El inicio es bueno: la aventura extramatrimonial con toda su emoción, adrenalina y testosterona ha quedado atrás. Ha finalizado lo emocionante y la chispa de ese amor imprevisto. Esa gran ilusión y riesgo pertenece al pasado. Esa tristeza y decepción de lo que pudo haber sido se palpa. De alguna forma como lector te sientes aludido.
A medida que leía iba descubriendo que la forma y la estructura me gustaba: narra los hechos a la inversa temporalmente, del presente al pasado. Lo he visto muchas veces en obras posteriores, pero no recuerdo verlo en obras de hace tanto tiempo. Solo encuentro una pequeña irregularidad: cada escena retrocede en unos años (escena 1ª 1977, escena 2ª 1975..), salvo en una en que va al año 1973 y luego por interés del autor avanza hacia adelante en dos escenas …de acuerdo que libertad del creador, pero…mm.. O siempre hacia adelante, o siempre hacia atrás, o bien mezclando años de forma aparentemente aleatoria en pro de la narración, pero no me convenció la solución que aquí da Pinter.
A consecuencia de esta obra teatral, he descubierto que un libro leí hace años y que me encantó de Isaac Rosa, Feliz Final, está inspirada tanto en el tema y como en el fondo en esta obra teatral. Sin embargo no lo considero una mera copia, me parece que la novela de Rosa enriquece y hace aun más grande la brillante idea de Pinter.
iba a decir que esta obra no estaba ni tan mal pero entonces he leído en internet que cuando le preguntaban a Pinter sobre el final él decía “no sé”. “No sé por qué hice esto”, “no sé por qué mis personajes se comportan de esta manera”, “no sé qué significa esto que yo mismo he escrito”.
Estoy tan harta de estos autores que hacen cosas incomprensibles en sus obras, que nadie entiende (porque no hay nada que entender) y cuya única función es un efecto de shock sin sentido! Ah, ¡Pinter debe ser un genio porque no le entendemos…! No. Pinter es un mindundi que no sabía terminar sus obras. No lo entiendes porque no tiene sentido. Nada que no sea completamente aleatorio es inteligible. Las cosas pasan por algo y en un código lógico todo tiene una razón de ser. A Shakespeare y a Calderón les entendemos porque escribían con la cabeza no con el culo.
El subtexto de Pinter los cojones. Que le quiten el Nobel.
Ay, este Pinter que me vuela la cabeza… No hay autor teatral más enigmático ni más engorroso de leer en todo el panorama. Lo que disfruto con sus historias y lo que sufro con sus procesos creativos…
Sus silencios cómplices, sus personajes esbozados y dibujados con líneas finas y tratos breves, huidizos de la construcción arquetípica, sus historias truculentas que requieren de un lector ávido, rápido, inteligente, creativo y despierto que vaya completando la escena para hacerla suya, para comprenderla, para formar parte de ella.
Conocí a este premio Nobel a raíz de “Retorno al Hogar” con un Miguel Rellán inconmensurable y ya su estilo me cautivó. Un autor incómodo por la atmósfera tan tensa que crea y que consigue traspasar (los escenarios o las páginas). Los personajes se cargan de tirantez, vuelan los cuchillos afilados como dientes de tiburón y ahí está lo más pesado del mundo, lo más hosco, lo más sangrante: EL SILENCIO. Para comprender este autor considero muy importante saber leer el subtexto de la obra y saber leer los silencios y las interrupciones. Parece que las frases inacabadas son pura casualidad, pero todo está más que estudiado.
Una vez más, Harold Pinter nos convierte en unos voyeurs deseosos de la peor calaña. En “Viejos tiempos” una vieja amiga vuelve al hogar del matrimonio Kate + Deeley para trastocarlo todo, desembocando en un final tan inesperado como loco y sorprendente. “Traición” da una vuelta de tuerca más – pero cómo es este hombre – para dar saltos temporales hacia atrás (desde 1977 a 1968) y contarnos una trama de amistad, matrimonios, engaños y amores secretos.
En ambos, la participación del espectador será clave: al final el dramaturgo nos deja el mejor papel, el del protagonista: debemos unir las piezas y, como pensaba Ortega y Gasset, ver desde qué lado del sofá queremos contar la historia, que de alguna manera es nuestra versión.
Gracias al Teatro de la Abadía por organizar el club de lectura y a Abel González Melo por esa masterclass en torno al genio y figura de Pinter.
Creo que es una muy buena obra donde todos son unos culeros, pero más allá sobre si los personajes son buenos o malos, los dos personajes masculinos toman desiciones en base a su dinámica de competencia.
El silencio entre diálogos dice más que sus palabras.