Salir, escrita y publicada por primera vez en dictadura, es la primera novela de Guadalupe Santa Cruz. «Para ser, se necesita una historia: los juntará, pedazo a pedazo, hasta conseguir frases que la digan, que asemejen un cuento»: así la narradora emprende la tarea de reunir la memoria en un cúmulo de fragmentos que nos hablan de un viaje. Viaje mental y corpóreo que pasa por la infancia, la casa familiar, la tortura, el exilio en Bélgica, el amor, la pérdida del amado y el retorno a Santiago. Esta prosa opaca, porosa, hinchada de sentido, en busca de compañía –«escribe por acompañarse, a fin de concluir estos días irresueltos, sin país»– encuentra sitio en un entre, en una zona entre palabra y silencio, entre hogar y desarraigo, entre memoria y olvido, entre grito y canto. Santa Cruz escribe en el límite del lenguaje, en las grietas de los vocablos, ahí donde la experiencia satura y rebasa las fronteras de lo decible.
es una lectura difícil pero hermosa e impactante. me duele leer la casa que se escurre, el color de sus paredes, las flores del jardín, el abrazo incrustado en la pared. la sangre desborda sin nombrarla y es porque el dolor no termina de crujir. "lo irreal intacto en lo real devastado" dice un epígrafe del libro. es que hay un río en el lugar que se habita que no es posible mirar, pero se siente. este libro nombra ese río, ese flujo de agua que pasa por sobre la sangre y la limpia, ese flujo de sangre que pasa por sobre el agua y la ensucia. ese texto lo nombra, nombra el exilio, la dictadura, la democracia, la impunidad desde el adentro y el afuera de lo que se puede llamar casa. la casa se rompe, el corazón intacto pero roto.
"Me voy. Suelto las amarras, me dejo deslizar por el hilo de mis acontecimientos. Barro. Me alejo, me acerco a mí misma, al corazón de la movencia que me invita, loca en su constancia. Era imposible deshacerse de esa liviandad".
“El acero de los edificios la agredía. Proclamaban en su escultural mudez que todo comenzó con ellos, el primer día del futuro, la era del progreso, el verbo. Deseaban perdurar, ignorando inicios y finales: antes nadie había hablado, solo fue tartamudeo para lograr ellos, al fin, esbozar la frase coherente. Santiago era pura realización, actualidad destellante. No había en él deseo ni carencia. Estaba vacío de ella.”
Salir para escapar, para volcar, para pensar con altura de miras aquello que define, persigue y prosigue. Bosquejo estas palabras para vislumbrar qué es lo que ocurre en la ópera prima de Guadalupe Santa Cruz, y yo creo que en toda ocasión volveré a perder. Sostiene la condición de libro exiliado, encaminado por obligación a volver sobre el pasado; sin embargo, no al modo clásico, sino en un ripio calcinado de recuerdos fragmentarios. Desde ahí, se encamina una complejidad que pocas veces me había tocado leer en un campo así.
En el reconstruir un país de ausencia, se traza e inventa la ciudad a modo de recuperación. Aquel territorio dejó “una ausencia que quemaba, aquel cuerpo exhausto de tanto querer regresar” (25), provocando perderse entre callejones sin salida de ciudad y las callejuelas mentales donde se topa con “bruma sin horizonte, estado sin rumbo, estancia simplemente codeando los orígenes” (31). Lo vivido es difuso, pero queda el movimiento, por lo que persiste el retrato sobre un tiempo de amor encauzado y paisaje enrevesado en lenguajes que dudan de sí mismo y se reconstruyen todo el tiempo.
Se desconfía de la palabra, o más bien, enfrenta los recovecos del lenguaje que guardan la memoria desde su inestabilidad. Esto porque reconoce que habita “un tiempo que se sabe condenado a perder su elasticidad, el muelle inmediato de algún futuro ocupable” (41). La esencia de los hechos se esfuma a la par que se acepta la imposibilidad de reconstruir los contenidos exactos, por lo que no queda más que crear una ciudad de cero alimentada de su “eterna mudanza” (62): un lugar concebido desde el reencuentro, desde una mirada que desconoce, pero reconoce.
Los fragmentos del recuerdo son amnésicos, como saber que se ha pasado miles de veces por el mismo lugar, pero no quedan más que apreciaciones que “llevan trabada la lengua, toda la mandíbula, con el polvillo desmayado de los hechos” (69). Desde ahí nace la necesidad de volver a lo desarticulado, salir para hacer y deshacer un acontecer expresado que tenga su propia cuota de ser. La sutileza de este libro comunicando aquella “palidez de nuestros aconteceres” (78) es sublime, se infiere lo que ocurre desde el contexto, pero la obra siempre le da voz al lector para que complete aquellos vacíos que el lenguaje no puede saturar.
Pasando la lectura con confusiones, elucubraciones y sostenidas emociones, llegar al último capítulo realmente me conmocionó. Es una suerte de reinicio y calibración para todo lo trabajado en un camino fragmentado:
“Si volvimos a la ciudad, queriendo una vez más lo perdido, fue para saber que nos perdimos nosotros, definitivamente convertidos en viaje. Los lugares habían cedido al transcurso su construcción orgánica, azarosa y empeñada, giraban para sí, como cuerpo devuelto a su región” (86).
Adherirse al salir para revivir. Desde ahí, reinventar la ciudad. Eso es perder la mirada. O ganarla.
Esta mujer me toma y me suelta, afloja la dureza de sus palabras, sabe que mi corazón no aguanta tantas reflexiones sobre el hogar perdido. La casa que no es casa, el peregrinaje, y el dolor del olvido me duele, le duele, nos duele.