Jesús regresa al barrio que lo vio crecer, la Esquina del Gato, un barrio sevillano de extrarradio donde se dan cita la violencia y la lucha constante contra las adversidades de la vida. Su objetivo es reanudar su relación con Irene, su antigua novia, y comenzar un proyecto juntos. Con ayuda de Fae, su amigo de la infancia, intenta escapar de la delincuencia y la marginación, abriéndose un hueco en el mundo laboral y en la sociedad. Pero Vargas, el exaltado hermano de Fae, aviva la llama de algo que se cuece desde hace tiempo... Palos de ciego es la primera obra larga de El Irra, que, con una propuesta que combina crítica social y acción con una narrativa visual única, cuenta una historia bien intensa que prende en un entorno que conoce de primera mano. Según el dibujante David Rubín, El Irra “bebe de lo autóctono, de las raíces, sin vergüenza alguna ni prejuicios, de esa Sevilla que no sale en las postales, a la sombra de la Giralda y los flashes”, para dar lugar a un relato que es la “unión imposible entre Lorca y San Juan de la Cruz, entre Manolo Caracol y Marc Almond, entre Buñuel y Verhoeven, entre la línea chunga de El Víbora y Frank Miller”, asegura el creador gallego.
Con un dibujo totalmente distinto al que podemos apreciar en Amor de Hombre, en esta ocasión nos encontramos con una historia de barrio en la que el protagonista, Jesús, vuelve a casa después de dos años fuera. Una historia cruda, realista y cargada de bastante violencia que te deja con muchas preguntas con su final tan abrupto pero necesario.
Algunas cosas muy bien (leer diálogos sevillanos siempre un éxito), otras un poco meh (la historia es bien simple, leer a sevillanos dos horas es cansao).
Quizás en estos tiempos no se pueda hablar de cómic underground en la medida en la que este constituyó una interesantísima tendencia en los 80 y 90. Sin embargo, de existir esa categoría, sin duda este tebeo sería uno de sus máximos exponentes en este siglo. Con un estilo rabiosamente personal y con algunas imperfecciones propias de su autodidactismo, El Irra nos cuenta una historia salpicada de violencia y ambientada en el lumpen sevillano. No es un tebeo formalmente perfecto y al guion a veces le falta cierta ilazón, pero suple sus carencias con un gran instinto para capturar lo cotidiano de los barrios bajos y una total falta de complejos para experimentar y desarrollar su propio lenguaje gráfico.
En contra de lo que promete el elogioso prólogo nos encontramos con una historia algo deslavazada y un dibujo correcto y poco más. Lo salva el buen retrato del lumpen y de algunos personajes, pero flojillo.
Los dibujos no son una pasada y se inventa la historia sobre la marcha, pero golpea y sacude. El barrio chungo no es un decorado: lo sientes, te aplasta, te saca de tu sitio. No es bonito, no es perfecto, pero es honesto. Y a veces, eso vale más que todo el estilo del mundo.