Un secreto a voces (Reseña, 2020)
Leí Cementerios de neón para preparar una exposición sobre Andrés Felipe Solano. Quizás de ahí que cierta abulia inicial acompañara mi propósito. Descreo, casi por regla general, de la escuela periodística de la escritura. La idea de sencillez + información + interés general como premisa para construir un artefacto literario no consigue entusiasmarme desde hace largos años. Es raro eso en nosotres, como lectores: la lectura misma nos va horadando y, de golpe, no sabemos que fue de les que fuimos. No importa, es parte de la maravilla, y al misterio se le interroga como forma de honrarlo. Sea pues este el escenario y la predisposición de mi ánimo en la reseña: en esta novela no hallé el deslumbramiento que persigo, y aunque nombraré sus cualidades (no está huérfana de oficio) sépase que quien, como yo, busque algo más que una anécdota no encontrará aquí lluvia para su sed. Y tal vez esté bien así. Escribo esto con el ánimo bajo. Perdonarán el quejido entre las oraciones.
La historia detectivesca no consiguió nunca interesarme. Bien podría estar la novela situada en Buenos Aires o en México y habría dado igual. Los pormenores, las descripciones, los detalles, son tan insustanciales como arbitrarios y la novedad de la mirada migrante en Corea se diluye en un narrador que sigue y convive con un personaje principal anodino, regodeado en su mediocridad con esa hedentina del sibarita latinoamericano que no termina de atraerme nunca (con contadísimas excepciones). Podemos sumar que la gran revelación final (los amores homosexuales entre sobrevivientes de la guerra) está enunciada con reveladora claridad desde casi el inicio: nunca se hace explícita, y de ahí que se confíe en que les lectores continúen en la búsqueda de confirmación como viejes chismoses que conocen el secreto a voces pero requieren enrostrarle a sus protagonistas su saber. Pero poco más, o nada más, aporta el misterio. No se puede narrar una novela detectivesca desde el tedio y creo que eso es lo ocurrido. Cansa. Hastía. Y al final, poco importa lo que termine de ocurrir… Pero de nuevo, tal vez sea mi cansancio de hoy, tal vez sea mi hartazgo de leer siempre los mismos personajes masculinos incapaces de crecer, de hacerse cargo de sí, de vivir a la altura de sus esperanzas por andar siempre cavando en frustraciones. Ya no me da para sentir lástima por ellos.
Pero vamos, dije que había méritos. Solano fluye narrativamente, encaja bien las escenas (aunque ceda a incluir sexo como comodín para los espacios en gris, las tetas de pera de la coreana de la cabina de besos son tan torpes como las pajas que se hace la protagonista de La perra o los millones de orgasmos en Los detectives salvajes) y la sencillez de su lenguaje permite que uno se siente en la primera oración y llegue a la última como trepado en un tren bala. Desemboca en la estación del destino sin sobresaltos, sacudiéndose el sueño y limpiándose las babas que la siesta hizo resbalar por la barbilla. Ahí hay algo parecido al mérito. Hay, además, un par de conversaciones alrededor de teorías imposibles, las sostenidas entre el personaje principal (de cuyo nombre me niego a acordarme) y Claudia, que consiguen el no escaso mérito de quedarse en la memoria. Pero, de nuevo, la baja bohemia, el consumo de pastillas para contrarrestar el alcohol, la búsqueda de los extremos para cancelar el vacío interior… Santas, ¿cuántas veces lo hemos leído? Reformulo, porque todo lo hemos leído siempre pues es una sola la historia. ¿Cuántas veces lo hemos leído exactamente así, justamente así, casi como un calco o como un eco o como un odioso hábito? Por eso no me emocionaba, supongo.
Voy a detenerme aquí. Escribir con tristeza me hace bien, pero me hace cruel, y no aspiro a la crueldad. Esta es otra forma de la embriaguez, esta es otra forma de la ampulosa conmiseración de les borraches que destrozan para destrozarse y sentirse mejor siendo escasos fragmentos. Qué hacemos, pues, si todavía nos entregamos a los vicios que repudiamos. Qué hacemos, pues, si algunas veces es imposible evitarlo.