En estos poemas la memoria se concentra en imágenes como partes de un rompecabezas: viajes, almuerzos, sangre de narices, sobrenombres y veranos, “una foto en el cerro San Cristóbal / peinado con limón entre mis padres”. Episodios de infancia, adolescencia y juventud se despliegan sin nostalgia rutinaria, mientras un sujeto nacido a mediados de los 80 intenta establecer lazos —amorosos, fraternales, familiares— tanto en su ciudad de origen como en la que marca sus años de formación. El tiempo es aquí la mesa de trabajo donde se escribe cada estrofa, y la memoria supera lo individual para apuntar a lo colectivo: la carga específica de una época y lugares donde todo tiende a ralentizarse o a llegar tarde. Juan Santander Leal (Copiapó, 1984). Ha publicado Allí estás (2009), Cuarzo (2012) y Agujas (2015), todos ellos reunidos en versiones revisadas en La destrucción del mundo interior (2015). Además, textos suyos aparecen en el libro Memoria poética. Reescrituras de La Araucana (2010). La imagen de la portada pertenece a una obra de Santiago Salvador Ascui.
Qué ganas de escribir poemas como escriben los poetas
Me encanta el universo que construye, con terminales de buses, pollos asados, pichangas de barrio. Me encanta el corazón que habla a través de estos mini relatos. Observa cosas pequeñas que develan grandes verdades universales sobre lo que significa vivir. Con dudas, miedos, despedidas, dolores. Subrayé muchas frases y marqué el número de página con un círculo en varios poemas para recordar que son bellos y que me dieron consuelo en tanta angustia.
El primer poema, Gemelos, es tan, ay.
En ese tiempo éramos gemelos Andábamos los dos en bicicleta siempre ibas escondido detrás mío como una especie de segundo nombre.
Teníamos las uñas comidas y las mandíbulas muy juntas, los bolsillos llenos de bolitas y nadie para practicar el egoísmo.
Cuando viajábamos a la playa nos picaba la misma medusa, rodábamos por la misma duna, y en un bote de arena entrábamos al mar.
En ese tiempo pasabas la mayor parte del día dibujando con spray tu nombre en las paredes de adobe, en la estatua de mármol de la plaza.
Cuando cumpliéramos dieciocho años uno de los dos tenía que irse, las lágrimas corren más rápido por las mejillas de los más jóvenes.
Qué cosa más linda. Voy a seguir leyéndolo a Juan Santander Leal. Voy a seguir leyendo poesía.
Santander escribe imágenes de su vida (o la de otro?) que se van entrelazando formando días, épocas como su infancia, estaciones del año como el otoño. Escribe de manera simple y reflexiva a la vez. Quiero leerlo de nuevo y anotar todas los versos que me gustan.
Primero que nada, completar esta lectura me resulta muy gratificante porque hace muchísimo tiempo que no leía por completo un poemario. Y eso que la poesía ha cobrado tanta fuerza y vigor en mi vida. Me la topo día a día, en su forma textual, en la atención por los detalles, en los talleres de escritura y lectura que me llenan el corazoncito.
Ahora, la obra. Desde su título ya caigo rendido, porque también formo parte de aquellos hijos únicos que suelen estar bien abrigados y disfrutan pasar tiempo a solas. Creo que esta última característica está representada en el libro a partir de la sensibilidad misma de la infancia. De no tener mucho que hacer más que detenerse a observar el entorno, de prestar atención y embobarse con el chanchito de tierra que escapa veloz o los cientos de granos de arena que acobijan los pies inquietos. Un recuerdo recurrente de mi infancia es pasear con mis papás, siendo motivado por ellos a que apreciara la naturaleza. Puede que este hablante hijo único haya corrido la misma suerte, porque imágenes así son numerosas. Las hay también sobre el ambiente hogareño, de que estas cuatro paredes van formando de manera relevante el carácter (‘’la cabaña determina mi conducta’’ // ‘’el almuerzo es un signo de obediencia’’). Todo esto bajo la lógica del hijo único que siempre piensa que algo le falta o falla, que ‘’sueñas que pierdes algo’’. El escape del hogar vendría a ser una suerte de forjarse a sí mismo, de buscar los trazos para palpar posibles destinos. Persiste el refugio en la permanencia material y su valor sentimental acuñado, dando paso a la búsqueda de nuevas experiencias en el exterior con tal de progresar en la constante construcción personal. Esta búsqueda implica la llegada de nuevas personas, amores y amistades de barrio, las cuales también son representadas como vívidas imágenes a partir de la palabra poética. A todos estos nítidos versos siempre se les entrecruzan emociones varias y aprendizajes sentimentales. Creo que lo precioso de este libro radica justamente en eso: de hacer un ejercicio de memoria preguntándose de dónde viene uno, qué elementos fueron responsables para detonar características personales que persisten hasta el día de hoy; esto recogiendo fragmentos azarosos que, una vez puestos en contexto, cobran mucho más sentido en su atenta reflexión y permiten aclarar el collage que uno significa como persona. Quizá sea medio exagerado decir que acá hay cierto sabor a la literatura de los hijos, pero es que un poema como Habitantes (‘’Sus habitantes ven por la ventana / (…) / la tarde no consigue adormecerlos’’ - ‘’Un intruso se aleja caminando, / suena el teléfono, nadie contesta’’ – ‘’todos se hacen las mismas preguntas / antes de acostarse a ver la tele’’) sólo me hace pensar en el horroroso temor instaurado en la dictadura de desconfiar en todos por temor a que desaparezca el ser querido, del suspenso que significa ser un sospechoso.
Siempre escucho o leo que Chile es un país de poetas. Creo que lo reconfortante de esta frase es saber que hasta el día de hoy persiste la frescura y renovación, así como también la ambición de querer entrar en el fenómeno poético con soltura y visión propia. Juan Santander Leal lo viene a confirmar con destreza, solidez y firmeza.
Me gustó mucho las temáticas de los poemas, cotidianos, tanto que esta cierto punto pensé que podía haberlo escrito yo sin ningún problema
y creo que ahí está la diferencia, porque si bien, el verso libre es bacán, de todas maneras hubiese esperado alguna que otra risa, nada pomposo ni rebuscado pero que no se sientiera que era relatos pasados por un excesivo uso de tecla Enter
quizá por eso no le doy 4 estrellas, quizá no se las doy porque no sé nada de poesía
descubrí a este poeta porque ayer tuvo un recital de poesía con Alejandro zambra a la vuelta de mi casa. Habla sobre infancia y juventud y playas y estrellas de mar y lentejas y amaneceres y amigos. Dejo un verso de karaoke que me gustó mucho: Luna diurna de coraza calcárea que empiezas a poner estrellas en el cielo azul marino de enero para pedir un poco de silencio
Este es un buen libro para quienes quieran acercarse a la poesía. Tiene un lenguaje cercano y concreto, además de una mirada muy honesta de las cosas. Y aunque hay versos con mucho potencial que encontré hermosos, hubo otros que a mi parecer no terminaron de brotar.
Creo que le tenía demasiadas expectativas. Las imagenes a veces se me hacían repetitivas y unas pocas lograban llegarme realmente. Siguen siendo bonitas, pero no fue suficiente