A veces uno abre un libro con la esperanza de aprender algo concreto: una lección sobre estructura, un nuevo modo de organizar la frase, una revelación técnica que pueda incorporarse, casi clínicamente, al propio entendimiento de la literatura. A veces uno se encuentra con libros —mucho más raros— que no enseñan en ese sentido instrumental, sino que desplazan la pregunta misma: no cómo se escribe, sino desde dónde se escribe.
El contrario de uno pertenece sin duda a esta segunda clase.
Antes de leerlo, consulté reseñas, comentarios, discusiones dispersas en ese ecosistema más o menos confiable que es internet, y el diagnóstico parecía unánime: no encontraría aquí grandes arquitecturas narrativas, ni una ingeniería visible del relato, ni una exhibición exuberante de recursos formales. Encontraría, en cambio, una prosa cuidada, concisa, consciente. Y, según se insinuaba, eso ya era bastante.
Lo curioso es que, al comenzar el libro, tuve la sensación de que esa descripción se quedaba corta. Porque si algo define esta antología —si es que podemos seguir llamándola así sin incomodidad— es una insistencia casi obsesiva en la musicalidad del lenguaje. Cada tramo, cada escena, cada bloque narrativo parece concebido como una unidad sonora antes que como una unidad argumental. Hay un pulso rítmico que atraviesa el libro entero, una cadencia que se sostiene incluso cuando no estamos del todo seguros de qué se nos está diciendo. O, dicho de otro modo: es un libro que se deja escuchar antes de dejarse comprender.
La impresión que me acompañó durante buena parte de la lectura fue la de estar frente a una serie de poemas que hubieran sido estirados, tensionados, reorganizados hasta adoptar la apariencia de prosa narrativa. No en el sentido superficial de un lirismo ornamental, sino en algo más profundo: una lógica asociativa, una prioridad de imagen sobre acontecimiento, de atmósfera sobre trama, de resonancia sobre causalidad.
Esto, por supuesto, no es un defecto. Pero tampoco es una virtud automática.
En El contrario de uno, la prosa es consciente de sí misma. Demasiado consciente, quizá. Se percibe una voluntad estética sostenida, una atención minuciosa a la textura de cada frase, al peso de cada adjetivo, al equilibrio interno del párrafo. De Luca escribe como quien afina un instrumento: corrige, pule, lima asperezas, busca armonías.
El riesgo de este tipo de escritura es caer en el ensimismamiento. El mérito del libro es que, al menos para mí, no cae del todo.
Hay un uso abundante —a veces exuberante— de metáforas, símbolos, correspondencias veladas. La alegoría funciona aquí como una lengua subterránea que no siempre desciframos, pero cuya presencia sentimos. Confieso sin rodeos que no comprendí todo lo que leí. Sería deshonesto afirmar lo contrario. Hay pasajes que me resultaron opacos, imágenes que no logré traducir a significado, conexiones que se me escaparon. Y, sin embargo, disfruté. No desde la comprensión plena, sino desde una forma más primaria de placer: el de saborear palabras, el de dejarse arrastrar por una sintaxis que avanza con una seguridad casi hipnótica, el de aceptar que no toda experiencia literaria debe resolverse en claridad.
Este punto me parece central. De Luca me recordó algo que a veces olvidamos en una época obsesionada con la decodificación, el análisis y la productividad cultural: que la literatura también puede ser, sólo así, una experiencia sensorial. Un espacio donde la mente no está obligada a dominar, sino a acompañar. Y en ese sentido, sí: aquí hay maestría. No una maestría académica. No una maestría demostrativa. Sino una maestría intuitiva.
No sé cuán popular sea Erri De Luca. Tampoco sé si su obra ocupa un lugar destacado en los grandes mapas del canon contemporáneo. Pero sé que, para mí, se aproxima a esa categoría personal que reservo con extremo cuidado: la de descubrimiento literario del año.
No por este libro en particular, sino por la voz que se revela detrás.
[En años anteriores he otorgado ese pequeño ritual privado a autores como Kate Morton, Amor Towles, R. F. Kuang, Paul Auster. (Nombres distintos, proyectos muy distintos, pero unidos por una misma sensación: la de haber encontrado una sensibilidad con la que deseo volver a dialogar.) De Luca se suma, al menos provisionalmente, a esa constelación. Lo digo asi porque el entusiasmo también debe aprender a desconfiar de sí mismo. Un solo libro no constituye una obra. Un deslumbramiento inicial no garantiza una relación duradera. Pero incluso con esa cautela, lo que El contrario de uno logra es significativo: me mostró otra forma de cautivar al lector que no pasa por la arquitectura clásica, ni por el conflicto evidente, ni por la progresión dramática convencional. Me mostró que también se puede cautivar por saturación estética. Por persistencia tonal. Por fidelidad a una música interior.]
Hoy, si me preguntaran de qué trata con exactitud el libro, balbucearía. Recordaría imágenes sueltas, atmósferas, sensaciones, más que argumentos. Pero recordaría, con absoluta claridad, el deseo constante de seguir leyendo. De avanzar hacia la siguiente frase. No para saber qué pasaba, sino para escuchar cómo sonaba.
Y quizá ese sea, en última instancia, el elogio más honesto que puedo ofrecerle.