Hay poetas que hablan del amor como si fuera una enfermedad terminal, y otros que lo tratan como si fuera una campaña de marketing. Benedetti, en cambio, consigue lo más difícil: que el amor parezca algo humano. En El amor, las mujeres y la vida, no intenta convencernos de nada; simplemente abre la puerta de su corazón —con las bisagras un poco oxidadas, eso sí— y nos deja mirar adentro.
El título ya deja ver su juego: Benedetti parafrasea el ensayo de Schopenhauer El amor, las mujeres y la muerte, como si quisiera responderle desde el otro extremo del alma. Donde el filósofo veía desencanto y fatalismo, Benedetti propone ternura y resistencia. No niega el dolor, pero lo abraza. Y con ese simple cambio de palabra —de muerte a vida— coloca su poesía en el territorio de los que, pese a todo, siguen apostando por la esperanza.
El libro no es un poemario en sí, sino una antología que recoge los amores y desamores de toda su obra, una especie de autobiografía sentimental en verso. Aquí está el Benedetti que amó, el que esperó, el que perdió y el que se rió de todo eso. Su voz tiene esa calidez cotidiana que no necesita metáforas imposibles para emocionarte; le basta una frase que podrías haber dicho tú, pero no se te ocurrió a tiempo.
En estos poemas el amor no es una exaltación ni una tragedia, sino un territorio compartido entre la ternura y el miedo. En No te salves nos invita a no conformarnos, a vivir con todas las consecuencias. En Corazón coraza nos enseña que el amor también es una forma de defensa, y que a veces amar es simplemente bajar la guardia. Y Te quiero, ese poema que ha sobrevivido a bodas, a cursilerías y a paredes con pintadas, sigue siendo, pese a todo, uno de los más honestos que se hayan escrito sobre el amor cotidiano.
Lo que conmueve de Benedetti no es su romanticismo, sino su vulnerabilidad. Escribe como quien ya ha sufrido lo suficiente como para tomarse el amor con humor, pero todavía no tanto como para rendirse. En sus versos hay una ternura que no teme mostrarse torpe, una melancolía sin drama y una esperanza que parece susurrada. Leerlo es como escuchar a alguien que te habla desde el otro lado de los años, pero que sigue creyendo en la posibilidad de un nosotros.
Y hablando de vulnerabilidad, hay poemas en esta antología que parecen escritos desde una grieta, no desde una pose. En Hagamos un trato, por ejemplo, el amor se vuelve una especie de pacto entre dos supervivientes: “compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo”. Esa confianza que nace del miedo, no de la certeza, es una de las formas más puras del amor para Benedetti. En Táctica y estrategia la vulnerabilidad se disfraza de juego, pero en el fondo lo que late es el deseo de no desaparecer del recuerdo del otro.
En Los formales y el frío, en cambio, Benedetti deja que la ternura se abra paso entre las buenas maneras: dos desconocidos que, bajo el pretexto del frío, descubren que el amor también puede empezar con una taza de café y unos pies descalzos: “de manera que él se quedó en principio / a besar sin usura sus pies fríos, los de ella…”. Es uno de esos poemas donde la calidez humana desarma la rigidez de lo correcto, con esa sonrisa entre tímida y cómplice que solo Benedetti sabía dejar flotando en el aire. Si Dios fuera una mujer, en cambio, destapa con una mezcla de ironía y deseo esa tensión entre fe y carne que solo alguien profundamente humano puede permitirse. Y en Mucho más grave, probablemente mi favorito, el poeta lleva el amor a su territorio más íntimo: el de la memoria y la identidad. No es solo el amor presente, sino aquel que reescribe la infancia, la juventud, la madurez, hasta dejar al descubierto que amar —de verdad— es dejar que el otro nos reordene la vida. “Porque gracias a vos he descubierto / que el amor es una bahía linda y generosa...”.
Y aunque la antología agrupe poemas de distintas épocas, hay algo coherente que los une: la mirada benedettiana sobre la vida, ese equilibrio entre la lucidez y la ternura, entre la risa y la herida. No hay impostura ni artificio; sus palabras no intentan impresionar, solo acompañar. Y a veces, cuando uno lee un verso como “mi táctica es quedarme en tu recuerdo”, entiende por qué Benedetti no necesita gritar para quedarse.
El amor, las mujeres y la vida no es un manual sentimental, ni un refugio contra la soledad. Es más bien un recordatorio de que el amor, cuando se dice con verdad, no envejece. Y que, a pesar de los años, seguimos buscándolo con la misma torpeza, la misma fe y el mismo miedo de siempre. Benedetti lo sabía, y por eso sus poemas no pasan de moda: porque no hablan del amor ideal, sino del amor posible. Ese que, si alguna vez nos salva, lo hará sin prometer nada.
Valorar un libro de poesía siempre es complicado. La novela permite juzgar una trama, un estilo o un personaje; la poesía, en cambio, se mide por su eco. No todos los versos tocan a todos por igual, ni todos los días nos hieren del mismo modo. Quizá por eso no hay puntuación justa para Benedetti: sus poemas no se leen, uno se queda a vivir en ellos como quien se demora en un recuerdo que todavía late. Hoy le doy cinco estrellas, pero mañana podrían ser tres o diez. Así funciona el amor, y así funciona la poesía. O viceversa.