Desde mi punto de vista, este libro debería tener un lugar importantísimo en el canon literario español. Fernández Flórez preludia el realismo mágico unos 20-25 años antes, definiendo algunas de sus características principales: supresión del estado de sorpresa, presencia y premonición de la muerte, arraigamiento en el folklore, elección del cuento como género vehicular. Sin embargo, claro, tampoco es realismo mágico en un sentido estricto (al no ser latinoamericano y conservar sus características propias).
El libro no es poético en cuanto a metafórico, como sí lo es por ejemplo García Márquez, sino que es poético en el uso primordialmente descriptivo del lenguaje, y en cuanto a que los escenarios y los personajes permanecen vivos, fijados, alegóricos. Además, una muy buena observación de Carleto en la reunión del club de lectura: en vez de plasmar en el relato cómo los personajes afectan al entorno (e.g. Cien años de soledad), en El bosque animado la relación es mucho más simbiótica. Precisamente porque el entorno afecta al personaje en primer lugar, el personaje puede afectar en el entorno. Todo es un mismo ecosistema. La narración es coral. El ser humano no puede darse cuenta sino en la naturaleza de que no es el protagonista: «El más renombrado o poderoso, al encontrarse a solas
en el campo nota cómo la naturaleza se apodera de él y le convierte en un transitorio y leve detalle del paisaje, como al tejón, como al camello, como a la avispa o al
estornino.»
Entre el ser humano y la naturaleza hay una brecha de comunicación, a pesar de coexistir en espacio. Este contacto con la fraga gallega es, para el ser humano, un paso más cerca de lo existencial: «Había en la apoteosis de cada crepúsculo una especie de precaución terrible y magnífica que podía interpretarse como una despedida a los que, sabiéndolo o no, estaban condenados a no ver la nueva aurora. Y sin embargo, aquel mismo fenómeno tan sugeridor y amedrentante, en la ciudad sólo significaba que había llegado el momento de encender el alumbrado público.»
En definitiva, un 10 en literatura. Cuando lo leí, experimenté la ilusión que debe sentir un editor al leer una obra maestra que no había leído nunca antes y que necesita ser recuperada. Seguramente esta vaya a ser mi lectura favorita del año.