No he podido parar de leer en todo el día. Al principio, no dejaba de pensar en mi abuela, en su casa, en esos pañuelos y esas sábanas bordadas a mano, en la cubertería de plata, la vajilla «buena» para los invitados y las ocasiones especiales, en cómo al casarte te regalaban todo el menaje, en que mi propia madre me dijo, cuando me fui de casa, que era su función «proporcionarme todo el ajuar».
Luego, no he podido dejar de pensar en que esta era la vida de nuestras abuelas. La mía, tal vez de las más afortunadas, casada con un hombre bueno y en un matrimonio enamorado y, aun así,... la de veces que me contó que ella era buenísima en matemáticas, que su padre la llamaba para hacer las cuentas de la finca con tan solo 7 años de lo bien que se le daban, y que qué pena le daba, que la tuvieron que sacar del colegio para que ayudase en el campo.
En fin, me voy por las ramas. Montserrat expone en este libro muchas cosas de la posguerra, pero sobre todo la situación de las mujeres de la época. Y a mí me ha encantado acompañarlas en sus día a día, verlas criticarse (y entender de dónde viene todo esto), verlas descubrirse, y he sufrido con ellas y por ellas. Y, por si fuera poco, su pluma es muy bonita.
Además, la historia y las familias y los apellidos y las relaciones me han hecho pensar también en los libros de La amiga estupenda de Elena Ferrante e incluso, a veces, en Cien años de soledad... el porqué no lo sé muy bien, ya que leí este libro hace más de 15 años y solo recuerdo la sensación.