“Aspiramos a erradicar la violencia de género, la discriminación, la insuficiente participación de las mujeres en la toma de decisiones, aspiramos a un reparto equitativo de los tiempos entre hombres y mujeres, compartir los espacios públicos y privados; compartir recursos y empleos y acabar con las brechas salariales, romper los techos y muros de cristal, poder elegir el tipo y el tamaño de nuestras familias…
Podemos cerrar los ojos y seguir ignorando esta guerra que asesina, viola y destruye la vida de millones de mujeres en el mundo, pero ya es hora de que dejemos de creer los mitos y las ideologías dogmáticas que defienden que la desigualdad entre hombres y mujeres es natural, histórica y, en consecuencia, irremediable.”
“Imagino que minaríamos buena parte del terreno en el que se asienta la violencia de género si acabásemos con el mito del amor romántico y tuviésemos claro que el princesismo es tan dañino para las niñas como el belicismo para los niños. Si descubriéramos que frente a la ñoñería del rosa y el azul, el violeta favorece a todo el mundo”
“Al menos las cansadas de estar cansadas estamos hartas de la política de la crueldad, de los micromachismos y el mito del amor romántico. Hartas de los millones de mujeres desaparecidas, asesinadas, violadas, mutiladas, humilladas y silenciadas. Hartas de la impunidad, de la nueva misoginia y de la antigua, del mansplaining y del machismo discursivo, de la cultura del simulacro y de la cultura del menosprecio. Hartas de la cultura de la violación, del velo de la igualdad y del velo del silencio. Hartas de la deslegitimación del conflicto y de las complicidades. Y aunque, como diría Mandela, ´siempre existe, en los países emergentes, una fascinación duradera por las costumbres de los colonizadores´, hartas de las complicidades femeninas, también. Salomón no era sabio, Don Juan no era un héroe y Lolita no es una historia de amor”
“El sexismo y la misoginia gozan de una extendida impunidad. El escenario es mucho más igualitario que quince, diez años atrás, pero en él se desarrolla el espectáculo de una verdadera performance del machismo tradicional que se manifiesta en un complejo entramado donde se mezclan estereotipos, normas, conductas, creencias, mitos, discursos y metadiscursos. Vivimos algo así como un simulacro democrático en lo que respecta a las mujeres. Es cierto que en algunos lugares del mundo disfrutamos de cotas de libertad desconocidas en épocas anteriores, y que en esos lugares tenemos la capacidad de gestionar y diseñar nuestras propias vidas como nunca antes, pero la violencia y la amenaza de la misma ponen en entredicho este ejercicio de plena cuidadanía.
Es evidente que cuanto más ensanchamos nuestro ámbito de libertades, más profundizamos en nuestros derechos, cuanto más dueñas nos hacemos de nuestra categoría de ciudadanas y tomamos la palabra y decidimos por nosotras mismas, más duras son las críticas y los ataques”
“ La solución no es que las mujeres nos acomodemos a la violencia limitando nuestra forma de vestir, evitando salir solas, especialmente por la noche; limitando el horario, especialmente por la noche; limitando nuestras compañías; limitando… nuestras vidas, en definitiva. La solución pasa por asentar derechos. El silencio, la sumisión y el miedo no protegen.
Pero, además, con este mensaje también se está diciendo a la sociedad que la responsabilidad de no ser agredidas recae en nosotras mismas. Es decir, esa idea extiende el concepto de que somos culpables hasta que se demuestre lo contrario”