Este libro, para ser correctos: novela corta, me lo regalaron hace unos meses y por una razón o por otra postergue su lectura. Finalmente lo leí hace unas semanas en una tarde de domingo. Sus páginas son apenas 90 y su formato es pequeño, por lo tanto en dos horas se puede leer tranquilamente.
"Las Amigas" transcurre en una noche y cuenta los pormenores y vicisitudes de un grupo de amigas. Con la cocaína en el centro de la escena (tengo entendido que es un tema habitual en la literatura argentina contemporánea) estas amigas van tomando generosos gramos, mientras circulan en la noche de Rosario que las lleva a un bar, a un casino, a un encuentro con varones, a encuentros con ex y actuales novios y a múltiples taxis.
En el medio se intenta desarrollar una línea política con una ex militante que yace enferma y alguna que otra bajada de línea que remite al kirchnerismo con impronta CFK y la idea de que todos, de alguna o de otra manera, debemos tomar partido por algo e incluir en nuestra narrativa a los 70s.
Más allá de lo aquí comentando no hay mucho más para decir sobre esta pequeña novela. Las cosas suceden porque si y el único hilo conductor es una raya blanca que dura hasta el amanecer. Las novelas que giran alrededor de la cocaína suelen cometer un error (que dicho sea de paso, es bastante vulgar) y es intentar plasmar el rimo y la violencia que produce la sustancia en las páginas. Como si ese acelere mental y cierta enajenación fueran una carta blanca (paradoja) para decuidar el procesos narrativo y no cuidar el dispositivo que realmente interesa:el de la novela.
Aquelarre psicodélico que dialoga con la realidad social tanto como dialoga con la tradición. Laten Pavese, Antonioni, Musil, el realismo francés y la gran dramaturgia universal. La sabiduría es de Diotima, no de Sócrates. Estas amigas son un prisma de Diotimas. El desarreglo modernista de todos los sentidos codifica la narración. Como en La Flor de Llinás, contemporánea a Las Amigas, el gran personaje es conjunto. No sólo de amigas que se mezclan en una dionisíaca confusión llena de sexo, drogas y delirio, sino de tiempo. El ritmo de la narración es la clave. El lenguaje circula por la imaginación política, las emociones familiares, la corporalidad más primitiva. La voz narrativa dice por dónde anda el lenguaje, por cuál parte del cuerpo. No son las comas de Saer que dudan del tiempo. Quizás sean más bien comas de la atomización del lenguaje que en simultáneo abren mundos y los limitan a sus insuficiencias. La circulación, el deslizamiento, el movimiento entre escenas y diálogos, por ahí transita la búsqueda alucinada de esta novela teatral y frenética.
Tiene un estilo atractivo, bastante original. Es vertiginoso y detallista, lo cual es extraño, pero hay mucho de cinematográfico: el narrador te indica lo que tenés que mirar en la escena, no necesariamente por eso de que si mostrás una pistola en el primer acto, en el cuarto alguien la tiene que disparar, sino porque te hace sentir más in situ. Muy lindas caracterizaciones de la ciudad de Rosario, su famosa noche. No terminó de convencerme la temática, la gran banalidad que tematiza. Si bien tiene un sentido estético, no lo hace menos insignificante.