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Hogar

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A tus treinta años, tu vida es un páramo. No tienes pareja ni hijos, apenas algunos amigos. Los fines de semana son iguales que a los veinte, solo que ahora las conversaciones tratan sobre autos, celulares y sueldos. Tu casa es una caja de fósforos. Los días se te van en pensar, dormir y mirar al techo, Los zapatos te aprietan y a tu alrededor todos se entregan a la búsqueda de una "gran vida". ¿Será que no hay esperanza?
Sí la hay. Entre en maracanazo del Cóndor Rojas y el palo de Pinilla, Fernando Mena sigue los pasos de Manuel, un personaje inolvidable que lucha por no perder su fuego interior en un Chile hecho para administrar derrotas. Un treintañero tierno y luminoso al que dan ganas de abrazar, acompañar en su próxima mudanza e invitar a una piscola.

«Esta novela capta la alienación de la población flotante ilustrada de Valparaíso, la melancolía del insondable interior de las provincias que lo miran, el despabile que significa la miseria iluminada de los cerros. Mena entiende en su manera elíptica el arriba y abajo del Puerto que sacude la autocompasión de su alter ego.»

CRISTÓBAL GAETE

«Este es un libro para los que caminan de regreso a casa siempre por la misma ruta. Para los que no se han ido ni se irán. Esos que hacen cara a Chile, a sus castigos, a su fuego y sus teles a color. Con rabia y pena. Pero sin rendición, haciéndolo su hogar desde lo simple, desde el amor, con orgullo.»

PAULINA FLORES

109 pages

Published November 1, 2016

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Displaying 1 - 7 of 7 reviews
Profile Image for Andrea Ladino.
Author 1 book152 followers
July 31, 2018
Lo termino con sentimientos encontrados. Le estaba comprando todo, pero a medida que faltaba poco para el final se fue diluyendo esa emoción.

Por una parte soy de la generación de Manuel, la de los millennials o adultos-niños. Puedo entender la soledad excesiva del personaje principal, sus conflictos existenciales y la desazón de no saber cómo ser útil a la sociedad sin que eso signifique vender tu alma al diablo a.k.a “mercado”. Pero por otra, no le creí su postura de "abajista pobre", pero que vive en el cerro más decente de la ciudad. O “soy un resentido”, pero me quedo con la santiaguina cuica (eso de encontrarla un ángel ha sido lo más cursi que he leído en mucho tiempo). El termino, la luz al final del túnel, tampoco lo encontré sincero.

Sí me gustó la familiaridad de los escenarios. No tuve que imaginarme ninguna calle, ningún olor a pescado u orina. Y me parecieron bien logrados sus recuerdos de niñez y adolescencia y su amor por sus padres, quizá lo mejor de todo el libro.

Agradezco, además, que Mena no haya escrito un libro con Valparaíso de telón de fondo tan típico o "choro" como el de Cristóbal Gaete o Daniel Hidalgo. También en Valpo hay vida de barrio y comunidad sana (claro, es el Cerro Alegre que en ciertas horas del día parece ser un barrio de Europa, pero de todos modos, aún queda gente buena en cerros marginales como el mío).

Frases hogareñas

Las disputas con tu hermana por quién ocupaba la radio comenzaron, ella insistía en escuchar New Kids on the Block y, posteriormente, los Backstreet Boys. Las discusiones duraron hasta que tus papás te compraron un Personal Stereo, asunto arreglado. Pero a veces, cuando estabas solo en casa, escuchabas algunos casetes de tu hermana y pensabas en lo genial que sería formar parte de una boy band.

Eran niños sanos, luego pasaron a ser adolescentes sanos y todos confiaban en que serían adultos sanos.

Al salir del colegio tenías dieciocho años, pero te seguías sintiendo de doce y de no ser por tu rebelde barba y esos indicios de alopecia que comenzaban a asomar en tu frente, tu aspecto también sería de la misma edad.

Viajabas todos los días y de a poco fuiste entendiendo que viajar es bueno, pero que si lo haces todos los días, es para morirse. Fue entonces cuando decidiste vivir en Valparaíso.

Sales de tu casa y te das cuenta que no llevas tus audífonos, te detienes, pero decides esta vez no llevarlos, no escucharás nada más que los sonidos de la ciudad camino al encuentro. Nadie puede condicionarte ni desconcentrarte, ni siquiera una buena canción.

Te preguntas si ese amor fue de verdad y sin que pase un segundo recuerdas que el dolor posterior fue sincero, entonces el amor anterior también debió serlo.

Necesitabas el mar siempre.

Te perdiste muchas cosas por vivir lejos de las grandes ciudades, pero ganaste tantas otras.

Tienes treinta años y hasta el momento y sin tanto esfuerzo, recién cumpliendo las tres décadas de vida, has entrado en el corazón de muchas personas, has salido del corazón de otras tantas y nunca pudiste entrar en el corazón de un par.

Hablarás de Valparaíso con desdén, con odio, hablarás de la pena eterna del Puerto. De la gente que detestas, de los perros callejeros, de los que mean, del olor, de los carnavales, de los tambores y de la basura. De lo que no te gusta.

Te quedas solo, y Viña del Mar te parece la ciudad más horrible del planeta.

Es aquí, frente a Dios y todos los santos, en la última banca de la iglesia, cuando piensas en ti y en que sigues sosteniendo la idea de que no te casarás nunca.

Tú nunca quisiste a ninguna como esposa, ni de dientes separados ni juntos. Tampoco ninguna, ni de dientes separados ni juntos, te quiso a ti. Estás solo.

La conociste carreteando. Ella subía por la escalera de entrada del pub Máscara y tú bajabas por la misma. Pasó a tu lado y se miraron, te gustó de inmediato. Te volteaste y la seguiste con la mirada hasta que se perdió escaleras arriba.

Y fue ahí, sentados en esa mesa, cuando les cubrió esa especie de vínculo que llega con la supuesta complicidad que inunda a dos personas que se atraen en un bar y que básicamente quieren acostarse.

No han vuelto a hablar desde que se fue, después de que la trataras de cobarde, de perra y de todo eso que dicen los hombres idiotas cuando una mujer los deja por oros hombres mejores que ellos.

Descubres lo confortable que se siente que alguien respire a tu lado al dormir o mejor aún, que alguien escuche tu respiración cuando duermes.

Extrañas ser un hijo de nuevo, un hijo de esos que llegan del colegio, hacen las tareas, le piden plata al papá para comprar casetes vírgenes y grabar música de la radio.

En Chile una vez se nos impusieron esas filas y de ahí no paramos más de usarlas para todo. Filas para morir, filas para un kilo de pan o un cuarto de aceite, para una hora en el consultorio o para entrar a un concierto.

Los días se te van tristes, entre el trabajo de junior en el colegio, las lecturas de viejas novelas en formato PDF en el computador y las cervezas.

Tú, hasta ahora, tuviste tantos amigos, diste tantos besos, estudiaste tanto y tuviste tantos sueños.

En cambio, tú, casi desesperadamente, lo único que quieres es compartir tu pedacito de mundo con otra persona.

Ella, la que trabajó toda su vida haciendo camas ajenas, lavando ropa ajena, y que buscó en tu padre un refugio y protección o tal vez un escape. Tu real y única santa.

Entra una extranjera a observar los libros, casi siempre se dan un par de vueltas por los estantes de literatura latinoamericana y, saludando cortésmente, se usan con ese pulso de tranquilidad y de dulce arrogancia que llevan los turistas de Cerro Alegre.

No te gusta retornar a los años de adolescencia, pues los detestas. Cada recuerdo es como una daga, sentir que pudiste haberlo hecho mejor.

No es alguien con quien hablar de libros, de música o de contingencia. Ella habla de Facebook…

A tu edad ella ya estaba casada, a tu edad ya estaba contigo en la guata, mientras enviaba a tu hermana al colegio. A tu edad tu madre era una mujer que no pensaba todo lo que piensas tú a tu edad. Ella tenía responsabilidades. Tú no.

La gente de Santiago siempre te ha dado la impresión de que escapa de algo, la urgencia de algunos es intimidante, como si escaparan de sí mismos, mientras que el cansancio de otros da la impresión de que escapan de la vida.

Providencia es muy grande. Valparaíso también lo es. En Providencia no te encuentras con gente, en Valparaíso a cada rato. Providencia es absolutamente distinta a Valparaíso. Sí, Valparaíso es distinto a cualquier lugar del mundo, concluyes.

Tú conoces más de sus espacios que ella de los tuyos. Valparaíso, para ella, es un montón de casas, basura en las calles, olor a pescado, fuegos artificiales en el Año Nuevo, sabe que en uno de los cerros vivió Neruda y que en algún momento por sus calles pasaron y durmieron grandes artistas. Tú le explicas algo más que eso, que hay casas coloridas y de postal, cuyos dueños no son porteños. Que la pobreza va cerro arriba y los ratones cerro abajo. Que es la ciudad con más cesantía de Chile. Que se cae a pedazos. Que su puerto es privado, no de la ciudad ni de su gente. Que se destruye la arquitectura patrimonial para construir supermercados y edificios. Que es barato emborracharse y olvidarse de todo lo anterior. En fin, que es un lugar triste, pero que le tienes cariño. Algo más que cariño, quizá, pero que es imposible explicarlo.

Porque tú eres solo. Siempre estás solo y al final de cada jornada siempre eres soledad.

Te vas caminando tras ella sin saber dónde carajo estás, con la extraña felicidad que te produce el momento, porque luego quizá sucumbirás mirando el techo en soledad, como siempre.

Eres un niño tímido de 6to. Básico que da su primer beso a la más bonita del curso.

Tus nervios provincianos, tu ingenuidad, tu vocabulario. La educación de tus padres. La leche del consultorio. Tus zapatos lustrados el domingo en la noche en espera de un lunes escolar y cívico en el patio del colegio a las ocho de la mañana. Tu historia es hermosa y lo sabes, se te hincha el pecho.

El cansancio y el hastío son más incómodos que la soledad.

Así como hoy se queman los cerros y se exponen al mundo las debilidades de la ciudad más triste de Chile, a la que por años han disfrazado de fiesta.

Y ahora ya sabes que una casa no es un hogar, una pareja no es un hogar, la patria no es un hogar. He ahí tu drama. En tus breves treinta años no has buscado en tu memoria, en tu historia, en la de tu país, ese momento o esa circunstancia que te llevó a verte perdido y siempre solo. Te limitaste a intentar a encontrar un lugar que unificara todos esos sitios que creíste un hogar alguna vez, pero sólo encontraste vestigios de ese fuego, de tu fuego.

Tu vida no debe ser parte del mercado, tienes tanto que entregar y te duele tanto sentir ese peso por las diferencias sociales. Sentir que puedes contribuir y no saber cómo hacerlo, mientras todos luchan por tener una gran vida, entendiéndose “gran vida” por una llena de tranquilidad material y en la que el ocio es un lujo. Tu ocio es pensar y mirar el techo.
Profile Image for Francisca Santis.
32 reviews3 followers
August 17, 2022
2.5 Pucha, tras las primeras páginas pensé que me iba a gustar, pero nop. Se me hizo plano, tuve la sensación de que el libro se repetía a sí mismo una y otra vez. Y el capítulo final (el mas distinto) me pareció cargado de clichés.

Lo que me gustó: el poema de Carolina y la historia de El Terrible… me anudaron la garganta.
Profile Image for Emilia.
614 reviews136 followers
February 3, 2018
2.5/ Nuevamente, muchas expectativas que no salieron bien. Esta vez fue peor porque sentí que me estaban vendiendo una pomada que no me creí nada. El protagonista me cayó bien mal y le tuve cero empatía. Me dolió que no me gustara porque era de la misma editorial de Umami :(
60 reviews
March 2, 2022
Creo que este libro, me devolvió mis ganas de leer. Me sumergí en sus relatos, en sus canciones, en sus escenarios; habían relatos que los sentía tan míos viviendo en Valparaíso y recordando canciones y lugares.
Excelente libro, excelente discografía.
Hace mucho tiempo no disfrutaba tanto una lectura.
Muchas gracias.
Profile Image for Javier Andrés.
266 reviews69 followers
June 6, 2020
En la última parte del libro comprendí la voz narrativa que en ocasiones me pareció molesta.
2 reviews
June 22, 2021
Es un libro corto, para terminar en un día, pero me gustó mucho la voz en off para contar la historia y me sentí identificada con varios de los pensamientos.
Displaying 1 - 7 of 7 reviews

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