Al margen de la conocida producción fabulística de Thomas Mann – aunque sin duda en un lugar tangencial a ella – se encuentran una serie de conferencias y ensayos a los que el escritor germano dedicó no poco vigor, y entre ellos se sitúan estos cinco textos que, reunidos en un único y coherente volumen por Andrés Sánchez Pascual, reflejan su visión acerca de tres autores que tanta influencia tuvieron en su pensamiento filosófico: Schopenhauer, Nietzsche y Freud. Si bien cada uno de los ensayos encuentra su temática en una de estas figuras, la realidad es que los tres personajes se encuentran interrelacionados y en constante dialéctica durante toda la obra, conversando a su vez con otras personalidades excelsas de la literatura alemana como Goethe o Novalis. Los textos, pertenecientes a diferentes etapas de la vida de Mann, también nos muestran la relación personal del escritor con el pensamiento de estas mentes geniales, desde un Schopenhauer a cuya lectura accedió en su juventud hasta su relación tardía con un Freud con el que entablaría una relación de amistad.
El autor pone especial atención en la relación entre la «voluntad» schopenhaueriana, pasional, instintiva y que identifica con el inconsciente o el «ello» freudiano, con la razón o el intelecto, enseña de la Ilustración y esencia del «yo». En este sentido, Mann ve una transposición de la metafísica de Schopenhauer a la esfera psicológica de las investigaciones de Freud, perfectamente perceptible para cualquiera que además haya saboreado «en Nietzsche los dolorosos encantos de la psicología». A lo largo del libro se evidencia la irrenunciable devoción que sentía Mann por el filósofo del «humanismo pesimista» que fue Schopenhauer, cuya obra incluyó en su novela Los Buddenbrook y al que tanto adeudaba intelectualmente. Respecto a Nietzsche, en cambio, trata de rescatar todo aquello que le parece valioso, no sin condenar – y en ocasiones, justificar como incomprendidas – algunas de sus tesis que más difícil le resultaba aceptar. Y es que aquel Dichter que recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1929 no recurría al pensamiento de estas tres figuras con un mero afán erudito de rememoración intelectual, sino que veía en ellos una serie de postulados que debían tenerse en cuenta como recetas para el porvenir.