Siempre es un placer volver a Piglia, pero esta vez me ha gustado su mesura para dejar por un momento el overthinking y ponerse a retratar, desde lo breve, desde la sola estampa, a un puñado de escritores norteamericanos de distintas épocas y estilos, atendiendo a su genio y figura, a su obra y a su tiempo, pero buscando siempre la frase o el párrafo que pueda condensar, sin artificios, la esencia de su obra o la centralidad de su nombre en el devenir histórico de la tradición literaria.
Piglia no busca perfilar personalidades ni hacer un sumario propedéutico o semi teórico de libros y tramas, ni tampoco redondear viñetas de época o retratos sociales. Su intención es discreta, apenas el apunte generoso de quien está presentando un cuento (de hecho, cada retrato fue originalmente publicado en 1967 como breves prólogos de una antología de cuentos norteamericanos), pero también la curiosidad metafísica de quien escudriña los datos del autor (la época de su ascenso, sus anécdotas, las entrevistas perdidas y, por supuesto, la tramas de sus ficciones) para esbozar o delinear el tono inasible de su encanto.
Al leer estos breves paisajes personales (que, al igual que las fotografías previas al color, simulan objetividad y parcialidad en partes iguales), uno advierte porqué Piglia está interesado en estos autores, o porqué son ellos y no otros, por qué nos lo muestra. Es difícil de transmitirlo fuera de la experiencia del texto, pues así como Piglia sólo puede capturar el encanto o el aura de esos autores escribiendo estos breves apuntes apátridas (que no son ni ensayo ni perfil, pero que funcionan plenamente), así también los lectores sólo podemos sentir el encanto o el aura de los retratados leyendo lo que Piglia compone.
Es en el momento de la escritura en el que Piglia captura y transmite el soul de cada escritor retratado, y es en el momento de la lectura en el que nosotros desciframos esa captura. No hay otro momento. El truco dura lo que dura la escritura (hecha hace décadas) o la lectura. Una vez concluida, acabado un retrato y a punto ya de iniciar el siguiente, queda la melodía difusa, ya casi imperceptible, de una canción insólita, inesperada, sutil, que pudo sonar más tiempo o más alto o con más intensidad, pero que fue un momento de experiencia singular, como un paréntesis, como un flash.
Posiblemente ese sea el gran mérito de estos retratos: funcionar como flashes de una cámara análogica, como capturas de luz breves, irrepetibles, pero extraordinariamente luminosas. Piglia, como el fotógrafo de ese tipo de cámaras, no puede escapar de la contingencia que se le presenta, esto es, de la oportunidad única de componer la imagen sin tener la posibilidad exacta de saber si está bien encuadrada o borrosa.
Desde luego, como sugiere en las dos primeras páginas (que son extractos de su diario), cada apunte ha sido elaborado y corregido al detalle, con conciencia plena de su efecto u orientación, pero hay como una distancia que se establece entre Piglia y las obras o vidas que va retratando. Una distancia temporal (todos los escritores retratados son estrellas de la primera mitad del siglo XX), pero también técnica (la imposibilidad de capturar en palabras el encanto artístico de cada uno) y semántica (la brecha imposible entre cada idioma, ese resto intraducible que da sentido y forma a cada lenguaje y que impide su conversión en estereotipo, o la resignación de empezar a examinar otra tradición desde el soporte ineludible o básico de algún elemento reconocible y exótico) que, en cierto modo, convierte esa posible corrección de estilo en un espejismo, o en una escritura encima de lo ya escrito, una segunda escritura que escapa ya del control de Piglia y que se advierte solamente en el proceso de relevado (para seguir con la figura de la cámara), esto es, en la impresión del texto.
Son textos breves que explicitan la perspectiva lúcida de Piglia sobre la vida y obra de cada retratado (más más notorio en unos que en otros) pero que a la vez evidencian una propensión al repaso panorámico o genérico. El efecto mientras se lee (y más aún después de hacerlo) llega a ser extraño, pues Piglia (o el editor de este volumen) está proponiendo, sin ningún ápice pedagógico, una ruta alternativa y convincente, una serie de frases directas escondidas en cada texto que apuntalan la posibilidad de una cartografía distinta, o reorientan las vías ya abiertas (como en el caso de Truman Capote, Sherwood Anderson o Scott Fitzgerald), pero al mismo tiempo, en cada texto se engendra el rumor del desengaño, la sensación de no tomarse tan en serio ni lo que escribe el autor ni sobre lo que escribe.
Es como si cada texto fuera el recorte de una fotografía de alguna página del periódico: plena de sentido en sí misma, pero apenas un fragmento más de una página, y de un periódico, que nadie ha visto.
Eso creo que en líneas generales. Hay más para comentar, digamos, texto por texto, y el punto de vista que asume Piglia en cada uno de ellos, o los datos que provee en unos y no en otros, o la extensión, o la forma en que inicia o termina, o cómo introduce sus propias ideas o su propia deducción en el portrait que va armando, o en cómo extrae claves selectas de las obras que cita, o el modo en que las vincula entre sí, o el estilo que escoge, o por último, la sutileza de cada título, discreta y elegante, pero por ahora creo que hasta aquí está bien.
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Me gustaron casi todos, excepto el último, dedicado a James Baldwin, que lo sentí arbitrario y tendencioso. De todos, me quedo con los dedicados a Hemingway, Faulkner, Truman Capote, James Purdy, Thomas Wolfe y con el que me parece el mejor de todos, el dedicado a Francis Scott Fitzgerald (un texto que merece, por sí mismo, una reseña o comentario aparte).
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La edición que leí (UDP, 2018) incluía un textito que había sido escrito, a modo de prólogo de otra serie, unos cuantos meses después de los retratos. Se titula «Cuentos policiales norteamericanos» y es un texto sobre la diferencia entre la novela policial clásica y el thriller; un rastreo fino, erudito y lúcido de las genealogías del thriller norteamericano (conocido hoy como novela negra) y sus vínculos y divergencias con el policial clásico (el que sigue la estela de Sherlock Holmes, digamos). Es un texto formidable y generoso, para ser coleccionado y releído varias veces.
Dejo esta cita a modo de aperitivo:
«Si la novela policial clásica se organiza a partir del fetiche de la inteligencia pura y valora, sobre todo, la omnipotencia del pensamiento y la lógica abstracta pero imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa, en los relatos de la serie negra esa función se transforma y el valor ideal pasa a ser la honestidad, la "decencia", la incorruptibilidad. Por lo demás se trata de una honestidad ligada exclusivamente a cuestiones de dinero. El detective no vacila en ser despiadado y brutal, pero su código moral es invariable en un solo punto: nadie podrá corromperlo».
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Léanlo con un par de copas de vino Malbec argentino 🍷 y oyendo, de vez en cuando, en fondo bajito, «No soy un extraño» de Charly García 🎶
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