Suelo decir que soy un hombre de palabra. Cuando hace unos años dije que me leería toda la saga de Quinta Era lo dije con todas las de la ley. Y ahora que la tengo en mis manos, importa poco lo poco que me guste: soy un hombre con principios y pienso cumplirlos.
Así pues, tras el fiasco monumental que me llevé con el Amanecer de Una Nueva Era; primera parte de esta saga descafeinada de una de mis trilogías favoritas, me lancé a por el Dragón Azul, la segunda parte. Iba... tranquilo: ahora conocía mejor los errores, sabía que nada me sorprendería.
Y efectivamente, nada me ha sorprendido en este libro.
Ha sido un dolor de lectura. Ha habido partes en las que me he entretenido de forma legítima. ¡Y durante algunos breves segundos casi llegué a pensar que incluso podría llegar a gustarme! Más que nada porque, por un breve ratito, me entretuvo. Pero, por desgracia, duró poco y pronto volví a la terrible verdad: esta saga es muy, muy, muy sosa. Y ha sido teriblemente aburrido leer este libro, hasta el punto de que he llegado a esquivarlo o me he llegado a desconectar de la lectura porque simplemente era un peñazo seguir leyendo.
El Dragón Azul empieza justo dónde acaba El Amanecer de Una Nueva Era, con todas las "maravillas" que hicieron "grande" a su primera entrega: ¡Muertes torpes e inútiles para la trama! ¡Dragones comportándose como malos de series de dibujitos animados! ¡Descripciones innecesarias de ropa! ¡Torsos masculinos sudorosos descubiertos gratuitamente! Tengo la teoría de que Rabe escribió toda la saga de un tirón y que luego, simplemente, la compañía cortó aquí y allá para convertirla al formato vendible de una trilogía, porque apenas se notan cambios de una obra a la otra. No hay apenas transición y tampoco un sentido para cortar en tres la obra.
Aunque sí que hay cambios. Muchos de los errores anteriores se subsanan levemente, o se toman con más cuidado. Hay menos descripciones de ropa, por ejemplo. A cambio, Rabe pone en práctica dos cosas que faltaban en la primera novela: desarrollo de personajes y combates.
Ahora bien, ¿los hace bien? Por supuesto que no, y os explico por qué.
Lo de los personajes era de agradecer. La primera novela era como una partida de D&D en cuanto a profundidad de desarrollo de personajes. Y algunos de estos eran tan planos como algunas hojas de papel. Encima eran UN PORRÓN, por lo que resultaba tedioso leer cada vez que salían. Casi preferías a los dragones, que salen de uno en uno y son tan estúpidamente ególatras que casi lo disfrutas. Casi.
Pero en esta novela el grupo se fragmenta (¡bien!) y reúne (¡mal!) varias veces, permitendo a la autora explorar a los personajes. Por desgracia siguen siendo igual de sosos, pero al menos ya empiezas a acordarte de quien era cada uno, antes se me olvidaba quien iba en el equipo.
Hay muchos que, de todas formas, aparecen brevemente, o no tienen apenas peso. Como Groller, el semiogro sordo, que no es muy entretenido como personaje, la verdad. O Fiona, la caballera solámnica, que sale justo al final, así que es tan plana como lo eran los personajes del grupo central en la novela anterior. También está Gilthanas, el qualinesti, que hace un breve regreso desde la trilogía original de Dragonlance para aliviarte el camino, pero sale tan sólo unos capítulos. Una lástima: casi se dejaba caer que el elfo intentaría tener sexo de reconciliación con Silvara, la dragona de plata a la que dejó plantada por ser un monigote xenófobo en la novela de Weis y Hickman. Lamentablemente, la reconciliación entre el elfo y la dragona ocurre "off-screen" y no se ofrecen detalles. Rabe confiaba en ti, quería ver eso y me lo negaste. Un punto menos, que lo sepas.
Más allá de estos, está el núcleo central del grupo, que tampoco es que sea muy entretenido. Palin, el sobrino-nieto de Raistlin, sigue siendo un blandengue y su esposa, Usha la irda, parece salida de una novela rosa. En serio, todo lo que hace Usha es perfecto, precioso y se esfuerzan en recordarnos que está buenísima cada dos párrafos de intervención. Encima también sufre de "doncella en apurositis". Cuesta creer que NO la haya escrito un hombre, uf.
Además de "Hechicero y Tía Buenorra con Hijos", tenemos a otra pareja acaramelada, que son Dhamon Fierolobo y Feril, un paladín de Takhisis reconvertido a caballero Legal Bueno y una elfa kalanesti druida. Otro par insufrible. Y no sólo porque sean super típica pareja acaramelada de siempre: sus personajes son también La SosezTM. A medida que avanza la novela Dhamon sólo obtiene cada vez más y más Poderes Anime hasta resultar insoportable (es el Gary Stu de la novela, sí) y Feril... No me gusta Feril. No tiene nada malo... pero tampoco nada bueno. Es como una princesa Disney: habla con animales, es guapa, le tenía atrapada un monstruo... Pero ya está.
Y, por último, "el Resto", que hace de sujetavelas a las dos parejitas. Por un lado tenemos al clérigo enano (Jaspe) y a la kender (Ampolla), que no hacen nada por romper los estereotipos de sus razas. Y, por otro, a Rig Mer Krel, el pirata bárbaro. Rig es de los pocos personajes con los que acabas "casi" encariñándote. Es un imbécil, sí, pero precisamente por eso es el único interesante. En un grupo dónde todos son Legales Buenos y más sosos que el pan un día después, él es el único que se equivoca, que sufre legítimamente, que tiene dudas auténticas y como las que tendríamos cualquiera y que lucha por seguir adelante, en lugar de caerle todo del cielo como a Dhamon Animelobo. Y tiene el único estilo de combate que no aburre de leer. Casi me habría gustado más una novela "stand-alone" de él, en plan espada y brujería, en lugar de las "Sosas Aventuras de Esta Party de D&D Genérica".
Ah, ya tuve que citar el combate. Maldita sea, ahora entramos en esa segunda cosa nueva de la novela que Rabe *tampoco* hace bien. Porque, sí, a diferencia de la primera novela, dónde todo era pegar y salir corriendo, en esta novela hay muchísimos combates. Pero muchísimos. Y son todos tremendamente aburridos.
Es como ver una retransmisión de una partida de rol: avanzan dos pasos, combate. Otros dos pasos, combate. Y nada de aventurosas escenas llenas de patadas, saltos, trampas, escollos, enemigos que huyen o rehenes: como en un videojuego, aquí los enemigos luchan hasta la muerte, pese a no tener ningún sentido para ello. Leñe, hay algunas escenas que te llegas a preguntar: "pero vamos a ver, ¿por qué les está atacando? ¡Que sólo han aparecido doblando por una esquina!" o "¿Qué leches hace luchando si está todo el castillo derrumbándose/el barco ardiendo?". En serio, los enemigos parecen masillas de los Power Rangers, sólo luchan y luchan, sin mostrar la más mínima gota de seso. Y eso es muy aburrido (venga, que alguien me diga que ver luchar a las masillas era divertido, cuando todos estábamos esperando al Megazord).
Pero es que encima la descripción de las coreografías es también muy aburrida. Es una retransmisión, como he dicho. Nada de color, nada de interés. Va turno por turno y ya. Más de una vez me ha pasado que estaba leyendo un combate y entonces el cerebro se me ha desconectado mientras leía, olvidando todo lo que acababa de leer. Y me ha dado igual, porque resulta que no había pasado nada. Las dos primeras veces me sentí mal y volví a leerme la página, pero a la tercera, la cuarta, la quinta... ya simplemente dejé que pasara y seguí leyendo. Y nunca perdí el hilo, que es lo peor.
Y en fin, eso es el Dragón Azul. Al final te tira un montón de revelaciones, a lo "WHAT A TWIST", pero están tan mal narradas y son tan repentinas y poco interesantes que son un poco: "meh, ¿a quién le importa?". Ha sido una tortura leerse esta parte de la saga, aunque no tanto como su primera parte, he de reconocerlo. La primera me dolió porque no me la esperaba. Esta no me duele porque ya sabía a lo que iba.
Ahora ya, queda la tercera. Pero esa se va a esperar, porque antes tengo cosas muuucho más interesantes que leer. Pero mucho más. Cosa que era fácil, considerando como estaba el percal.