, la campanita de oro que cada uno de nosotros sostuvo una vez entre los dedos y que, a través del grosor de las bandas y de las dimensiones, de las fases y de los huracanes, del tiempo con su flecha probabilística ha sonado y suena siempre en medio de nuestra mente con un tintineo de oro”.
En la amplísima historia literaria siempre ha existido una tradición que podríamos definir como gnóstica-hermética, sin necesidad de que esa búsqueda de la gnosis tenga un sentido religioso al uso, sino de búsqueda perpetua del conocimiento, de perseguir a través del lenguaje escrito las irradiaciones de la luz cognitiva, una totalidad que sobrepase a la muerte. Por lo tanto, el mundo onírico-espiritual de Mircea Cărtărescu no resulta ninguna novedad, responde a esa amplísima tradición a la que han pertenecido cientos y cientos de escritores, y que generación tras generación parece seguir en la brecha y en la certeza de que los dioses creadores somos nosotros mismos. Sí, nosotros mismos, pequeños dioses imaginativos que vivimos en dos planos distintos: el de la realidad, el diario, el histórico de nuestros progenitores y seres queridos, el tiempo que por suerte o por desgracia nos ha tocado vivir; y el mundo de los sueños, el onírico, la visión de los poetas y de los niños: dos faros visionarios capaces de transformar cualquier elemento de la realidad y amoldarlo según sus miedos y anhelos.
En esta impresionante saga de Cegador que termina con “El ala derecha”, estos dos elementos, el realista y el onírico, están magníficamente conjugados; bueno, en realidad están magníficamente conjugados y superpuestos en toda la obra del rumano, pero esto se hace muy visible en las que yo creo que son sus grandes obras hasta ahora: “Solenoide”, y estas tres de Cegador: “El ala izquierda”, “El cuerpo”, y “El ala derecha”, que es la que nos ocupa hoy. Desconozco su poesía que todavía no he leído, pero sus relatos, por lo menos los relatos que he podido leer, no poseen esa ambición desmesurada que ha demostrado en estos libros citados, y eso que algunos son muy buenos. También es verdad que el primero de esta saga no lo disfruté, “El ala izquierda”, porque lo afronté acompañando a un familiar en un hospital y no hallé manera de concentrarme en esa prosa tan densa. Dejé visión de ello en la reseña que le escribí en su momento en este mismo blog. El segundo, el de “El cuerpo”, un volumen en el que Cărtărescu aparenta ser casi un entomólogo, me pilló con molestias (no muy importantes pero sí muy incomodas) en el brazo derecho, y tampoco lo disfruté como me hubiera gustado. Era una lectura excesivamente profunda para lo que mi metabolismo exigía en esos momentos, si bien recuerdo un pasaje-épico–astral-circense que me pareció impresionante. Igual dentro de poco los releo con mayor atención y los disfruto como se merecen.
En fin, vayamos al meollo: el por qué necesita el escritor rumano acompañarse de toda esa simbología hermética-espiritual (las campanas, las luces, los insectos, las figuras geométricas, las alusiones a textos cabalísticos o bíblicos, los Conocedores, etcétera) para contarnos (en este caso) el desmembramiento de la Rumanía de Nicolae Ceaușescu, a la vez que nos va contando sus vivencias familiares, su recreación imaginativa, su querencia afectiva- maternal: un clásico en casi todos sus libros, y dándonos entrada a su muy particular mundo imaginativo, pues básicamente por tres razones: porque ha leído muchísimo y le salen todas esas lecturas por los poros; porque está hablando de la inmortalidad y del alma humana (la mariposa es el símbolo de ello: del alma humana); porque la historia, tal y como se ofrece y conoce por lo habitual, importa un bledo a los grandes escritores. De hecho las referencias a Rimbaud cada vez que está hablando de los episodios violentos que se desencadenaron en Timişoara son tremendos; hasta el escritor se ha preocupado (o en este caso su traductora: Marian Ochoa de Eribe) de que el famoso verso de Rimbaud: “¿Qué nos importan, di corazón, estos charcos de sangre?”, (que es el verso resultante y oficial de la que puede que sea la mejor traducción y edición crítica de Rimbaud en castellano: Cátedra, edición bilingüe de Javier del Prado) esté incluido entre comillas; ¡o sea, uno de los poemas más sociales y violentos del eterno adolescente francés, en los que se reduce la historia, las leyes, todas las monarquías y gobiernos, hasta las masas del pueblo, a una simple balanza entre los que están oprimidos y los que se aprovechan de ello, pues básicamente Rimbaud (que siempre pisaba el suelo, hasta cuando vivía en el delirio) estaba refiriéndose a la Comuna, es aprovechado y honrado por Cărtărescu para explicarnos la Revolución rumana de 1989! Y además no una vez. He contado un mínimo de hasta cinco inclusiones de ese verso de Rimbaud en diferentes pasajes del libro. (Por cierto, en la quinta ocasión por fin Cărtărescu nos confiesa lo que ya sabíamos desde la primera: que es un verso de Rimbaud). Por lo tanto, dos episodios de ideologías y de naturalezas absolutamente distintos unidos por la visión literaria del rumano. Unidos por el nudo gordiano de la literatura. Y esto no gusta al oficialismo literario, les despedaza sus lecturas parciales e interesadas, sus lecturas ideológicas, porque uno lee cualquier suplemento de literatura de los que se publican en castellano y no asiste a la lectura de un suplemento de literatura como debiera ser de rigor, lo que asiste es a un mediocre atentado de propaganda comercial e ideológica que en la mayoría de los casos resulta insoportable y tiene muy poco que ver o nada con la literatura. La literatura es otra cosa, es el mundo en el que impera la imaginación y se destruyen o cuestionan todas las certezas: capaz de unir siglos y seres y cuerpos en un mismo impulso a través del simbolismo y la belleza y la hondura de las palabras.
Pero es que los homenajes literarios no se acaban ahí, Kafka y Dante también sobrevuelan el vuelo de la mariposa en algunas ocasiones, si bien no son influencias categóricas para la gestación de Cegador: ¿de dónde procede esa capacidad casi mágica de mezclar tiempos, voces, acontecimientos de la intimidad más personal y grandes episodios históricos-épicos?, ¿de dónde esa ambición y ese verbo majestuoso y al mismo tiempo flexible como un junco? Pues de una obra de un escritor mexicano: Terra Nostra, de Carlos Fuentes. En mi opinión una de las grandes obras de lo que se vino a llamar “el boom latinoamericano” (que no fue otra cosa que una operación de marketing editorial a gran escala; en Latinoamérica nunca han escaseado los buenos escritores en ningún momento, lo que sí ha fluctuado son las ganas de dárnoslos a conocer a este otro lado del océano) y que no ha sido valorada en su justa medida, porque contra su ambición sin parangón y su fortaleza imaginativa se estrellan muchos lectores. Cărtărescu parece que no. Que no solo no se estrelló, sino que lo ha leído y releído en diversas ocasiones. Es tremendo apreciar que la formación literaria del rumano tiene más que ver con el imaginario de Fuentes, Borges, Carpentier, Laiseca, Cortázar, García Márquez, etcétera, que con muchos otros escritores centroeuropeos, y eso nos encanta, porque demuestra que los verdaderos escritores se forman ellos solos en la intimidad de sus bibliotecas, sin el acompañamiento de cursos y diletantes y demás especímenes del mundillo literario, en este caso junto a la ventana famosa de ese fantasmagórico Bucarest, que uno ya la confunde pero que creo que sale en casi todos los libros de la saga de Cegador, y creo que también sale y es capital en Solenoide, porque el mundo de Cărtărescu es como ese feto de Herman que le nace en la cabeza: te alumbra y sobrecoge y confunde por su densidad, por su extrema y radical densidad, al mismo tiempo que te seduce e hipnotiza.
En sus páginas asistimos a una capacidad visionaria y de ensoñación cercana o limítrofe a la transustanciación. Hay en concreto un extenso capítulo que me parece absolutamente grandioso. Es el que acaba con la figura de su padre quemando el carnet del Partido; pero hasta llegar ahí asistimos a todo un baile sarcástico (en mi memoria lectora aparecía otra vez Rimbaud con “El baile de los ahorcados”, pero en este caso Cărtărescu no dejó ninguna señal visible), tanto familiar como colectivo, y cuya metáforas del régimen de Ceaușescu y sus acólitos son de una magnitud visionaria poderosísima. A ese lugar solo puede llegar un autor/a en la plenitud de sus facultades creativas. ¡Exagero! A ese lugar solo pueden llegar unos pocos elegidos en la plenitud de sus facultades creativas. No más.
Leyéndolo te nace un feto en la cabeza por aplastamiento cognitivo; nos embarazamos de lo que en el fondo del fondo no es sino una luz que titila aportando emanaciones de belleza, espíritu y profundidad, porque al final del todo esa mariposa que simboliza el alma, todo esos conocimientos fisiológicos, científicos, espirituales, rituales, cosmológicos, de vivencias, en una palabra: literarios, están puestos al servicio de la búsqueda de la inmortalidad, o si no de la inmortalidad sí del vencimiento de la muerte, porque un escritor cuando pone todos sus recursos sobre la mesa, cuando pone toda la carne en el asador, cuando su verbo se fusiona junto a su cuerpo en un mismo vuelo de conciencia sensorial, “en el manuscrito que sangra”, diría Cărtărescu, que a la vez añade en una frase “mi manuscrito es el mundo”, está de alguna manera venciendo a la muerte, arrinconándola. Y eso es lo que consigue el rumano en sus grandes obras.
Dejemos que la mariposa hable sola y aletee con sus emanaciones de luz y belleza literaria y deseemos una larga y próspera vida a este milagro viviente de los Cárpatos, a este dacio imaginativo e irreductible, cuya fuerza interior ha de ser similar a la que debía ser otorgada a la antiquísima deidad de Zamolxes (o Zalmoxis, que Heródoto si no recuerdo mal la nombraba así), y cuyos seguidores creían (como todos los dacios de la época) en la inmortalidad del alma. Personalmente no creo más que en la buena literatura, “en los estados de la conciencia literarios” que diría o podría decir Alberto Laiseca, pero con eso ya es suficiente para sentirme afortunado de leer a Cărtărescu. Él sabrá qué quiere hacer con mis perjudicadas y embriagadas conexiones neuronales, pues cada vez que lo leo se producen en mi interior cortocircuitos y terremotos, y pierdo la noción de quién soy y en dónde estoy leyendo. El espacio físico-temporal ha sido clausurado y solo cuando acabamos de leer uno de esos inmensos párrafos logramos salir a flote para volver enseguida a sumergirnos y poder seguir disfrutando de esos corales fosforescentes que el rumano ha dejado caer muy delicadamente cada pocas páginas. ¡Ahí está la belleza más pura e innata de la gnosis creativa!, me digo para darme empuje y aliento, y nado extasiado hacia su luz… Ahí va una pequeña inmersión para despedirse:
La vejez y la muerte eran para los viejos y para los muertos. Para el niño eran los cielos increíblemente profundos de aquellos veranos, los chistes de Jean, los gritos de Lumpa, la llamada de su madre desde el balcón, cada tarde, como un eco de la oscuridad. Él estaba todavía creciendo en medio de la ruina y de la desdicha, su telomerasa tenía un número infinito de vueltas, su sol no se apagaría jamás, y el polvo de estrellas del cosmos interminable se pegaba a sus pestañas lacrimosas. Pasarían eones hasta que la terrible lámina número cinco del insectario de Rorschach (Hermann Rorscharch) se extendiera a lo largo de toda su vida, tocando su nacimiento con el ala izquierda y su muerte con el ala derecha y gritando de manera insoportable sobre el ángel afligido, con su polígono y su cuadrado mágico. “La telomerasa, la enzima de la vejez y la muerte, es la astilla clavada por el Señor en mi carne, porque Su poder alcanza la perfección de la debilidad…”, añadió Hermann, y hundió de nuevo la cabeza en el pecho, apoyando, como un feto, la frente en el esternón y apretándola contra él, como si hubiese querido llevar a cabo en aquel instante en que la luz se tornaba ya rosada lo que han soñado siempre los místicos y los profetas: la fusión entre el cerebro y el corazón.
La literatura de Cărtărescu es un evangelio vital y literario. Un océano creativo y visionario en el que sumergirse no es fácil, pero que como toda gran literatura exige un esfuerzo para ser recompensados.
»Ich gehöre zum Lande Mircea Cărtărescu, und ich bin sehr stolz darauf, der einzige Bürger dieses Landes zu sein.« [Cărtărescu in einem Interview in der FAZ]
Es ist unmöglich, einen Band der Orbitor Trilogie für sich alleine zu besprechen. Die drei Teile, jeder besteht wieder aus drei Teilen, bedingen sich in einer trigonalen Symmetrie wie die Dreifaltigkeit. Vieles erschließt sich erst, wenn man alle Teile gelesen hat. So gilt auch das hier Geschriebene für das Gesamtwerk (so wie auch meine Rezension des ersten Teils).
Um dieses »unlesbare Buch« zu beschreiben, könnte man das Bild einer psychoanalytischen Sitzung bemühen. Der Erzähler und Patient liegt auf der Couch, hinter ihm auf dem Stuhl der Leser als Urenkel Freuds, und im Laufe ungezählter Sitzungen kommen das Über-, Unter- und Unbewusste ans Licht: die Kindheit, vorgeburtliche Erinnerungen, Träume und Traumata, Visionen, Phantasien, Halluzinationen, und an der Wand über der Couch die zertrümmerten Ruinen und Statuen in einem goldgerahmten Gemälde von Desiderio Monsú.
[Monsu Desiderio - Der Untergang von Atlantis]
Möglicherweise ist dieser Vergleich zu bescheiden, zu harmlos, ein zweiter Versuch: Um dieses »unlesbare Buch« zu beschreiben, könnte man das Bild einer Autovivisektion bemühen. Der Erzähler, zugleich Operateur und Patient, Hohepriester und Opfer, entnimmt sich Hirn, Herz und Hoden, um diese in einer wahnsinnigen Eucharistie in den Leib Christi zu wandeln, sich einzuverleiben und solcherart befruchtet, dieses mit Sperma, Blut und Tränen geschriebene Buch zu gebären, das Buch über Mircea, der über Mircea schreibt, der über Mircea schreibt … ein bisschen geschmacklos, zugegeben. Aber wer sich daran stößt wird auch mit diesem Buch keine Freude haben.
[Leonardo DaVinci - Abendmahl]
Man weiss nie auf welcher Seite des Möbiusbandes man sich befindet: Psychoanalyse und Psychedelik, Leid und Erlösung, Raupe und Schmetterling, Plattenbau und Revolution, Traum und Illusion, Mysterium und Politik, Kosmologie und Quantenphysik, Acetylcholin und γ-Aminobuttersäure, Lust und Schmerz, Treppenhäuser und Aufzüge, Marmor und Bronze, Wirklichkeit und Abbild. Ein Erzähler, im Universalienstreit mit sich selbst, schreibt sich und sein neuropoetisches Universum zwischen die Buchdeckel seines »unlesbaren Buchs«.
Texte in Texten, Texte schreibende Texte, schließlich die kolossale Textur unserer Welt bildend, denn Existenz und Text, Seite und Rückseite, Raum und Zeit, Gehirn und Geschlecht, Vergangenheit und Zukunft bilden das Wunder, in dem wir in den letzten Zügen liegen, geblendet durch so viel Schönheit, und dessen Name Texistenz sein könnte.
Cărtărescu spielt mit seiner Sprache auf einer Barockorgel mit fünf Tastaturen und 100 Registern. Seine Ausdruckskraft und Vielseitigkeit sind unerhört. Ob Bauernflöte oder apokalyptische Posaune in der 32' Lage, sachlich oder grotesk, hart oder zart, sein Repertoir und sein Wortschatz sind schier unerschöpflich.
Mirceas Erinnerungen an Kindheit und Jugend, an das Familienleben, seine Erlebnisse in der Schule und im Wohnblock sind faszinierend. Die Sprache hier ist ganz unmittelbar, sie fängt Wahrnehmung, Fühlen und Denken des Fünfjährigen oder Fünfzehnjährigen mit Gespür und überzeugend ein. Wunderbar auch die Geschichten um Hermann, den Leidensmann und buckligen Tutor. Die Stadtansichten von Bukarest mit ihrem Kontrast aus Gründerzeit und Beton konnten mich überzeugen, so wie die trostlosen Bilder vom Leben in der rumänischen Diktatur, der Scheinwelt des Kommunismus, mit Witz und Ironie erzählt, oder die schrillen Auftritte des Securitate Offiziers Ionel und seiner sexsüchtigen Gattin, wie eine erbärmliche Karikatur des Ehepaars Ceausescu. Dagegen die großangelegten biblischen Visionen, die Halluzinationen und Traumsequenzen mit ihrer überbordenden Metaphorik wurden mir schnell langweilig - aber das ist Geschmackssache - meine Begeisterung für Fantasy ist mit den Jahren vergangen. Manches hinterließ mich auch ratlos oder sogar ärgerlich - etwa wenn der Erzähler ins Dozieren gerät, sei es über religiöse oder physikalische Themen. Das fällt irgendwie aus der Erzählung und ist für mich entbehrlich.
Der dritte Band, der den rechten, den "realen" Flügel der Wirklichkeit repräsentiert, bringt dann die Wende, und stilistisch noch eine Überraschung:
Damals ist etwas mit mir geschehen: Ich sah Mutter zu, wie sie in der Küche, bis zur Brust eingetaucht, gleichzeitig mit der Mühle und mit dem Winter und mit den Tauben, in den dichten Wassern meines Manuskripts schwamm, und mit einem Mal fragte ich mich, ob nicht etwa auch die Welt eine Form von Wirklichkeit sei, vielleicht ebenso in sich stimmig wie die Fiktion, ob nicht etwa auch das Leben ebenso wahr sei wie die Träume.
[Ceausecu flieht im weissen Hubschrauber aus seiner bescheidenen Immobilie, Dezember 1989]
»Damals« meint die rumänischen Weihnachten 1989 - Mircea verläßt seinen Elfenbeinturm der Imaginationen und geht auf die Straße, denn nicht nur die Träume sind »wahr«. Allerdings zeichnet Cărtărescu die Zeit der Rumänischen Revolution (oder war es ein Putsch?) als bitterböse, groteske Satire, wahrscheinlich das angemessenste Mittel, um diese Farce zu portraitieren. Während Mircea selbst - absurd, ohne zu wissen wie und warum - an der Revolution teilnimmt, verfolgen seine Eltern das Spektakel im Fernsehen (Gil Scott-Heron hat sich geirrt). Für mich waren diese Abschnitte nicht nur eine willkommene Abwechslung, sondern ein Höhepunkt des Buchs. Und mit der Charakterisierung der rumänischen Volksseele dürfte er sich in seinem Land nicht nur Freunde machen.
[Nachts gehen wir im Kreis und werden vom Feuer verzehrt]
Erwischt, das berühmte Palindrom ist ausgerechnet eines meiner Passwörter. Im dritten Band dient es unter anderem als Losungswort zur Teilnahme an einer spektakulären mystischen Hochzeit in der Villa Serbelloni am Comer See. Es könnte auch eine Referenz an den gleichnamigen Film (1978) von Guy Debord sein, einem der Begründer der situationistischen Internationale und Autor des Buches »Die Gesellschaft des Spektakels«. Nach Debord sind sowohl der Kapitalismus als auch der Sozialismus Ideologien des Spektakels, wodurch der Mensch der Wirklichkeit entfremdet wird. Debord ist jedenfalls kein Unbekannter in der (post)modernen Medienkritik und Kulturtheorie. Ob hier auch der Zufall passend Regie führt oder Cărtărescu tatsächlich auf den Film Bezug nimmt, (zu dessen Beginn das Publikum 30 Minuten lang beschimpft wird, weil es ins Kino geht, um in eine Phantasiewelt einzutauchen und sein fremdbestimmtes Dasein zu vergessen) das bleibt offen. Die Referenz gäbe allerdings einiges her für weitere Interpretation, eine weitere Drehung an der Metaschraube: »Das Spektakel ist das Kapital in einem solchen Grad der Akkumulation, dass es zum Bild wird.« (Guy Debord, in Die Gesellschaft des Spektakels).
Wie auch immer, zweifellos haben wir hier ein singuläres Sprachkunstwerk vor uns, ein größenwahnsinniges und latent autistisches Selbstbildnis, das Cărtărescu in vierzehn langen Jahren ausgebrütet hat. »Größenwahnsinnig« nicht nur wegen der Sprache und der Bilder, auch der Anspruch an ein Universalwerk ist in der Nachmoderne nach Der Tod des Vergil (nicht zufällig gerade dies, könnte aber auch Ulysses oder La recherche du temps perdu sein) eigentlich nicht mehr vorstellbar.
[Größenwahn 2.0 in Bukarest: die neue Kathedrale der Erlösung]
»Autistisch« wegen der egozentrischen Selbstbezüglichkeit, einer Rekursivität ohne Abbruchbedingung und gefährlich am Rand des Solipsismus - nicht nur wegen der Abwesenheit jeglicher Dialoge. Es ist kein Vorwurf, eher ein Symptom, dass Cărtărescu trotz seiner neuroanatomischen Belesenheit offenbar nichts von der Entdeckung Giacomo Rizzolattis weiss, den Spiegelneuronen, der biologischen Grundlage des Mitgefühls, wenn er schreibt:
Doch wie kann uns der Zahn eines anderen schmerzen, und wie können wir wissen, ob der Brüllende, dem die Augen aus den Höhlen treten, nicht ein Schauspieler ist oder ein Simulant? Wie kann ich deinen Schmerz fühlen, und wie kann ich dein Gelb sehen? Wie kann ich wissen, dass du nicht ein Traum meines Geistes bist, du, dem ein heftiger Stiefeltritt ins Gesicht die Zähne zermalmt hat?
Mein subjektives Rating für die Trilogie ist ★★★★. Es sind geschmackliche oder ästhetische Befindlichkeiten, die eine Höchstwertung vermiesen, und gemessen an dem hohen Anspruch, den das Werk an sich selber stellt, bleiben bei aller Anerkennung leichte Zweifel.
9 sobre 10 para ‘Cegador’, en mi opinión un pasito por detrás de ‘Solenoide’ (casi con toda seguridad porque el primero que leí fue precisamente ‘Solenoide’, que me sorprendió por completo). Tres librazos, tres soles.
El sueño se levanta. Estira su cuerpo flexible y truena con estallido de estatua. Deambula con la mirada incendiada dejando a su paso el surco donde germinan nuevas palabras. El final de Cegador recupera las hebras de los volúmenes anteriores, y con El ala derecha termina de levantar el vuelo esta mariposa alucinante. Cuatro años estuve volando junto a ella, cuatro años esperando entregas para ver condensar esta historia. Ahora está en mi sangre. Ahora late conmigo. Celebro su evolución en mí, su vida parasitaria, su obligatoria simbiosis.
La escena de la libertad rumana, con ecos de Pisístrato y su regreso a Atenas, estará entre mis mitos contemporáneos favoritos. Hoy, cuando los autoritarismos del mundo están de nuevo afilándose los dientes, novelas como esta y obras como la de Cartarescu son ambrosía para cerrar los golpes recibidos.
Para recordar que la imaginación, que el sueño, que la literatura son siempre más importantes de lo que creemos. Porque son vida en cambio. Porque son vida.
O carte pe care mi-o doream fără sfârșit. Să citesc și să tot citesc despre Mircișor, Știutori și magia fluturilor multicolori. Să rămân la nesfârșit în mintea fascinantă a acestui uluitor scriitor. O carte în care m-am cufundat cu totul, dincolo de lectură, am trăit-o cu emoție intensă și nostalgie. Foarte probabil că o voi reciti cândva.
E quindi con “L’ala destra” siamo alla conclusione, all’epifania di questa opera straordinaria, di questo illeggibile e incommensurabile libro tripartito - fin dalla prima pagina Cartarescu mette in chiaro che in questo terzo volume, ben lungi dal fornire una via di fuga dalla realtà con la sua immaginazione delirante ma meravigliosa, la visione ultraterrena, ultradimensionale e “Abbacinante” del tutto si confronterà con la dura, aspra e inevitabile realtà della Storia. La Storia, a Bucarest nel 1989 significa la vita orribile sotto il tallone del Conducator; la caduta improvvisa, ambigua e ricca di lati oscuri di un regime inumano; la rivoluzione e il nuovo inizio della Romania - e poiché l’ala destra della multiforme farfalla assume (tra i molti significati simbolici) il senso del futuro, protagonista centrale qui non può essere che Mircea stesso, autore, narratore, personaggio, motore di ogni azione e centro obbligato del finale escatologico di questo mondo magnifico e immenso. Ma dato che Cartarescu dichiara che noi esistiamo per sempre, come forme allungate lungo il tempo (quarta dimensione ortogonale allo spazio) e non limitati al presente, lo stesso Mircea ha molte forme di esistenza percepibile: è Mircisor, bambino che vive in varie case legato in modo simbiotico alla madre; è Mircea, trentenne disadattato e solitario scrittore; è Victor, gemello immaginato, presunto, reale, diabolico, presenza oscura di tutto il libro. Con questa scelta Cartarescu sembra voler dirci che una letteratura come la sua, che supera i limiti di tempo e percezione, aperta al delirio, al sogno, all’incubo, all’esoterismo e alla spiritualità, all’orrendo e al sublime non è fuori dalla realtà, ma, anzi, permette di vivere la realtà stessa nelle sue molteplici forme: visibili e non visibili, razionali e illogiche, pensabili e deliranti. Per quale motivo altrimenti l’autore di questo manoscritto, chiuso per centinaia di pagine nella sua stanzetta con vista sui tetti di Bucarest, sceglie di uscire per la prima volta il 22 dicembre 1989, di entrare in un gruppo di manifestanti, di fare esperienza della morte di una compagna di lotta e di finire in galera?
Quindi, sgombrato il campo dalle speciose critiche di chi dice che la letteratura che parla di realtà deve essere “realista” (come se esistesse davvero un modo “realista” di scrivere, poi…), posso tentare di esprimere perché leggere Orbitor è un’esperienza unica, totalizzante e assolutamente necessaria:
- perché le meravigliose e tremende costruzioni deliranti sono un inno all’immaginazione, alla voglia di andare oltre il visibile, il pensabile, il percepibile; e forse è la spinta migliore ad osservare e vivere tutto con occhi e la mente il più aperti possibile e a superare limiti che ci auto-imponiamo. - perché una visione in cui un bambino nasce all’interno di un cervello, come un tumore è quanto di più sconvolgente e al tempo stesso sublime si possa immaginare - perché non troverete in altri libri la capacità di esprimere con tale forza e con tale profondità la realtà della nostra condizione dicotomica, di spirito e materia fusi insieme, di un cervello che ci porta verso l’alto e di un organo genitale che ci porta verso il basso: e allo stesso tempo troverete un profondo senso di unità, di trascendenza, di senso ultimo di questa nostra condizione di scissi. - perché temi così alti, così eterni, così assoluti quali la nostra esistenza, il senso della realtà, il futuro del mondo sono scavati, manipolati, cesellati e deformati con una poeticità incredibile e assolutamente originale, usando parole molto tecniche (dalla biologia, alla neurochirurgia, alla fisica quantistica) e costruendo architetture mentali nuovissime, sulla base delle ultime scoperte scientifiche - perché Cartarescu rimane nella vulcanica tradizione balcanica ed il suo libro è anche pieno di divertentissima satira (come l’idea di 13 Ceausescu diversi) e di sardonica intelligenza nel criticare anche il proprio popolo ( il capo doveva sempre essere innocente, mentre la donna diventava un demonio non appena abbandonava i fornelli. ), - perché vedere le scale infinite di Escher, le geometrie frattali di Mandelbrot, le multidimensioni e le stringhe divenire strumenti di grande letteratura è una gioia per gli occhi e per la mente, perché significa che la scienza può essere poesia - perché saper ancora parlare di spiritualità, di Dio, di Panteismo, di Chakra e di escatologia oggi, con parole così nuove, con tale forza e riuscire a farlo scrivendo in modo divino (appunto) dà una grande speranza sul futuro della letteratura - perchè una così grande sfida letteraria viene conclusa in un modo praticamente perfetto, in un luogo ideale (la gigantesca Casa del Popolo, il più grande edificio del mondo dopo il Pentagono), tirando le fila di tutti i discorsi aperti in 2000 pagine, in un Natale '89 a Bucarest che è un giorno da apocalisse (piu' che l'alba di un nuovo mondo libero), dove Storia, miti esoterici, vicende deliranti ed oniriche e stessa esistenza dell'autore e del suo manoscritto convergono verso una unica fine.... - infine perché Cartarescu sa leggere anche dentro noi stessi lettori quando scrive: la mia follia e la tua malinconia, proprio la tua, quella che orienti ora verso il finale - e forse, una sottile malinconia esistenziale è quanto resta dopo essersi ripresi dal lampo abbacinante di questa opera….
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Eccomi arrivata alla conclusione di questi libri-mondo, in parte focalizzati sulla famiglia del protagonista; infatti - pur non trattandosi di una rigorosa ripartizione - nel primo volume “L’ala sinistra” conoscevamo Maria, in “Il corpo” Mircea e, con quest’ultimo tassello, abbiamo qualche informazione in più su Costel. La crisalide, che iniziava a far capolino dal suo bozzolo, è finalmente divenuta una farfalla. Ha ora raggiunto la sua completezza, sulle sue ali policrome ci libriamo ancora una volta all’interno di una bucarestina meta-narrazione in bilico tra il surreale e il reale. Di che parla “Abbacinante”? Non so dirvelo, se volessi mortificare oltremodo ciò che ho letto potrei dirvi che è una biografia romanzata allucinogena e illogica, ma c’è molto molto altro. Mircea è solo il tramite per un viaggio trascendentale sull’evoluzione dell’uomo. Una triade di libri unica nel suo genere e che, a tratti, sfocia nella follia; 1629 pagine di cui fulcro è il recupero della memoria individuale. È una lettura ostica che richiede massima perseveranza perché Cărtărescu sa essere davvero “respingente”, smantella - una dopo l’altra - tutte le nostre convinzioni su quello che comunemente definiamo romanzo e lo fa con foga e sfrontatezza. Non c’è continuità e questi ripetuti alti e bassi destabilizzano non poco. L’autore fa capo ad un linguaggio amplissimo ed è così che si avvicendano una sequela di reminiscenze e personaggi, riferimenti teologici, nozioni di biologia e filosofia. L’immaginazione corre a briglia sciolta e con essa i momenti di riflessioni. Le allegorie si sprecano – persiste ovviamente il leitmotiv della farfalla - ma ce n’è stata una che mi ha impressionata tanto per la potenza simbolica quanto per l’impatto visivo ossia È facile perdersi nelle mille divagazioni e nei repentini cambi di prospettiva, non resta che provare a seguire quel labile filo d’Arianna e, alla fine, ricomporne i pezzi così da uscire abbacinati da quel labirinto distorto che trasuda atmosfere ipnotiche e di sogno angoscioso. Anche stavolta il mio brogliaccio si è arricchito di citazioni di una veemenza narrativa fuori dal comune. Sono questi i libri che ti fanno sentire come se avessi osservato il mondo per la prima volta con occhi nuovi e di queste sensazioni bisogna farne tesoro.
El último capítulo lo leí saboreando cada frase. Los que leemos a Cartarescu sabemos que a veces el viaje es largo, pero en cada libro hay frases y hasta páginas enteras que te hacen sentir el por qué de todo, y sacan esa sonrisa cómplice entre lector y autor.
Abbacinante è composto da tre volumi: ala sinistra, il corpo, ala destra. Fin dal titolo dei diversi volumi, quindi, si mette subito al centro quella è una delle immagini fondamentali dell'intera visione di Mircea Cartarescu: la farfalla. Se è vero - e per me lo è - che di come è stato scritto un libro, di norma, è meglio tacere, Abbacinante fa eccezione. Cartarescu racconta di averlo scritto senza mai rileggere quello è successo prima, senza alcuna pianificazione. Come una visione. Questo procedimento di scrittura - sinceramente non so quanto autentico, il libro è così perfetto da rendere difficile crederci - è lo stesso che adotta Mircea all'interno del romanzo. Cartarescu, infatti, porta la tipica caratteristica metatestuale del post-modernismo all'estremo delle sue conseguenze ontologiche e filosofiche. Ma ci torniamo dopo. Quello che voglio dire ora è che la scrittura stessa di Cartarescu è pensata per innalzarsi a mondo, come un visore a 360 gradi che non lascia alcuna uscita al lettore. Ci stanno pochissimi a capo, pochissimi momenti in cui è possibile staccarsi. E' di una bellezza ipnotica, verso cui siamo impotenti. E' la bellezza che Cartarescu diverse volte riconduce alle farfalle e in particolare alle sue ali. Una delle immagini che ritorna in diverse occasioni è il frattale, declinato in moltissimi scenari differenti, sempre però con il costante richiamo e consapevolezza che ogni frattale, ogni sua variazione, richiama tutte le altre. Cartarescu, allora, con Abbacinante, cerca di ricreare proprio questa struttura frattalica, in cui ogni dettaglio è composto da interi universi pronti a dischiudersi e in cui lo sguardo del lettore precipita. Ma il frattale, così come la farfalla, non sono soltanto immagini letterarie, sono simboli dal profondo valore teologico. D'altronde, il romanzo stesso, per Cartarescu, è profonda teologia. Andiamo per gradi. La farfalla, i frattali e la metatestualità, e poi Cartarescu stesso.
LA FARFALLA Uno dei momenti più alti - e belli - dell'intero libro è quello in cui viene descritta la vita del bruco che diviene farfalla. Cartarescu utilizza uno degli strumenti fondamentali del romanzo, il punto di vista, per metterci al livello del bruco. Cioè, Cartarescu, attraverso il romanzo, ci fa diventare bruco. "Benché nessuno gli avesse promesso che dopo la morte sarebbe rinato dall'acqua e dallo Spirito Santo e che sarebbe diventato come gli angeli del Signore, il grande bruco del cervo volante aveva sentito all'improvviso un'inquietudine e una strana nostalgia di un altro mondo. Le interminabili vie che si era scavate nel cuore della quercia, segnate da ferormoni e da strisce sottili di feci, i dolci vasi di linfa e le amare fibre secchie, il ritrovarsi inaspettatamente nel labirinto di un altro bruco e il loro cieco scontro, i centomila volti della solitudine, il brontolio dei propri intestini e gangli, il fruscio degli anelli e dei piccoli arti cominciarono a sembrargli - da pieni di fascino e vitalità come gli erano sembrati per più di tre anni, in cui aveva vissuto senza estate e inverno, sole e luna, bene e male, femmina e maschio - sbiaditi, faticosi, insopportabili nella loro monotonia. Era stata questa la vita? Per questo era uscito allora dall'uovo, al punto zero della sua esistenza? [...] Adesso però aveva sentito il richiamo, era stato finalmente scelto per la redenzione e la grazia. Aveva sentito dal cielo un rimbombo forte e qualcosa come una lingua di fuoco era sceso e si era seduto su di lui. Allora aveva sentito il potere penetrarlo e cominciò a trasudare un liquido oleoso, che gli si indurì attorno come una corteccia impermeabile, come una mandorla pronta a portarlo su in cielo. E là dentro, umile, il bruco cominciò la sua meditazione". Vabbè, mi fermo qui, che avete capito dove si vuole andare a parare e si nota già solo da queste poche righe l'ipnosi della scrittura di Cartarescu che vi dicevo sopra. Quello che voglio sottolineare di 'sto pezzo è che è al contempo metafora e letterale. Il simbolismo è piuttosto evidente e si rifa a tutta la tradizione mistica - tradizione a cui, tra l'altro, Cartarescu pesca a pienissime mani, lavorando al contempo a una specie di attualizzazione del linguaggio mistico, specialmente integrandolo con il linguaggio della scienza, biologica e chimica specialmente. L'uomo sarebbe come quel bruco, alla ricerca di una trasformazione spirituale in farfalla. Una trasformazione completamente inconcepibile per la mente terrena dell'uomo - e del bruco. Il bruco come può concepire la farfalla? E' più o meno lo stesso discorso posto in esergo del secondo volume, tratto dalla Prima Lettera ai Corinzi di San Paolo: "vi sono corpi celesti e corpi terrestri, ma altro è lo splendore dei corpi celesti, e altro quello dei corpi terrestri". Questo tema della mutazione, dell'ascensione, è ripreso metaforicamente anche dall'ossessione di Cartarescu - ma sono tante, in effetti, le sue ossessioni, la più particolare quella verso l'ascelle e il loro odore muschiato - comunque, dicevo, è ripresa metaforicamente dall'immagine delle statue viventi e dalla variazione di uomini che si fingono statue. Il finale del terzo volume, sotto quest'aspetto, è emblematico: "Alla vibrazione tellurica delle urla abissali, l'involucro minerale delle statue scoppiò totalmente, e ciò ch'era stato sempre all'interno, la creature travagliata, condannata a un'immobilità eterna, rimase in piedi, diafana, livida e informe". E, ovviamente, questo è solo il primo stadio verso la trasformazione in farfalle. D'altronde, cosa sono gli uomini se non statue ricoperte di carne? Il destino del bruco, quindi, è il destino dell'uomo che cerca la salvezza e la redenzione. Dell'uomo che cerca di trascendere la propria corporeità. Però, sarebbe sbagliato vedere nel bruco che diviene farfalla un simbolo e basta. Poiché la divinità non si manifesta soltanto attraverso l'uomo, bensì attraverso tutto ciò che esiste. Il bruco che diviene farfalla è, allora, qualcosa di più che un indizio per il destino dell'uomo. La teologia di Cartarescu non è mai esoterica. E' sempre in bella vista: "Siamo zone del Signore, pixel di Dio, piccole squame colorate sopra un'ala di farfalla estesa quanto l'universo e che svolta all'interno della propria cornice". Ritorna, qua, tra l'altro l'idea del frattale intesa non solo verso il basso, ma anche verso l'alto. Comunque, non è soltanto attraverso la vita dell'uomo, ma nell'esistenza di tutto ciò che è che si percepisce la divinità. E qua diventa centrale la metatestualità.
METATESTUALITA' Allora, che gli scrittori compaiono nei propri libri non è proprio una novità. La mia preferita è Stephen King che si fa sventare l'incidente che mezzo lo ammazza dai personaggi de La Torre Nera. D'altronde, la stessa consapevolezza ironica del libro è un po' una caratteristica della letteratura post-modernista a cui, comunque, Cartarescu si rifa abbastanza. La particolarità della metatestualità di Abbacinante è il suo aspetto esplicitamente teleologico. All'interno di Abbacinante, infatti, per tutti e tre i volumi si dipana una, boh, definirla sottotrama implicherebbe la presenza di una trama principale, storia, meglio, si dipana una storia che vede una setta, chiamata Scienti, che ha l'obiettivo di portare alla nascita di Mircea e alla scrittura del suo libro. Allora una storia stessa di Abbacinante è quella che porterà alla scrittura di Abbacinante, o, meglio, la dedizione dei suoi personaggi affinché Mircea, in un lontanissimo, sperduto futuro dai toni apocalittici, scriverà Abbacinante e li farà esistere, poiché soltanto all'interno del libro loro esistono. "No, dio non è morto, lui è ciascuno dei nostri istanti o, per meglio dire, lo sarà. Perché noi tutti aspiriamo a divenire un giorno organi, ghiandole, sistemi e apparati nel suo corpo, neuroni nel suo talamo, spermatozoi nelle sue borse o semplicemente quark nell'abisso della sua materia. E l'intero nostro mondo è un proiezione del nostro sé verso di lui. Non è Colui-Che-E', ma molto di più: Colui-Che-Sarà. [...] Dio nasce dal cuore della sua creazione per poterla creare. Tutti i mondi esistono per venire esistiti. Sono tutti gravidi dei loro dèi, le monadi sono donne incinte di statue di luce, l'albero stellato è in fiore e nelle ovaie dei fiori c'è vuoto e gioia. tutti i creatori sono le creature delle loro creature, nascono per crearle, formando una dualità inscindibile". Proprio come per il discorso sulla farfalla, l'esistenza della divinità è possibile soltanto attraverso l'esistenza delle creature che la generano, poiché di essa è composta. Il discorso metatestuale - di cui, tra l'altro, i frattali sono richiamo visivo - mette in luce il rapporto fra l'esistente. I personaggi di Abbacinante cercano di creare Mircea affinché lui possa crearli, ma al contempo il Mircea del libro, in un momento esplicito, vede la penna del Mircea reale scrivere di lui, in un rapporto infinito di metatestualità frattalica, in cui cui creatore e creatura si creano vicendevolmente. Ma torna di nuovo utile l'immagine della farfalla, vera e propria chiave di lettura dell'intera opera. Infatti, il libro, per quanto completo, se non viene letto non è altro che un bozzolo. Verso la fine del secondo volume, Cartarescu fa intuire come soltanto nella mente del lettore il libro, la scrittura, diviene veramente farfalla. Allora, la creazione dell'universo letterario, il momento della sua scrittura, è soltanto la fase embrionale, il passaggio da bruco a pupa. E soltanto quando vi è il lettore, con il libro fra le mani, a leggere di questi personaggi, soltanto allora, il libro diviene farfalla, nella sua struttura completa e immortale. E, nell'infinito gioco di richiami e connessioni, questo è il destino stesso dell'uomo. L'immortalità proprio come immortale è il libro, nonostante, anzi proprio perché dotato di inizio e fine. "La fine del libro significa la sua distruzione? In realtà, vivi una vita perpendicolare al tuo corpo, una vita con una dimensione in più. Sei tutta la tua storia simultaneamente, così come il tuo corpo non avanza dalle piante dei piedi verso il cocuzzolo, ma è dato tutt'intero allo stesso tempo. Sei il tuo destino, perpendicolare alla tua vita, splendente e immortale nell'eternità [...] Moriremo tutti fino all'ultimo, come finiscono tutti i libri, ma tutti siamo interi e viventi in Akasia, proprio come si può, in qualsiasi momento, prendere un libro da uno scaffale, aprirlo a caso e rileggerlo, anche se lo si è già finito da tempo". Perché, nella teologia di Cartarescu: "A ogni istante della nostra vita, siamo sezioni sottili, da tomografo, del vero nostro corpo, che è simultaneo e mirifico, comprendente le tre dimensioni più il tempo. Questo oggetto che vive nell'ipertempo è quello che veramente esiste al mondo". E, insomma, fra perpendicolarità e dimensioni, mi sa che è il momento di dire due robe sulla geometria di Abbacinante.
CARTARESCU Non so se ci avete fatto caso, ma finora non ho detto un'acca sulla storia. Zero. E se dovessi dire di che parla Abbacinante probabilmente direi boh, zio, di Mircea, credo. Il fatto è che Abbacinante è letteralmente Mircea. E' un viaggio dentro di lui in due direzioni: una verticale e una orizzontale. La verticalità è quella della profondità, del cervello e della spiritualità. E' il movimento verso l'alto della farfalla. L'orizzontalità, invece, è il movimento del sesso e della storia. E' il movimento verso l'avanti del bruco. Ma sono anche i movimenti della madre e del padre, che, insieme, creano Mircea. Abbacinante, come dicevo sopra, è diviso in tre volumi. Il primo, l'ala sinistra, è quello materno, e anche il più visionario dei tre - visionario nel senso che ci si abbandona prepotentemente alla visione mistica -; il secondo, il corpo, è dedicato all'infanzia di Mircea, ed è un po' un miscuglio di ricordi e visioni; il terzo, l'ala destra, è invece dedicato al padre e alla rivoluzione rumena dell'89. Ora, cioè, non è che la divisione è così netta, lo stile di Cartarescu è sempre piuttosto omogeneo e caratterizzato dalla capacità di "abbattere il muro che separa l'allucinazione dal reale - invertendone spesso la polarità! - e immaginavano così tanti altri mondi psichici, virtuali, frattalici, per cui la realtà non era che uno dei due termini, né il più riuscito né il più verosimile". Cioè, per capirci, la rivoluzione rumena è descritta come una donna alta 10 metri che viene sfruttata da un gruppo di circensi per prendere il potere e dopo stuprarla. O, ancora, la capacità della madre di tessere un tappeto che contenga tutto l'esistente - di nuovo: i frattali - è vista con estremo sospetto dal regime che ha paura che vengano divulgati dei segreti. Quindi, cioè, se finora si è parlato di mistica è soltanto perché è l'aspetto che più salta all'occhio, ma Abbacinante è anche un romanzo profondamente politico e satirico che batte fortissimo sulla stupidità e il grottesco del potere. D'altronde, come può non venire associata a stupidità e grottesco il Casa del Popolo di Bucarest, simbolo del potere di Ceausescu? "In realtà, la Casa del Popolo non era un edificio, era tutti gli edifici insieme, di tutti i tempi e di tutti i continenti". Allora soltanto l'allucinazione potrà essere abbastanza verosimile per descriverlo. Comunque. Stavo divagando. E' che quando un libro colpisce, è impossibile smettere di parlarne - forse unico vero metro di giudizio. Dicevo. Abbacinante è Cartarescu. Il movimento verticale nel tempo e quello orizzontale dello spazio servono proprio a raccontarci chi è lui, chi è la sua famiglia. Allora, Abbacinante diventa una specie di Alla ricerca del tempo perduto quando tutto si concentra nell'infanzia e nel suo ricordo. Cioè, quello che voglio dire è che Cartarescu con Abbacinante si pone il più ambizioso dei progetti: crearsi. Riversa, allora, in "questo libro illeggibile, questo libro" tutto se stesso. E soltanto nel momento in cui verrà letto, nella farfalla mentale del lettore, egli prenderà veramente esistenza. D'altronde, di nuovo, è Cartarescu stesso che nel suo fiume di parole, esplicita il suo piano. In un passaggio che ora non ritrovo che comunque sono tante pagine e pochi punti di riferimento, Mircea parla della redenzione e della salvezza, e quindi dell'esistenza umana, come un fatto per un'unica persona: ogni universo, ogni libro, esiste per un'unica persona. Una volta che quella persona muore, il suo universo muore. Ovviamente, gli universi sono infiniti tante quante sono le esistenze - dai fiori alle persone. Scrivere di Mircea, allora, è farlo esistere, salvarlo e redimerlo, proprio attraverso la lettura. Biografia e metatestualità vanno così a convergere. Il lettore non è soltanto passivo, ma è chiamato a divenire il Dio che darà l'esistenza e la conclusione a Mircea.
4,5⭐ Cartarescu és Cartarescu, i en aquest final brilla en tot el seu esplendor. A més a més, descobrir la seva faceta més historicista, m'ha agradat moltíssim. És estrany, però possiblement aquesta vegada he gaudit més els passates realistes que la resta.
I és que potser, potser... Algunes coses se m'han fet una mica repetitives en aquesta tercera part. Normal, però la recurrència de simbolismes a vegades m'ha sobrepassat i, sobretot, me'n he adonat que ja han perdut en mi l'efecte meravella de les primeres vegades.
Sigui com sigui, un final de trilogia esplèndid, simbòlic, dens i exigent. I una trilogia que val molt, molt la pena 💕
Ho trovato il libro che chiude la trilogia di Abbacinante a un livello qualitativamente leggermente inferiore rispetto ai due volumi che lo precedono. D’altra parte, se ne L’ala sinistra e – soprattutto – ne Il corpo, Cărtărescu aveva potuto spingere la fantasia in tutte le direzioni senza preoccuparsi troppo del fatto che la trama risultasse diluita in mille rivoli, ne L’ala destra è chiamato a percorrere una strada obbligata: andare cioè a chiudere tutte le parentesi rimaste aperte nei volumi precedenti e a riprendere i mille fili del discorso per ricondurli a una conclusione unitaria. Compito non da poco, che Cărtărescu riesce comunque a portare a termine senza forzature evidenti. Detto questo, è giusto aggiungere che Abbacinante rappresenta un unicum nel panorama della letteratura mondiale contemporanea e che con L’ala destra l’autore aggiunge un altro tassello alla sua costruzione fantastica, costruzione che – al solito – tende a sfuggire all’analisi perché risulta sempre in movimento, espandendosi in tutte le direzioni: verso l’alto come verso il basso, in profondità come nello spazio e anche nel tempo. Cărtărescu prende le rette lungo le quali scorrono queste dimensioni e letteralmente le curva, portandole fuori strada, verso un altrove sconosciuto, aggiungendo cioè dimensioni all’universo (Si potrebbero vedere in successione mondi che si sviluppano e muoiono e, così come è possibile guardare nel forziere disegnato su carta di un mondo a due dimensioni, mentre le creature di quel mondo fissano il loro sguardo sulle loro pareti fatte di una sola linea, dalla fine illimitata del mondo con una dimensione in più possiamo guardare (e penetrare) in case inchiavardate, in crani, in vagine, nella struttura raffinata dello spazio di Planck. Leggeremmo tutti i pensieri e non ci resterebbe nulla segreto. Saremmo allo stesso tempo fra i discepoli istupiditi, moriremmo a un tratto dentro prigioni rinserrate con spranghe e grosse catene). Cărtărescu è simile al falco che osserva dall’alto il mondo sotto di lui: a volte vola altissimo oltre le nuvole, rendendosi invisibile al nostro occhio, a volte plana in picchiata velocissimo, verso un punto infinitesimale là in fondo, raggiungendolo in un attimo per poi, sorprendentemente, penetrare al suo interno, passando dall’infinitamente grande all’infinitamente piccolo in un attimo, lasciando il lettore con un misto di vertigine e appagamento che è la cifra di questa prosa. Non si può usare altro termine che vertigine per una storia che a differenza di tutte quelle nelle quali mi è capitato di imbattermi nel corso delle mie letture, risulta “viva”, clamorosamente viva. Non appena le parole si posano sul foglio, ecco che iniziano a muoversi, a stabilire connessioni nuove, evidenti o sotterranee, diventando altro da sé; che senso ha, allora, cercare di dare un’interpretazione univoca a un’opera come questa? Inutile, impossibile. Molto meglio lasciar perdere e seguire Mircea lungo le pagine, lasciandoci portare dal suo vaneggiamento come fossimo viaggiatori su un treno che attraversa paesaggi sconosciuti e meravigliosi: mettiamo da parte le domande, non chiediamo dove siamo e dove stiamo andando, ma guardiamo fuori dal finestrino e lasciamoci travolgere da tanta bellezza, sapendo che quello che stiamo osservando è diverso per ognuno di noi, perché ognuno di noi vede con la sua sensibilità, con la sua fantasia, perché in realtà stiamo sognando. Abbacinante è il viaggio di un visionario verso la Bellezza assoluta, una cavalcata folle e solitaria alla ricerca di una porta che ci permetta di uscire dalla vita a due dimensioni, una porta che permetta di dare realtà ai nostri sogni. Abbacinante è un viaggio impossibile e Cărtărescu un epigono di Prometeo o di Icaro, un visionario che pur sapendo di essere destinato al fallimento non può fare a meno di sforzarsi di trascendere questa realtà: volando alto, volando oltre, volando verso un mondo di sogno nel quale gli opposti andranno ad armonizzarsi e a costituire la forma perfetta, dalla quale ripartire poi verso uno stato successivo.
«¿Cómo habría podido su pobre soberbia infantil enfrentarse al poder del Leviatán? Avanzaba entre los ruinosos monumentos orgánicos, descansaba en unas vértebras tan altas como él, se acurrucaba en las órbitas en las que cabía perfectamente, como si él fuera su propio ojo, evaporado mucho tiempo atrás... Entraba en la gruta de una roca inmensa, descendía entre flores de malaquita y erizos de cuarzo hasta la gran sala de un mausoleo subterráneo. ¡Era como una catedral sumergida, pero mucho más melancólica! Había por todas partes colosales monumentos funerarios de piedra marmolada, verde y roja, pulida hasta brillar como un espejo. Había columnas acanaladas, muchas desbaratadas y derrumbadas en el suelo con mosaicos geométricos, tan suave y pulido también tan vasto, que veías su curvatura siguiendo la de la tierra. Sobre los gigantescos sarcófagos de pórfido y granito había estatuas traslúcidas que sostenían cruces de ónix o esferas de ámbar y seguían al niño con sus ojos ciegos, con sus labios fruncidos, cargados de desprecio. Grandes cuadros con marcos barrocos representaban esqueletos humanos con tiras de carne seca pegadas todavía a ellos, con restos de cabello erizado en las nucas de los cráneos pelados, que asaltaban a una mujeres rubicundas, rubias y aterradas, las tiraban en los lechos con baldaquino y, mientras les mostraban triunfantes la clepsidra medio vacía, las violaban salvajemente, asaltaban cinco o seis a una mujer sola, como una manada de lobos que hubiera arrinconado a una cierva. Otras pinturas rezumaban una luz crepuscular, en la que, transparentes como el azúcar, unos edificios antiguos, templos y baños y villas con frontones triangulares y ventanas redondas se arruinaban en soledad. En sus losas de piedra ciclópea, pequeños grupos de gente con ropajes desconocidos formaban ridículas procesiones, como los pulgones de las plantas. Pues la más modesta de las bóvedas, el techo más bajo sobre las pilastras de alabastro eran cien veces más altos que ellos. Arriba, nubes retorcidas, irreales, manieristas acrecentaban la soledad hasta la desesperación».
Es difícil referirse a Cartarescu sin hacer comparaciones. Algo de Borges, también de Bolaño, mucho de Garcia Márquez y también de Cortázar. A veces también me recuerda a Pamuk. Pero sobretodo Cartarescu es Cartarescu, un escritor de una estatura enorme. Está trilogía desborda y deslumbra por su abundancia, su belleza, originalidad y por el despilfarro de inteligencia y sabiduría. Quiero usar algunos adjetivos que me acercan, pero me dejan todavía bastante lejos de lo que quiero expresar de esta magna obra: onírica, psicótica, bíblica, enciclopédica,total.
Oh Mann, geschafft. Der dritte Band der Orbitor-Trilogie bildet den Abschluss eines wahrhaften Monumentalwerks. Das revolutionäre Bukarest im Dezember 1989 dient als Hintergrund der Erzählung. Doch im Grunde geht es in dem Roman-Zyklus um eine tiefgreifende Erkundung der conditio humana. Die Vielschichtigkeit der Erzählung sprengt einem als Leser fast den Schädel. Für mich zählt Mircea Cărtărescu zu den ganz Großen der Literatur.
Net als de eerste twee delen is ook Het onmetelijke mausoleum een absolute voltreffer. Deze trilogie is alles wat ik van goede literatuur verlang en verdient een lange, diepgaande bespreking. Na het toeklappen van het laatste boek ben ik echter alleen in staat om wat voor me uit te staren. Misschien later.
La més pol·lítica de les novel·les de la trilogia “Encegador”. Tarda una mica en arrencar, i ja no té l’efecte sorpresa de les anteriors (la meva preferida segueix sent la primera part), però té alguns capítols desbordants d’imaginació i al·legories; el ritual místic d’en Witold a les ribes del llac Como, la perorata d’en Herman sobre els “artefactes”místics, o la narració de l’infame Victor, per posar alguns exemples. Un cop hi entres, ja no la pots deixar anar.
E se il superamento del postmoderno constasse proprio di questo inerpicarsi sull’infinite jest, di questo rifare capolino nella tanto coglionata trascendenza?
Va ammesso: quando l'autore si decide a narrare qualcosa, a narrare degli eventi senza lanciarsi in visioni psicocosmiche lungo pagine e pagine, anche la sua prosa scende a quote più basse, si avvicina alla materia dei comuni mortali, del lettore comune. Forse perché con la quotidianità si trova meno a suo agio, o forse, al contrario, per una scelta precisa di imbrigliare quella pirotecnia stilistica che altrimenti sa scatenare, che lascia senza fiato. In questo libro trovano ampio spazio i giorni della rivoluzione romena del 1989. Certo, è spesso trasfigurata, è popolata da eventi fantastici e immaginarî, su tutti le statue dei personaggi storici illustri che prendono vita, ma anche l'incarnazione della rivoluzione in forma di donna gigante che vaga per le strade. Eppure c'è comunque tanta quotidianità, c'è tanta realtà, e c'è soprattutto da sbattere la faccia contro la miseria, materiale e morale, che il regime aveva imposto alla popolazione negli anni precedenti. Come sempre per questo autore l'abiezione e il sublime si mescolano, senza che sia possibile sceverarli, forse perché, in fondo, non sono che la stessa cosa, o perlomeno due lati della stessa identica moneta.
Giunti al termine della lettura di “Abbacinante” si può apprezzare pienamente la simmetria sottesa alla costruzione della trilogia. Così come i titoli dei tre libri fanno riferimento alla figura della farfalla, in cui le due ali si presentano come immagini speculari rispetto al suo corpo, allo stesso modo ogni singolo volume può essere idealmente attribuito a un personaggio distinto, ossia Marioara nel primo e Costel nel terzo, le cui vite riflettono e compendiano quella del figlio Mircea, protagonista assoluto dell’intera trilogia, ma soprattutto perno unico e incontrastato della sua parte centrale. Ne “L’ala sinistra” ad esempio era stata narrata favolisticamente la discendenza di Marioara da Vasili, il ragazzo senz’ombra della stirpe dei Badislav, mentre ne “L’ala destra”, in modo altrettanto mitico, si racconta delle nozze mistiche, in una magica villa sul lago di Como, del principe Witold, appartenente all’aristocratica famiglia polacca degli Csartarowski, con Miriam, una ragazza ebrea che diventerà la bisavola di Costel. Con questo espediente leggendario Mircea si attribuisce una genealogia fuori del comune, un po’ – se vogliamo – come nei Vangeli di Matteo e di Luca, in cui Giuseppe viene fatto discendere dal re Davide, in modo da poter attribuire a Gesù la legittimazione di ultimo germoglio dell’albero di Jesse. Il riferimento alla Bibbia non è così peregrino, giacché l’opera di Cartarescu avoca a sé in diverse circostanze la qualifica di “vangelo”. E’ la singolare e particolarissima teleologia dell’autore romeno, secondo cui l’uomo è come un bruco, incapace di immaginarsi una realtà diversa dal suo essere un banale organismo amorfo, un semplice tubo digestivo dotato di vista, eppure destinato a trasformarsi in una mirifica farfalla, simbolo dell’anima che anela con tutta se stessa a un’ultravita trascendente e miracolosa. Siccome la salvezza non è malauguratamente per tutti, ma, similmente allo spermatozoo che, unico tra i milioni di altri spermatozoi, riesce a fecondare l’ovulo, è appannaggio solamente di un essere eletto, predestinato, Cartarescu attribuisce un carattere messianico a se stesso e alla sua opera. Non deve sorprendere perciò che in ogni pagina di “Abbacinante” l’unica parola che conta è: io. Autobiografia folle e visionaria, che si affida ai sogni e alle visioni per recuperare un passato in cui si nasconde il segreto più autentico dell’esistenza, “Abbacinante” è perciò stracolmo di momenti onirici, allucinati, in certi momenti simili a un vero e proprio trip lisergico. Nel suo megalomane ma indubbiamente geniale monologare, l’autore non si fa scrupolo di scomodare una misteriosa setta, gli Scienti, il cui compito è quello di volgere il corso della Storia per far sì che, al suo termine, il giovane Mircea sia in grado di scrivere il suo manoscritto; rischia consapevolmente il ridicolo descrivendo una sorta di miracolosa concezione, quando un bambino nasce dentro il cranio di Herman, “l’uomo della sofferenza”, cresce al suo interno come un tumore e viene dato alla luce in una sorta di apocalittico finale, in cui lo stesso Padreterno fa capolino, assiso sul suo trono, sopra la cupola della Casa del Popolo di Bucarest; e dissemina l’intero libro di altre fantasmagoriche sequenze oniriche, come quando Mircea vola sui tetti della capitale, risvegliando un intero popolo di statue, atlanti, cherubini, mascheroni e gorgoni che si animano e scendono dalle facciate e dai piedistalli per incontrarsi nell’oscurità deserta e silenziosa della notte, oppure quando Mircea sogna di scendere in un buio e profondo seminterrato dove ci sono le macchine che tessono il reale, creando i rimpiazzi e le parti di ricambio per le cose che nel mondo soprastante si logorano e si consumano, e da lì prosegue in altri mondi, stupefacenti o spaventevoli, incontrando uomini scheletrici e mutilati, pupari di lepidotteri dentro sarcofagi iridescenti, statue ciclopiche, trasformandosi addirittura in una ragazza e sperimentando il terrore più insopportabile come la bellezza più estatica. I sogni per Cartarescu sono più reali della stessa realtà: tramite essi l’autore può tornare nella casa di Floreasca abitata quando aveva solo pochi mesi di vita, quando cioè era troppo piccolo per serbare dentro di sé una qualche memoria, e può recuperare i ricordi, le sensazioni, perfino gli odori e i colori, di tutte quelle esperienze parimenti seppellite in antichissimi strati archeologici del proprio io. La fantasia si confonde pertanto con la vita, come se ci trovassimo sopra un nastro di Mobius con un lato di realtà e uno di sogno, entrambi riflettendosi a vicenda, ognuno dalla parte opposta dello specchio. Se il manoscritto di Mircea è “più vero del mondo”, tuttavia la realtà preme, pretende spazio con la sua cruda, urgente evidenza, e alla fine fatalmente si impone. Siamo alla fine del 1989 e, similmente a quanto accade in altri Paesi dell’Europa dell’Est, anche in Romania scoppia la rivoluzione. Il dittatore Ceausescu, che ha governato dispoticamente il Paese per decenni, imponendo il più bieco culto della personalità, affamando letteralmente la popolazione e terrorizzandola con la sua polizia segreta, la famigerata Securitate, viene crudelmente deposto dopo una sanguinosa insurrezione. “Sono tempi difficili, tempi apocalittici. Stanotte ho visto persone morire – scrive Cartarescu -. Cosa c’entro io con tutto ciò?” Il “mostro solitario, senza donna, senza casa, senza una pietra su cui poggiare capo, destinato a scrivere, per anni e anni, un libro illeggibile e infinito, ma che avrebbe sostituito un giorno l’universo”, è costretto ad uscire dalle sue “caverne interiori” per trovarsi “immerso fino al collo nelle sottane sporche della storia”, a gridare nelle piazze di Bucarest, in mezzo a migliaia di altri dimostranti, slogan contro il dittatore, e venire perfino arrestato per una notte. E’ una sfida enorme, per colui che ha fatto dell’io il solo Verbo possibile, quella di confrontarsi con “questo scarabocchio osceno sopra un muro chiamato Storia”. Cartarescu vorrebbe essere come “l’uccello che vola sopra il campo di battaglia e non sa cosa significa Stalingrado”, ma l’attualità impellente lo riporta giù a terra, schiacciato tra decine di altri corpi accaldati e infervorati. Come fare allora per impedire che il manoscritto diventi diario, “intriso di ciò che più ho detestato fino a oggi: della trama di caos e pestilenze e orde e sovrani e mancanza di senso e infelicità; cioè di storia, storia, storia”? Al contrario di Uwe Johnson, che ne “I giorni e gli anni” aveva scelto, in polemica con il narcisismo solipsistico tipico di certa letteratura allora in voga, proprio la forma del diario, Cartarescu decide di raccontare la rivoluzione alla sua maniera, e cioè fantasmagoricamente, il più possibile lontano dal piatto realismo: basti pensare che essa è rappresentata da una gigantessa alta dieci metri, abbigliata con il costume tradizionale romeno, che la scalcagnata troupe di un circo bucarestino sfrutta cinicamente per prendere il potere rimasto vacante, per poi stuprarla in una sorta di orgia collettiva. Simbolismo e fantasia si mescolano in maniera inestricabile, la realtà scivola nel misticismo, e la stessa Casa del Popolo, simbolo del potere assolutistico di Ceausescu, si trasfigura diventando una location favolosa e assurda, con corridoi infiniti, statue alte decine di metri e cupole che arrivano, come una torre di Babele dei tempi moderni, fino al cielo. “L’ala destra” è un distillato del Cartarescu più puro. Il sogno si confonde con la realtà, la finzione letteraria con la vita (“Non so più quando vivo e quando scrivo”), il testuale con il metatestuale (il giovane Mircea che scrive il manoscritto si sovrappone all’autore adulto che compone il libro che stiamo leggendo e che spesso si rivolge direttamente al lettore in una sorta di dialogo extra-diegetico), l’infinitamente grande con l’infinitamente piccolo (si pensi al sogno in cui Mircea, rinchiuso in un autobus sovraffollato, si solleva fino a vedere dall’alto la città, e poi l’intero pianeta nella notte profonda piena di stelle, fino a perdersi in una miriade di mondi, e poi a quello opposto in cui il piccolo protagonista, guardando il muro della sua stanza con una risoluzione quasi infinita, penetra, come se fosse chino su un microscopio, nella struttura infinitesimale della materia, dagli acari dal corpo traslucido alle loro cellule, dai quark fino “ai granuli di spazio e alle perle di tempo che nemmeno la vista in assoluto più penetrante, quella degli embrioni, degli angeli e dei defunti, avrebbe mai potuto eviscerare”). In questo libro che sembra non avere un baricentro e che non a caso lo stesso autore definisce illeggibile, in questo testo dalla struttura frattalica (“ogni punto posto sopra l’immensa mappa concava era tutti i punti, ogni volto tutti i volti”), in questa opera contorta e tortuosa in cui il futuro non esiste se non come nostalgia e il passato è conoscibile solo attraverso il sogno o il delirio, il lettore rischia più volte di perdersi. Eppure, quando tutto sembra vorticare nel caos più totale, fino a far assomigliare “Abbacinante” a una sorta di Apocalisse giovannea, con una improbabile nascita di un Messia dal cervello-utero di Herman, con le statue animate di Bucarest a fare le stravaganti veci dei pastori della Natività, e gli abitanti della capitale distrutta assunti al cielo in una sorta di boschiano Giudizio Finale, alla fine Cartarescu riesce miracolosamente a dipanare tutti i fili dell’aggrovigliata matassa intrecciata nel corso dei tre tomi. Nel titanico Palazzo del Popolo tutti i simbolismi (le farfalle, le statue, i labirinti, gli specchi) trovano la loro ragion d’essere, tutte le antinomie (immanenza/trascendenza, scatologia/escatologia, oscurità/luce, cervello/sesso, sofferenza/estasi, peccato/purezza, uomo/donna) vengono condotte alla loro riconciliazione, così come tutti i personaggi della trilogia, quelli apparsi anche solo in una riga o dentro una parentesi, perfino il gemello perduto Victor, scorrono in rassegna in un modo che mi ha ricordato il pirotecnico finale del felliniano “8 e ½”. Quello che è indubitabilmente uno dei più originali capolavori della letteratura contemporanea si conclude in una spettacolare sarabanda che sancisce, a dispetto di ogni constatazione pessimistica (che il mondo è abietto e crudele, che la vita dura troppo poco, e così via), il miracolo dell’esistenza. Se è vero che l’uomo è un pigro animale che sembra aver dimenticato che il suo destino è quello di evadere dai rigidi confini in cui è intrappolata la propria esistenza per assurgere a quelle altezze trascendenti che vanno ben al di là delle tre dimensioni che i suoi sensi sono in grado di percepire, è altrettanto vero che ogni vita, anche la più transitoria, anche la più miserabile, è un prodigio ineguagliabile, e Cartarescu lo confessa in una maniera inaspettatamente commovente: “Eppure, che miracolo essere esistito! Come sarebbe stato se non fossi mai nato? O se fossi stato un verme in fondo all’oceano, un virus in una cellula infetta? Come sarebbe stato se non avessi potuto dire a te, che leggi ora queste righe: ho vissuto. E vivo ancora. Sono accanto a te, sono in te, sono nella tua mente e nel tuo cuore. Non posso vedere i raggi x e i raggi gamma, non posso sentire ciò che sentono i pipistrelli, non avverto il fremito vivo dell’universo, non comprendo la fragranza di rosa della mente, non posso far sì che la montagna si getti in mare. Posso però muovere le mie dita e posso vedere il blu e il verde, e posso udire il sussurro di certe labbra a me care. Non mi ricordo la faccia di Artaserse, ma non dimenticherò mai quella del vecchio Nicu Bă̆. Non ho vissuto che un momento, ma abbastanza per potere dire: ho vissuto.”
Am reușit astăzi să pun capăt lecturii ultimelei cărți din trilogia "Orbitor", anume Aripa Dreaptă, sentimentul predominant la finalul acestei povești cuprinsă în 1500 de pagini fiind unul de uimire combinată cu bucurie.
Continuarea poveștii încâlcite a lui Mircea și a știutorilor a luat o întorsătură diferită față de primele volume, prezentând un București în plină revoluție, în care foamea și frustrările erau la ordinea zilei fiind în contradicție cu atmosfera caldă și pașnică în care Mircișor și-a trăit copilăria.
Cărtărescu reușește să descrie într-un mod unic haosul si disperarea acelor momente de răzvrătire națională ce au dus la doborârea regimului comunist, adăugând o notă hazlie întâmplărilor mai mult sau mai puțin reale relatate în filele cărții. Revoluția, determinarea maselor populare, dorința orbitoare a unui viitor mai bun sunt elemente puternice ce se resimt în carte prin prisma personajelor ce iau viața în acțiunea acesteia.
Bucureștiul comunist cu edificiile statului descris în această trilogie mi-a trezit o curiozitate, m-a făcut să vreau să văd acele străzi cu ochii mei, să recunosc casele galbene cu atlași ce țin ferestrele si gorgone cu flori și șerpi în frunte de la geamuri. Combinația de vechi si nou in aceasta lume a lui Cărtărescu este de asemenea și o luptă între frumos și urât în care frumusețea biruie mereu.
Aripa dreaptă readuce în scenă toate personajele prezentate în celelalte cărți pentru o ultimă acțiune ce va determina cursul vieții lor din povestea lui Mircea. Știutorii reușesc să își ducă la capăt misiunea și Mircea trăiește să termine manuscrisul său sacru, reușind să ajungă la final.
Dar ce înseamnă finalul? Aceasta este una din cele mai mari întrebări lansate în lume, ce înseamnă moartea unei ființe sau a unei lumi? În cazul lumii orbitoare a lui Mircea Cărtărescu, apocalipsa acaparează universul descris pe hârtie și vine odată cu fratele geamăn pierdut demult, Victor, componenta întunecată a protagonistului care a trăit în întuneric. Victor este descris precum luna pe când Mircea e soarele, ying si yang, bunătatea si răul.
Întreaga poveste pare că a fost doar o intrigă menită să pregătească cititorul pentru momentul apoteotic în care Victor și Mircea vor sta față în față, momentul în care binele și răul se vor privi. Acest moment apocaliptic, prezentat între ruinele Bucureștiului liber, reprezintă de fapt un moment de unitate, de împlinire. Apocalipsa nu e văzută precum un final ci ca un nou început întărind ideea populară ca energia nu moare niciodată.
Tematica fluturelui, atât de des întâlnită în carte, prinde un nou sens: sensul unei unități având doua aripi: soarele și luna, binele și răul, așa cum într-un final și Mircea si Victor au putut să se reîntregească.
Mi-a plăcut atât de tare să mă pierd în universul colorat creat de autor și să urmăresc poveștile pline de înțelepciune și umor, dar și imaginile descrise atât de puternic ș frumos prin intermediul cuvintelor. Simt că această lectură chiar mi-a deschis un nou orizont și mi-a dat multe teme de gândire!
Îmi va fi dor de Herman, de Mircea, de descrierile frumoase ale Italiei, statului Louisiana și a Amsterdamului și sper să reușesc să îi reîntâlnesc în "Solenoid" și în alte scrieri ale lui Mircea Cărtărescu.
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Luna decembrie este luna Revoluției române din 1989. Această perioadă din an se petrece cu "Orbitor. Aripa dreaptă" și filmul "A fost sau n-a fost". Revoluția din 1989 este, în acest volum, un carnaval tragic și trist, cu toate hohotele de râs pe care le stârnesc, împreună, când imaginația scriitorului, când memoria lui (atât de bine evidențiată în colecția de bancuri ale epocii și în stilul oral al repovestirii lor, scriitorul a făcut un serviciu uriaș viitorilor antropologi, atunci când a decis să salveze acest tezaur oral). Este un amestec de Caragiale tragic și totodată suprarealist, cu statui personificate care deambulează prin orașul pustiu, ca în tablourile lui De Chirico, cu zboruri chagalliene peste hârbul bucureștean, cu nebănuite asocieri, direct disneyene (imaginea scriitorilor potentați ai epocii ceaușiste mi-a amintit personajele din Compania monștrilor, minunata comedie de desene animate, sau chiar ilustrațiile lui Tudor Banuș, din Enciclopedia zeilor, a aceluiași autor). Trist este și faptul că prea puține comentarii românești s-au adunat aici. Mă și întreb ce vor fi înțeles, din acea epocă, străinii care par a fi citit cartea cu un mult mai mare interes -sau care, prin contrast, au citit-o. Românii par să nu dorească reîntoarcerea acolo și atunci, deși acest catharsis i-ar ajuta, în prezent. Cartea reconstituie atmosfera de ghetou în care se trăia și care, în ciuda aparențelor, s-a tot prelungit în timp. Amintirile omului Cărtărescu sunt evidente în transparența ficțiunii și sunt cele mai prețioase mărturii directe, istorice, în special cele din timpul mitingului din 21 Decembrie 1989 (fata ucisă, prietenul lunedist Florin -desigur- Iaru, urcatul în dubele Securității, frica, bătaia, discursul securistului, acesta din urma fiind o mostră a imbecilizării constante, căreia oamenii îi erau supuși încă din fașă). Cu ironie sardonică și un stil de o pregnantă actualitate, cartea face o trecere în revistă a felului în care erau înțelese societatea, istoria națională, etimologia cuvintelor românești. Basmele postmoderne, cu accente vizuale daliniene, îmbogățesc lectura și permit cărții să se distanțeze de ideea unei simple colecții de antologii. Este, în mod limpede, literatură pură și autentică.
“El ala derecha”: Un desenlace sublime para la trilogía Cegador.
Mircea Cărtărescu culmina su ambiciosa trilogía "Cegador" con El ala derecha, un libro que, al igual que sus predecesores, mezcla realidad, sueño, memoria y delirio en un mosaico literario de proporciones épicas. Esta entrega cierra el ciclo narrativo con una exploración aún más profunda de los temas que han obsesionado al autor: la identidad, el tiempo, el cuerpo humano y la búsqueda de trascendencia.
Si El ala izquierda exploraba la infancia y El cuerpo se centraron en la metamorfosis y los paisajes interiores, El ala derecha lleva estas reflexiones hacia una escala cósmica. La narrativa transita entre lo íntimo y lo universal, abarcando desde los recuerdos personales del alter ego del autor, Mircea, hasta visiones apocalípticas que parecen reflejar el destino de toda la humanidad. Este último tomo tiene un tono casi profético, con un enfoque en la disolución de las fronteras entre lo físico y lo espiritual.
El lenguaje de Cărtărescu sigue siendo uno de los grandes atractivos de la obra. Su estilo, exuberante y poético, envuelve al lector en una experiencia sensorial y emocional única. En El ala derecha, el autor lleva su prosa a nuevos niveles de intensidad, construyendo pasajes que son al mismo tiempo hipnóticos y profundamente reflexivos. Es una obra que demanda del lector no solo atención, sino también apertura a lo onírico y lo simbólico. La muerte es una presencia constante en el libro. Más que un final, la muerte es presentada como una transformación, un paso necesario hacia nuevas formas de existencia. Este enfoque conecta con el tono espiritual de la trilogía, que culmina en un sentido de redención que, aunque no exento de ambigüedad, ofrece una especie de cierre emocional y filosófico.
Al igual que en los tomos anteriores, El ala derecha está impregnada de referencias a la historia y la cultura de Rumania. Las cicatrices del régimen comunista y la transición a una nueva era se filtran en las experiencias del protagonista, pero también adquieren un carácter simbólico, convirtiéndose en un espejo de las luchas humanas más amplias: la búsqueda de libertad, identidad y significado en un mundo caótico.
El ala derecha es un desenlace digno de la trilogía Cegador, una obra que ha sido aclamada como una de las más ambiciosas y logradas de la literatura contemporánea. Mircea Cărtărescu ofrece una experiencia literaria única, cargada de lirismo, simbolismo y profundidad filosófica. Este libro, como toda la trilogía, no es para lectores que busquen narrativas lineales o simples. Es un reto literario, una meditación poética sobre lo humano y lo universal, y una obra que consolida a su autor como una de las voces más importantes de la literatura europea actual.