Hombres de mar habitan el enclave de Isla de Lobos, al que llega un náufrago sin memoria pero con pasado. Poco más que una lengua de lava y piedras negras, un peñasco entre mares es aquel lugar, donde son personajes principales un geógrafo, un santero, un contador de olas y una señora que gobierna con mano de hierro los destinos de la ínsula, además de la mulata Esmeralda y su hija Albabella, que habla con los lobos de mar y vive en una gruta.
Y un volcán que vigila los designios de cuantos moran ese espejismo del tiempo, el pequeño retal de tierras y escolleras en mitad del océano, poco más que un grano de mostaza caído sobre el inmenso mantel del mar.
En ese universo de clausura, sobre el que pesa una maldición ineludible, la aparición de un hombre sin nombre y desnudo sobre la arena de la playa, arrojado por el oleaje, supondrá una amenaza que tratarán de conjurar imponiéndole una tarea casi imposible. Mientras le da cumplimiento, fuerzas mayores que las de un mortal trabajan calladamente para cambiar el destino de Isla de Lobos, ese confín que no aparece en los mapas y casi no está en el mundo.
Dice Víctor del Árbol que leyendo a José Vicente Pascual descubrimos orillas inexploradas en la literatura. No puedo estar más de acuerdo. Isla de Lobos es un mundo aparte, un lugar que existe, pero no existe en el tiempo y el espacio. Y vaya manera de demostrarnos lo contrario mientras se desenvuelve la historia, que es como un biombo que se extiende para sorpresa nuestra, mientras los personajes hablan a través de un narrador, que, sin ninguna vergüenza sale de cuando en cuando de su escondite para recordarnos sus logros al contar semejante historia.
Hay en Isla de Lobos un clima rulfiano que parece latir en el corazón de la roca volcánica, en las playas grises y rocosas; late en la historia. Una isla donde solo los muertos deberían dar sentido a una roca anclada al corazón del Atlántico. Sin embargo, sus habitantes viven, cuentan sus hazañas y se ufanan de su ignorancia del mundo más allá de los espigones de las playas y los lobos de mar, espíritus permanentes y frontera de ese mundo. Por eso lo rulfiano late, pero no sobresale en ningún momento. Por eso la atmósfera, el lugar y su historia merecen no solo un premio Valencia de Narrativa. Me ha gustado lo bien cimentada que surge la isla de entre el océano mientras leemos y descubrimos pasados, presentes, y el inevitable futuro de sus habitantes. Y sí, he disfrutado mucho del viaje.
«Como toda buena historia, Isla de Lobos inicia con un naufragio», me comenta José Vicente, y no puedo más que sonreír. Homero nos puso la pauta, y solo somos humildes seguidores de su canon, vigente siglos después y que ha quedado como la aventura de los tiempos con Cabeza de Vaca, Gonzalo Guerrero, y otro puñado de personajes. Manuel Torga, el Odiseo de José Vicente Pascual, recala desmemoriado en una isla donde reina la tiranía heredada, producto del olvido de los imperios de su tiempo. Mientras el náufrago, que con su sola presencia mueve antiguos engranajes en la isla, Aguas Santas Rivero, Ministra Única o dictator cual César «mientras el mundo ruede», es presa de malos augurios sobre su llegada. Claro, esto tiene su historia, que el autor nos presenta de una forma ágil y magistral, y es cuando el biombo narrativo se extiende y nos sorprende. Hay sorpresas con Augusto Rivero, primer Ministro Único de la isla y mi personaje favorito, un hombre que muestra el espíritu del soldado español de la época. Y qué decir de Esmeralda y Albabella, qué decir de La Párouse, los ingleses y El Circe.
El principio es homérico, y el final, por qué no, bíblico, aunque no puede decirse que sea del todo exacto: Homero y la Biblia gravitan muy cerca de la isla en todo nuestro viaje. Homero da la pauta y la Biblia sirve de asidero a la mente, ante los fenómenos que el hombre no puede controlar ni combatir. Al final, como toda buena novela, nos deja el regusto de haber saboreado una buena historia.
No sigo enunciando más cosas. José Vicente ha logrado, como Rulfo, crear un universo ambicioso e inevitable, un mundo que se sabe ficticio porque sus mismos personajes saben que no pertenecen a ningún lugar mas que a esta isla. Y esto cierra maravillosamente su razón de ser (y la novela en sí): no existen gracias al olvido del tiempo y el mismo mundo, al que no pueden regresar.
El autor sabe mucho de navegación, pero la novela se contradice en varios aspectos que no voy a comentar porque si no haría spoiler. El lenguaje un poco enrevesado, la historia en algunos puntos difícil de entender. A varios ratos entretenida, pero por mi parte yo no la recomiendo.
Isla de Lobos es la crónica de un viaje fantástico: Manuel Torga es como un Gulliver desmemoriado cuando llega a Luggnagg, el país cuyo monarca tiene la costumbre de recibir a sus visitantes obligándoles a arrastrase por el polvo y en el que moran los «struldbruggs» o «inmortales».
Otra referencia más reciente ―aunque bastante superficial― podría ser aquella noticia aparecida hace unos diez años que relata la misteriosa aparición en las costas de Kent de un náufrago que no recuerda su nombre pero que dibuja un piano y cuya historia fue aprovechada por los tabloides para construir una leyenda tan sugerente como efímera.
Las algo más de doscientas páginas de Isla de Lobos se hacen cortas. Uno podría leerlas de una sentada pero opta por alargarlas para extender su disfrute. Porque cada una de sus páginas tiene «chicha literaria».
Jose Vicente Pascual ―el astuto Pascual― tiene el don de dominar una prosa potente, sabrosa, sazonada con una erudición contenida, medida para no abrumar, cuajada de giros y expresiones arcaicas que funcionan como una máquina del tiempo.
El autor, apoyándose en estos artificios del oficio ―perdónese el vicio―, nos transporta con una eficacia sin par a lo que él llama «un improbable siglo XVIII», pero que bien podría ser cualquier otro siglo ya que en la Isla de Lobos no se nombran los años con cardinales para de esa forma intentar olvidarse de la maldición del paso del tiempo y porque allí hay quien ha descubierto que el tiempo no pasa igual para todos.
Siguiendo la misma lógica de situar la historia en un plano de realidad onírico-mágico, la Isla de Lobos, que se sitúa entre las Canarias, las Azores y las caboverdianas, podría estar en otro océano ―léase en otro mundo o en este pero en otro plano de realidad―, ya que no parece ser una isla anclada al lecho marino sino un universo independiente en sí mismo y evitado por los navegantes y por los gobiernos al ser un sitio maldito. Parece funcionar como una isla flotante, un trozo de balsa volcánica condenado a vagar ad aeternum por una especie de purgatorio marino hasta que acaba por deshacerse, solo en el momento en que sus habitantes aprenden a aceptar que el destino de cada uno es ineludible.
Los personajes son potentes. Parecen forjados en el mismo caldero de lava hirviente que duerme y amenaza bajo el subsuelo de la isla: la negra Esmeralda, Doña Aguas Santas Rivero, Albabella, Ramiro el contador de olas… ¿Es la isla la que hace así a la gente? Al fin y al cabo: ¿no somos como somos, en parte debido al lugar donde vivimos?
Entre todos ellos tejen una historia tan simple como inquietante, en la que la tensión se mantiene desde la primera hasta la última página.
Esta novela fue merecedora ganadora del Premio Valencia Alfons el Magnànim de Narrativa 2016.
Es una lectura recomendable para toda mena de lectores.
Literatura con mayúsculas, tan entretenida y subyugante cómo bien escrita. Una historia que recuerda el surrealismo de Buñuel y su «Ángel Exterminador», a García Márquez y Carpentier, pero con el sello propio de Pascual: sus toques de ironía, de humor ácido, la rotundidad del lenguaje... La aparición de un náufrago amnésico en la isla es el hilo que nos va a presentar a los sorprendentes personajes que habitan este lugar fuera del tiempo y de las leyes de la física tal y como lo conocemos. Una gran novela que además fue Premio Alfons el Magnanim de Novela en 2016.
La novela de José Vicente Pascual, Isla de lobos, es una de esas maravillas que solo de vez en cuando nos pasa a los lectores con algo de suerte, y digo suerte por poder encontrarnos con estas joyitas. Es una historia que comienza con un naufragio y que, desde las primeras líneas, arranca sonrisas por la peculiar manera con que se usa el lenguaje. Los personajes (incluido el narrador, que es de los principales) hablan con palabras, términos y frases pretéritas y en desuso, aunque ricas tanto en su elegancia antigua como en la sabiduría que acarrean. La trama se desarrolla en una isla de donde nadie se escapa y en la que nadie se muere de viejo o en la que nadie nace. Este pedazo de tierra es un auténtico universo maravilloso en medio de todo, pero que no es parte de nada. Allí el tiempo no se mide como en todos lados, porque en Isla de lobos el tiempo no pasa igual para todos sus habitantes. Sin dudas esta es una magnífica novela que mantiene al lector todo el tiempo con un regusto evocador a La Odisea, El reino de este mundo, Gulliver, Cien años de soledad y hasta el último libro de La biblia, por si fuera poco. Isla de lobos cuenta con tantos elementos a su favor que asusta atreverse a nombrarlos: prosa riquísima, a lo Carpentier, derroche de metáforas tremendas, un narrador que se luce y alardea de rebueno contando historias, personajes más redondos que una bola de billar, y una trama real-maravillosa que dan ganas de que el libro no termine nunca, al menos que no termine tan rápido. En 2016 la novela ganó el Premio Valencia Alfons el Magnànim de Narrativa, y es una de esas lecturas que uno disfruta al máximo y recomienda a todo el que quiera pasar un buen rato con un extraordinario libro en las manos.
No sabría clasificar esta novela aunque para mí, es realismo mágico.
Al principio parece de broma, me parece que los personajes están fuera de la realidad, luego se torna seria, posteriormente semi-dramática( sólo " semi"). Todo ello aderezado con un lenguaje antiguo, casi hasta en ocasiones perdido, como a mí me gusta.
Mi favorita, Albalabella. Esa mujer libre , dentro del encierro de una vida inexistente. Quizás es lo que yo quiero ser.