Hace unas semanas conocí de rebote la historia de Monika Ertl, la mujer que vengó al Che Guevara. Hija de Hans Ertl, un fotógrafo vinculado profesionalmente a Leni Riefensthal y otros miembros del partido nazi, huyó por patas al acabar la II Guerra Mundial, de modo que en los años 50 estaba con su familia en Bolivia, dónde se hizo con una descomunal finca. Monika no sólo no simpatizaba con las ideas nazis de su familia sino que se hizo comunista. Comunista revolucionaria en los 60, lo cual implica algo mucho más aguerrido de lo que hoy en día puede significar. Se unió a las filas del ELN fundado por el Che Guevara y permaneció varios años en la jungla, aunque también participó en atracos a bancos bolivianos y recorrió comunas de media Europa para recaudar fondos. En el año 1971, viajó a Hamburgo y se hizo pasar por una viajera australiana, solicitando un encuentro con el coronel Roberto Quintanilla, entonces cónsul boliviano en la ciudad bávara, el hombre responsable de cortarle las manos al Che Guevara luego de su ejecución por parte del gobierno boliviano. En ese encuentro Monika ejecutó a Quintanilla y se dio a la fuga. Un par de años después fue asesinada por la policía boliviana y de su cadáver nada se sabe. Según parece Quintanilla era muy apreciado por los militares bolivianos, así que su venganza consistió en ultrajar a Monika Ertl de formas sólo imaginables para sádicos muy enajenados.
Me enteré además que había una novela que contaba la historia de Monika. Esa novela es este Los afectos, del escritor boliviano Rodrigo Hasbún. Me di bastante prisa en conseguir la novela y leerla. La verdad es que la novela de Hasbún no es exactamente lo que yo me había supuesto, aunque se trata de un buen libro.
Lo que más destaca de la novela es la economía de su lenguaje. En casi 140 páginas el autor condensa una historia de unos veinte años, esbozando escenas de unas pocas páginas, pocas pinceladas pero certeras, la silueta de los personajes resulta reconocible, el contexto resulta claro, el ritmo narrativo razonablemente ágil. Se lee por ahí que unos de los autores predilectos de Hasbún son la italiana Natalia Ginzburg y el sudafricano John Maxwell Coetzee, autores conocidos entre otras cosas por su capacidad para sintetizar en poco espacio grandes segmentos de historia y hacerlo con pinceladas vivaces y certeras. Hasta aquí todo tiene una lógica bien razonada.
Pero ocurre que la historia narrada realiza otro tipo de elecciones. A pesar que la novela toma a personajes que existieron en la realidad, no es una novela de no-ficción. Al inicio Monika y su hermana recuerdan sus primeros años en Bolivia, su adaptación a otro continente, otra lengua y otra cultura. En las primeras páginas se nos cuenta una expedición que el fotógrafo Hans Ertl realizó con su equipo y también acompañada por Monika. Se trata de un hombre de otra época, más volcado en sus propios intereses que no en el cuidado de sus hijas. Les guarda afecto pero no es un padre cercano y presente. La madre de Monika parece que atraviesa ciertos problemas nerviosos. Del contexto nazi la verdad es que Hasbún prefiere no decir gran cosa, algunas referencias a Leni Riefensthal, poco más. El autor se concentra más en la esfera íntima, en la relación familiar de los perosnajes, en el ambiente doméstico, momentos en los que recuerda a Natalia Ginzburg, capaz de expresar tanto pasajes más cálidos como las pequeñas decepciones que acaban afectando el rumbo de las relaciones de estas personas. Estas divergencias también resultan discretas, parece que el autor en todo momento desea esquivar el gran estrépito dramático, tanto comedido es que incluso esa disensión de Monika con su familia no parece tener mucha fuerza.
Igualmente la novela avanza, los años van pasando, las hermanas Ertl van creciendo, sus sinos vitales discurren por lados diferentes y al final Monika se introduce en círculos comunistas. Se produce un salto de lo íntimo a lo épico, adoptando tonos que nos recuerdan a Coetzee. Pero a pesar que ahí el texto ya es más expresivo, menos vaporoso, hay que decir que tampoco se lee vibrando, no tienes la sensación que Hasbún acierta a extraer todo su potencial y te traslada toda la dimensión de la conmoción de ese momento. Todo queda expresado de esa forma sosegada, distanciada y templada, de forma que, en general, la economía de su prosa por un lado ofrece ventajas pero por otra también ciertas carencias, de obra a medio gas.
También dejo claro que la novela la leí en un par de sesiones, con agrado, dejándome llevar por su particular ritmo y descubriendo desde una óptica personal un curioso capítulo de la historia de Bolivia. Aunque tampoco sé si da como para, una vez ya se conocen sus cualidades y carencias, justificar la encendida urgencia que me despertó su lectura.